las siete y veinte minutos exactamente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo, que tenía un sonido algo violento. Arturo Mendoza, “Eltrepa”, jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar, y fue dando manotazos a todo aquello que se encontraba en su desesperada búsqueda, hasta que, por fin, en uno de ellos consiguió acallar el maldito ruido de la maquinaria. Después, algo más sereno, se incorporó colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, abandonó el plácido sueño para interesarse por su dolencia.
¾ ¿Qué te pasa, cariño? —dijo, mientras le alisaba los dedos de la mano derecha.
¾ No sé. Me duele.
¾ Será de la cebolla.
¾ Seguro.
¾ La cebolla es muy dañina. Por las noches deberías evitarla.
¾ Tienes razón —dijo él, llevándose de nuevo la mano a la boca del estómago.
¾ En la mesilla tienes Almax. Tómate un par de pastillas.
¾ Vale.
Arturo Mendoza se levantó, se calzó las zapatillas y se dirigió, medio zombi, al cuarto de baño. Abrió la solapa del calzoncillo, echó el hacia atrás; después apoyó la mano derecha en los relucientes azulejos, dejando sus sucios dedos marcados, y comenzó a poner esa carilla de placer que produce el aliviar la vejiga. Satisfecha la necesidad fisiológica, se sacudió violentamente el flácido pene, salpicando la taza del váter; esputó repetidas veces y presionó el pulsador de la cisterna. Un ciclón de agua arrastró todas sus miserias hacia el Atlántico. Luego prosiguió de manera mecánica con la rutina de todos los días desde hacía más de treinta años: Se cepilló la desmedrada dentadura, que, como un puente romano apuntalado, se resistía a lo inevitable; se afeitó con la maquinilla eléctrica que le regalaron cuando cumplió los dieciocho, y después se aplicó una loción de “Floïd”, el masaje que ha usado toda la vida. Él es un hombre fiel a todo; a todo menos a su mujer, pero de eso ya hablaremos. Arturo se miró al espejo y se acarició la barriga, como sorprendido por su volumen, aunque él no es una persona excesivamente preocupada por la obesidad. Lo asume como algo propio de quien tiene un buen salario, una segunda vivienda, dos mujeres que le quieren, cada una a su manera, claro está, y la certidumbre de un futuro esperanzador y lleno de ilusiones. Le gustaría tener un cuerpo atlético, claro que sí, pero la redondez de su barriga no es más que el fruto de la dicha. Este hombre nuevo e inmaculado, salió del cuarto de baño más satisfecho que un torero por la Puerta del Príncipe.
¾ Hoy no tomes café… Ni zumo de naranja. La acidez te perjudicará aún más el estómago ¾dijo la mujer, mientras él iba en dirección a la cocina¾. Tómate un descafeinado. Será mejor.
El jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., es un tío que ha salido de la nada más absoluta, profesionalmente hablando, y ha llegado a ocupar uno de los escalafones más preciados del organigrama. Estarán pensando ustedes que Arturo es un “lumbreras”… Pues no. Y eso lo saben muy bien todos los que le conocen desde el inicio de su trayectoria profesional. Entró recomendado en la empresa, siendo un vulgar chupatintas con escasos conocimientos de mecanografía y mínimas nociones de contabilidad. Pero se pegó a sus superiores como una lapa a la roca y poco a poco se fue ganando su confianza. Arturo es lo que se llama “un trepa” (de ahí su apodo), es decir, un tío ambicioso, egoísta y sin escrúpulos, que se ha ido abriendo paso a codazos y haciéndose con los diferentes puestos de confianza que ha desempeñado en su dilatada carrera, del modo más indigno y miserable, con cenas, fiestas y regalos.
Ahora, Arturo ya no es el inepto chupatintas de antes; ahora es un hombre de empresa, calculador, previsor, con una facilidad de palabra algo extraordinaria que asombra a sus interlocutores. Sabe convencer, razonando argumentos, y tiene una destreza singular para salir de situaciones conflictivas. Es un lince. Pero este triunfador, que ha pasado por tantas adversidades y ha salido siempre victorioso de ellas, está hoy preocupado, porque; tal vez hoy sea uno de los días más difíciles de su carrera. En cierto modo es normal. Todo el mundo tiene miedo al fracaso. Le pasa a Fonsi Nieto cada vez que se sube a una moto y a Fernando Alonso cuando coge en sus manos el volante de un fórmula 1. Es inevitable.
¾ ¡Arturo, está en posición de descongelado! ¾dijo la mujer desde la habitación al escuchar el ruido del microondas¾. ¡Anoche se me olvidó cambiarlo! ¿Has oído?
¾ Sí. Vale.
Se tomó el descafeinado con tres bizcochos, encendió un cigarrillo; que le dio una punzada al estómago a la primera calada, y abrió la agenda por el día 24 de septiembre, tal vez el día más difícil de su carrera. Hizo un breve repaso a las anotaciones del día anterior y no encontró nada eludible que pudiera aliviarle un poco el agobio que padecía. Por tanto, no tenía más remedio que hacer frente a todo ello de la manera más eficaz.
A las ocho, el Comité de Empresa iba a iniciar un encierro indefinido en la sala de reuniones, para protestar por el despido improcedente de Márquez, un trabajador dado a las bajas de enfermedad. El problema tenía difícil solución, y ponía en peligro la reputación de la empresa, máxime, ahora que aún estaba fresca la firma de un sustancial contrato con los chilenos. Sobre las diez estaba prevista la visita de una delegación provincial de políticos, acompañados de un grupo de militantes ecologistas que trataban de investigar sobre la mortandad masiva de peces por un derrame tóxico, posiblemente, vertido por su empresa. Una hora más tarde tenía que asistir al entierro de la madre de un trabajador. Si lograba sobrevivir a la mañana, la tarde se le iba a presentar un poco más pacífica: una reunión con el director general para informarle de todos los pormenores acontecidos durante la mañana, de la que saldría con unas reconfortantes palmaditas en la espalda. Debía resolver también un problemilla sin importancia con un trabajador conflictivo que sólo creía tener derechos, y no obligaciones. Y por último, tenía la grata tarea de notificar un aumento de sueldo a dos trabajadores cualificados de la misma sección.
Cómodamente instalado en su despacho, y haciendo caso omiso a los consejos de su mujer, se sirve un café negro y sin azúcar, como se debe tomar el café; todo lo demás es alterar su estado natural, enciende un cigarrillo y hace un repaso a la prensa del día, mientras va degustando a pequeños sorbos la taza de café.
El despacho es de estilo moderno y muy simple: una gran mesa ovalada, dos butacas de diseño, un archivador, un pequeño armario, un ordenador, un interfono que no deja de pitar, y el imprescindible teléfono. De las paredes cuelgan numerosos diplomas obtenidos en congresos y seminarios sobre Gestión de Empresa y Relaciones Laborales. Y, frente a su mesa, justo en el lugar donde antes estuvo la fotografía de Aznar, se encuentra ahora la del presidente Zapatero. No obstante, Arturo guarda como oro en paño la foto de Aznar, por si algún día tuviera que volver a colgarla.
Suena el interfono y Arturo se afloja el nudo de la corbata y responde con una voz artificial:
¾ ¿Siiii…?
¾ Arturo, están aquí Cañizares y Zamorano. Dicen que quieren una reunión urgente con usted.
¾ …Dígales que pasen.
Cañizares y Zamorano, miembros del Comité de Empresa, son asimismo, delegados sindicales de Comisiones Obreras y de la Unión General de Trabajadores, respectivamente. Y son los únicos subordinados que se atreven a tutear al jefe de personal, claro, que él lo consiente, un poco a regañadientes, porque son muchos los favores que les debe a estos elementos. Se puede decir que, una parte muy importante de su éxito se la debe a ellos.
¾ Pasad, pasad. ¿Un café? Pedid lo que queráis. Esta es vuestra casa ¾dijo con una sonrisa, un tanto hipócrita y guasona, con unas gotitas de mala leche.
Cañizares se enzarzó en un discurso Marxista que, ni él mismo sería capaz de entender en los momentos más lúcidos de su existencia. Dijo frases hechas, citó personajes, fechas; y acusó a la empresa de fascista, paternalista, prepotente e intransigente, mientras miraba a su compañero reclamándole muestras de complicidad. Éste, de vez en cuando, hacía un gesto afirmativo con la cabeza, pero de una manera tímida. Cañizares tragó saliva, llenó el pecho de aire y continuó diciendo:
¾ ¡No consentiremos, de ningún modo, que un trabajador sea despedido improcedentemente, y mucho menos por el simple hecho de estar enfermo! ¡Si Márquez coge la baja, es porque está enfermo, y nadie debe dudar de ello! ¡El parte de baja lo extiende un profesional de la medicina, al que también se está poniendo en entredicho! ¡Exigimos la inmediata readmisión de nuestro compañero!
El jefe de personal no intervino en ningún momento. Sólo escuchaba muy atento. Era su táctica. Ahora Zamorano tomaba la palabra:
¾ Permaneceremos encerrados indefinidamente en la sala de reuniones, y comenzaremos a realizar una serie de movilizaciones que culminarán en una huelga, en el caso de que nuestro compañero no sea readmitido. En este instante se está redactando un comunicado que se enviará a la prensa para hacer público el problema.
Después de estas dos acaloradas intervenciones, el jefe de personal continuó en silencio durante un buen rato, lo que crispó aún más los nervios de los delegados. Por fin se decidió a hablar:
¾ Vamos a ver, Zamorano… No quiero cuestionar la honradez de Márquez, y mucho menos me atrevería a cuestionar la del médico que diagnostica sus enfermedades. Pero Márquez es un hombre que estaba creando muchos problemas a esta empresa, e indirectamente a todos sus empleados. Márquez estaba ocupando un puesto de trabajo que no desarrollaba. Cuántos estarán deseando un empleo así… Seguro que su despido va a beneficiar a otro. Seguro. Por cierto, Zamorano, ¿cuándo termina tu hijo el contrato?
¾ En noviembre.
¾ Es posible que lo vuelva a renovar. Es muy posible. Tu hijo es trabajador, constante y tiene iniciativa.
Si el orgullo engordara, Zamorano estaría pesando ahora diez kilos más.
El jefe de personal se dirigió ahora a Cañizares, que mantenía una irónica sonrisa en sus labios.
¾ Cañizares, dentro de unos meses, tres o cuatro a lo sumo, Garrochena, el encargado del almacén, se va con la jubilación anticipada. De los numerosos candidatos a ocupar su puesto, la dirección cree que tú eres el más idóneo. ¿Qué te parece?
Los dos representantes de los trabajadores, después de hora y media de confidencias extraoficiales, bromas, cafés y cigarrillos, abandonaron el despacho del jefe de personal y desconvocaron el encierro, porque Márquez, “teníamucho que matar”. Esta es la razón que dieron a sus compañeros encerrados. Así quedó zanjado uno de los mayores problemas con los que se ha enfrentado en su carrera.
Inmediatamente después, su secretaria le pasa una llamada de María Garrido, su amante, una viuda de buen ver. Bueno, ella siempre se anuncia como Concha Zamudio, de Seguros Peninsulares, para evitar suspicacias. María, diplomada en felaciones y otras artes carnales, que para Arturo están vetadas por su legítima, absorbe casi la totalidad del presupuesto que Arturo tiene asignado a gastos de representación como relaciones públicas, que no es moco de pavo.
¾ Arturo, soy yo, Mari. ¿Cómo estás del estómago?
¾ Psch… regular.
¾ Oye, no me llames a casa en unos días. Mi hijo ha venido a verme, y ya sabes que no me gusta que se entere de lo nuestro. Todavía tiene a su padre muy metido en la cabeza. Es normal. Compréndelo.
¾ ¿Estará mucho tiempo aquí?
¾No sé, chico… Siete u ocho días. Qué vamos a hacer. No te importa, ¿verdad?
¾ No, no, qué va.
¾ A las seis y media nos vemos en el California, ¿vale?
¾ Vale.
¾ Un beso, amor.
¾ Adiós, cariño.
No habían pasado ni cinco minutos, cuando llamó su legítima con la misma historia de siempre:
¾ Arturo, cariño, ¿estás mejor?
¾ Psch… regular.
¾ Que te llamo, porque cuando salga del gimnasio voy a ir con mis amigas al centro, de tiendas, ya sabes. Y después nos quedaremos a comer en algún self-service. Te lo digo por si se te ocurriera llamar a casa, para que lo sepas.
¾ No te preocupes.
¾ Oye, no tomes café, ¿eh? Y no fumes.
¾ Bueno…
La pobre era con lo único que disfrutaba, porque el sexo, ni catarlo. La última vez que tuvo un orgasmo fue en Conil, durante las vacaciones de Semana Santa, hace ya más de cinco meses. Pero eso no parece importarle mucho, porque ella con lo que verdaderamente disfruta es comprándose modelitos, que a veces, no se los pone más de una vez. Siente un placer especial estrenando. Y sólo algunas veces, cuando las compañeras de aeróbic presumen de la virilidad de sus maridos y de sus juegos perversos, ella siente que algo se está perdiendo.
De nuevo suena el interfono:
¾ Arturo, los diputados y el grupo ecologista esperan en la sala de reuniones.
¾ Gracias. Voy ahora mismo.
No fue fácil convencerles. Para ello tuvo que ocultar información, falsear datos y registros, y sobornar a un ecologista poco convencido de su militancia, que estaba empeñado en que el derrame tóxico se había producido en esa factoría. Los políticos, sin embargo, se mostraron cordiales en todo momento, porque comprendían que, a veces, los procesos industriales no pueden evitar desastres como este. Es el precio del progreso. Arturo explicó, con datos maquillados, lo mucho que su empresa contribuye a la protección del medio ambiente, y dio unas cifras poco creíbles sobre las inversiones que tenían previstas para adecuar las instalaciones a la normativa comunitaria en materia ecológica. Todo salió bordado, y las delegaciones quedaron satisfechas, más aún, después de haber tomado unos crustáceos con manzanilla de Sanlúcar.
De regreso al despacho, la secretaria le comunica que tiene al teléfono a un tal Sarasóla, de la Delegación Provincial de Trabajo, que ha llamado dos veces mientras él estaba reunido.
¾ Dime, Sarasóla.
¾ Oye, Arturo, que te llamo porque, el día veintinueve te haremos una visita. La última vez nos pusiste en un compromiso. Que esté todo en orden, ¿vale?
¾ Estará todo en orden. No te preocupes.
¾ Mira, … Arturo, …que dentro de unos meses hay elecciones y los de arriba quieren lavar la imagen…
¾Yo me encargaré de todo. No habrá ningún problema.
Finalizada la jornada, Arturo acude a la cita del California, allí toma unas cañas con Jabugo, acaricia las cachas de Mari, mientras escucha una canción de Sabina; después la coge por la nuca con extrema delicadeza, la atrae hacia él violentamente y le muerde el labio inferior, tal vez, descargando esa rabia contenida por no haber podido subir al piso, porque al “capullo” del niño se le había ocurrido ir a visitar a mamá. Al salir, Arturo se despide de Mari con un dilatado beso de lengua, ante la mirada atónita de unos clientes que se disponían a entrar en el establecimiento. Después se detuvo en un pub cercano a su casa, tomó un gintonic con unos frutos secos; tiró unos dardos con muy poca precisión, y comprendió que era el momento de subir a casa.
Su mujer le besó como se besa a alguien que viene de un largo viaje, luego le cogió la chaqueta y el portafolios y le facilitó las zapatillas.
¾ ¿Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido el trabajo? ¾preguntó, y no por simple cumplido, sino con sumo interés. Ella es así.
¾ Bien, bien. Todo ha ido bien, pero estoy muy agotado. El día ha sido muy duro.
Se sentó en su segundo trono, encendió el televisor y comenzó a hacer zapping. La mujer fue hacia la cocina y enseguida volvió con una cerveza muy fría, como a él le gusta.
¾ Toma, cariño. Voy a terminar de preparar la ensalada.
¾ Ponle mucha cebolla.
¾ Bueno.
Después de cenar, él se fue a la cama, y ella se encerró en el cuarto de baño. Llevaba ya más de diez minutos allí metida, cuando Arturo se percató de que tardaba demasiado, y pensó, que quizás estuviera entretenida con los cuidados dentales, o dándose esos potingues para las arrugas, en los que dejaba todos los meses una fortuna. Pero, cuál fue su sorpresa, cuando la vio salir con un provocativo conjuntito de fino encaje.
¾ ¿Te gusta? ¾dijo ella, con una extraordinaria sensualidad.
¾ Sí. Te favorece mucho. Es muy bonito. Es precioso.
Arturo apagó la luz, encendió la radio y se puso a escuchar El Larguero.
Al día siguiente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo que tenía un sonido algo violento, y Arturo Mendoza, “El trepa”, se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del dichoso interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar; y en uno de los manotazos con los que abatía todo lo que se iba encontrando en su desesperada búsqueda, consiguió acallar la maldita maquinaria suiza. Se incorporó colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, ese díano se despertó.
a noche que llegó el Ratón Pérez por última vez, yo lo estaba esperando con el ojo avizor desde hacía algunas horas. Tuve una extraña sensación, una mezcla de intensa curiosidad y un miedo aterrador. Lo vi todo. Con sumo sigilo depositó un puñado de monedas debajo de mi almohada y se llevó el diente que guardaba envuelto en un pañuelo. Tenía los dedos muy largos, con unas uñas perfectamente recortadas, pintadas de rojo carmín. Esa noche lloré como una magdalena
Como todos los niños de aquella época, me imaginaba a la cigüeña saliendo de una gran factoría de París, con un bebé colgando del pico y posándose en todos los campanarios de las iglesias que se iba encontrando a lo largo de su travesía. «A veces las cigüeñas no tienen sitio para posarse en los campanarios y entonces lo hacen en la primera chimenea que encuentran», dijo mi madre cuando le pregunté por qué había niños que nacían negros.Más adelante, aquella versión metaforizada de la realidad que me habían dado, fue perdiendo credibilidad al contradecirse con mis observaciones. Y el día que nació mi hermano, el trasiego de palanganas que había en la habitación hizo crecer mi curiosidad y enseguida lo comprendí todo.
Cuando me enteré por un compañero de clase, que era un chivato, de que los Reyes Magos no venían exactamente de Oriente, me dio mucha rabia. ¡Con la fe que tenía en ellos! Pero, como sus Majestades no tenían el monopolio de los regalos, no lo pensé y me pasé a la competencia. Duré poco tiempo, la verdad. Papá Noel tenía el atractivo de que llegaba quince días antes que los Reyes Magos, porque disponía de un medio de locomoción mucho más rápido, y podías presumir de tus juguetes delante de los demás niños tradicionales. Además, me quité un problema de encima, pues como no era muy fiel a ninguno de los Reyes, cuando tenía que escribir la carta solicitándoles los regalos, se me presentaba el dilema de si pedírselos a Melchor o a Gaspar, ya que los dos eran muy majos. Nunca se me hubiera ocurrido pedírselo a Baltasar, y no por cuestiones racistas sino porque no me gustaba su aspecto. No sé, creo que además le tenía un poco de manía.
No tardé mucho tiempo en descubrir que Papá Noel no entraba precisamente por la chimenea sino por la puerta. ¡Con la limpieza que le dio mi padre al tiro de la chimenea para que no se tiznara! Su cara era más natural de lo que yo imaginaba, además, tenía los mismos ojos que mi tío Manolo. Quedé muy desencantado, aunque me trajo todo lo que yo le había pedido. «Por la puerta entra cualquiera. Lo difícil es entrar por la chimenea», le dije nada más verle aparecer. Debí de hacerle gracia porque se desternillaba de risa. Mi madre empezó a reírse también y la risa se propagó por todo el comedor como un virus, contagiando a todos los presentes, menos a mí, que estaba tenso y con el ceño fruncido. El abuelo se tuvo que ir de la sala porque estaba recién operado de vesícula y no fuera que se le saltaran los puntos. Mi padre pidió calma y dijo que no teníamos consideración con Papá Noel, que venía de un largo viaje muerto de frío y no le habíamos dado una copa para entrar en calor. Después se dirigió al “mueblebar” y le echó una copa de un coñac que sólo tomaba mi tío Manolo cuando venía a casa, y que sabía a matarratas, según mi padre «¡Qué jodido el chiquillo!», dijo mi padre, provocando de nuevo las risas de los demás. Entonces me enfurecí y dije un taco que había aprendido recientemente: «¡Hijoputa!». Mi padre dijo: «¡Niiiiño!». Y mi madre, después de darme un soberano cachete, sentenció: « A partir de ahora los juguetes te los va a traer El Corte Inglés». A Papá Noel no le debió de gustar mucho porque desde ese día ya no volvió más.
Al domingo siguiente tuve que ir a confesarme con don Julián, el cura del barrio, que unos años más tarde me negaría el saludo en una calle del barrio chino. Yo confiándole todos mis pecados y él ignorándome de esa manera. Yo podía haber sido Budista, Islamista o Mahometano, pero soy Católico, Apostólico y Romano por imperativo legal, social y familiar. No había más remedio que ser Católico. La Iglesia tenía tanto poder como el Estado. Es más, su autoridad se dejaba sentir hasta en los bares con rótulos como este: SE PROHÍBE BLASFEMAR. Hoy sería chocante encontrar uno de estos carteles, pero hasta la muerte del Generalísimo, colgaban de las paredes de muchos bares.
No quise pensar que don Julián había llegado al barrio chino llevado por la pasión carnal, sino por una misión pastoral, pero su actitud de negarme el saludo lo delató. Los curas nacen hombres, más tarde se hacen curas, pero siguen siendo hombres, esto era algo que comprendía perfectamente, pero lo que no entendía era por qué no practicaban lo que predicaban. Bueno, en realidad había muchas cosas que no entendía de la religión, por ejemplo, ¿por qué me tenía que esforzar en ser bueno toda mi vida, si al final del camino, cuando me llegue la hora del último viaje, me arrepiento de todos mis pecados y puedo ganar el cielo? Lo veía absurdo. Sin embargo, la posibilidad de ser pasto de las llamas del infierno me aterraba. “Aquellos que han hecho el bien tendrán vida eterna, y aquellos que han hecho el mal, fuego eterno. ¡Eterno! Toda la vida quemándome, o toda la muerte, qué más da... ¡Qué crueldad! Yo no estaba dispuesto a darle el gustazo a Satanás, y para librarme del castigo divino procuraba ser todo lo bueno que podía. O sea, que yo no era bueno por propia convicción, sino por miedo. Pero una mañana de agosto del 98, me despierto y me entero de que el cielo y el infierno no existen, que todo es mentira, pura invención, un cuento. En ese momento pensé: «Me han estafado. Nos han estado estafando a toda la humanidad durante 2000 años. ¿Cómo es posible?»
No es una herejía, no. El cielo y el infierno no existen como espacios físicos. Era el propio Papa Juan Pablo II quien negaba la existencia del cielo y del infierno: «El cielo no es un lugar físico en las nubes. El cielo es estar en Comunión con Dios. El infierno tampoco es un lugar, sino la situación de quien se aparta de Dios», dijo. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Las imágenes que la Biblia ha utilizado para representar el Infierno como un horno en llamas, son ficción. El infierno no es un abismo a donde descienden los malvados. El infierno no es nada. No existe. ¡Qué fuerte!
No pude reprimir mi indignación por semejante fraude y pensé en llevar a la Iglesia a los Tribunales. Vale que me callara lo del Ratón Pérez, vale que me callara lo de la Cigüeña, y vale que me callara lo de los Reyes Magos y lo de Papá Noel, pero esto no, esto me había afectado psicológicamente. «Son nervios, señora, son nervios. El niño es de naturaleza nerviosa. Dele una tila antes de acostarse», le decía el médico de cabecera a mi madre, cada vez que me daban aquellas crisis. Mi psiquiatra dice que sufro hagiofobia (miedo al infierno), y que esta fobia tuvo su origen en mi niñez, a raíz de algún episodio traumático. Lo cierto es que la hagiofobia se fue instalando en mí, causándome miedo e inseguridad y mermando mi calidad de vida.
Había vivido atemorizado toda mi vida por la existencia de este maldito lugar. Había pasado muchas noches de vigilia por culpa de esa amenaza. Otras noches me despertaba sobresaltado justo en el mismo instante en que Satanás estaba a punto de introducirme en su horno. Lo pase francamente mal y por eso quería exigir responsabilidades, para que de alguna manera subsanaran el daño que me habían causado. Conseguí informes psiquiátricos que certificaban que mi estado de ansiedad era debido a esos temores, pero en el último momento una voz en mi interior me aconsejó desistir «Déjalo. ¿No sabes que tus derechos no van mucho más allá del libro de reclamaciones del bar de la esquina? La Iglesia tiene muchas influencias. No podrás con ella. Será un caso perdido. Déjalo», dijo, con un extraordinario poder de convicción. La verdad, la Justicia no me ofrecía ninguna confianza. Y después de descartar la viabilidad de cursar la denuncia por la vía administrativa, pensé en el Defensor del Pueblo y le envié una carta, adjuntándole todos los informes psiquiátricos, en los que se especifican todos los detalles de mi fobia, el tratamiento farmacológico que sigo y las limitaciones a las que estoy sujeto; además de un informe del facultativo del aparato digestivo, diagnosticando una úlcera en el duodeno, provocada por los ansiolíticos que palian mi ansiedad. Todavía no he recibido respuesta.
unca pensé que aquellos pequeños detallitos que papá traía para la profesora Alicia, de sus frecuentes viajes al extranjero, me iban a hacer un desdichado
Papá todo lo arreglaba con un regalo y una sonrisa fingida, ornamentada con unas palmaditas en la espalda y un excesivo apretón de manos que provocaba un chasquido en los dedos del agasajado y lo obligaba a encorvarse. Este gesto generoso lo hacía gozar de algunos tratos de favor, de los que presumía hasta jactarse, delante de sus amistades. Por eso, cada vez que volvía de viaje traía la maleta llena de un sustancioso abono: tabaco rubio y whisky para el doctor Arteche, nuestro médico de cabecera, pastillas de tabaco prensado de estraperlo para la cachimba de don Alberto Contreras, el sargento de la Guardia Civil, y, cómo no, el pequeño detallito para Alicia, mi profesora de francés, que mi padre me encomendaba hacérselo llegar. ¡Qué ingenuo! Si él supiera el destino de aquellos regalos... Y no es que Alicia no lo mereciera, todo lo contrario.
A papá se le llenaba la boca de halagos cada vez que hablaba de Alicia. Y es que, gracias a ella, en tan sólo unos meses de clases particulares pudo decirle a los “franchutes” que quería comprar los barcos que ellos desahuciaban, para desguazarlos en su dique.
Para describir la anatomía y fisonomía de Alicia, serían necesarios más de tres folios. Lo resumiré en pocas palabras: Alicia era la manifestación de la belleza en su estado más puro. ¡Qué mujer! A veces llegaba a clase con una mínima falda plisada que, a los pocos centímetros de la bastilla, me hacía imaginar unas braguitas blancas, rojas, negras, rosas; o azules, como sus ojos; a los que yo miraba todos los días y a todas las horas con un deseo irrefrenable. Alicia era mi amor platónico. ¿Cómo le iba a hacer yo semejantes regalos? Se me notaría enseguida. Además, sería incapaz de decirle: «Toma, esto es de parte de mi padre» ¡Qué vergüenza!Tampoco le iba a decir: «Toma, cariño, esto es para ti». Me expulsarían de inmediato. Y, como aquellos regalos merecían un receptor más digno que un cubo de la basura, pensé en Marisa, mi compañera de pupitre.
El primer regalo fue un alfiler precioso de oro, de no sé cuántos quilates, que mi padre había encontrado tirado de precio en un país africano. Aquella mañana, Alicia llevaba una falda de tubo que marcaba sus curvas de una manera provocativa, y un jersey de punto muy ajustado. Por un momento me imaginé colocándole el alfiler entre aquellos pechos simétricos con los pezones puntiagudos amenazando con salirse entre los hilos de la fina lana, y me sobrevino una erección que tuve que reprimir rápidamente, distrayendo la atención en una cosa fofa que se llamaba Marisa. Recorrí con la mirada todo su cuerpo, tratando de encontrar un lugar donde pudiera lucir el alfiler, pero aquella mocosa con gafas de de vaso, desvirtuaba tremendamente la joya. No obstante, ya había decidido regalársela. «¿Te gusta?», le dije, cuando aún no había terminado de quitarle la funda que lo protegía. Marisa no dijo nada, pero por la expresión de su cara, era como si hubiese dicho: «¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa más bonita! No he visto nada igual en mi vida», mientras se mordía las uñas de la mano derecha. «Para ti. Te lo regalo», dije indiferente. Trató de articular una palabra y no pudo, pero por su cara de admiración y asombro era como si hubiese dicho: «¿Para mí? ¿De verdad? No me lo puedo creer. Gracias, gracias, gracias.» «Está por ti», dijo sin reparo una voz femenina que venía de los pupitres de atrás. Primero, Marisa se ruborizó, y luego sus carrillos se fueron tornando a un rojo vivo, haciendo que sus ojos brillaran con más intensidad de lo habitual.
Aquel fue el primero de una larga lista de detallitos que, inocentemente contribuyeron a albergar falsas esperanzas en el corazón de Marisa, que enseguida dio con los lugares de ocio que yo frecuentaba. Irrumpió en mi ambiente de una manera descarada, pero todos la aceptaron porque les infundaba lástima: Aquella pobre chica solitaria, tan poco afortunada, sólo buscaba un poco de compañía.
Para describir la anatomía y fisonomía de Marisa, basta con una sola palabra: callo. Así de breve. Marisa era un auténtico callo que poco tenía que agradecer a la naturaleza.
Me compraba tabaco y me invitaba a cerveza, y como mi economía no era muy boyante, yo “me dejaba querer”. Pero pronto se quitó aquella máscara de niña modosita y nos mostró su verdadero rostro: Marisa era tremendamente soberbia y egocéntrica, y empezó a caer mal entre mis amigos. El colmo llegó cuando empezó a espantar a todas las chicas que se aproximaban a mí, más de lo que ella creía conveniente. Ese fue el comienzo de una larga pesadilla.
Por las noches yo rogaba a San Valentín que le buscara algo urgentemente y se olvidara de mí para siempre, pero debía estar ocupado con otros asuntos más importantes y no oía mis plegarias.
Una tarde de una calurosa primavera, nada propia del cantábrico, Alicia y yo coincidimos en el autobús urbano. Ella iba al fondo, agarrada a la barra que colgaba del techo. Como pude me abrí camino para llegar hasta ella. Al agarrarme a la barra, mi meñique chocó contra su pulgar, y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. ¿Con cuántos pulgares femeninos chocaba mi meñique a lo largo del día y no sentía absolutamente nada...? Nos saludamos con una sonrisa social y no volvimos a decirnos nada hasta la siguiente parada, que abrimos un diálogo tan trivial como absurdo. El autobús se había llenado por completo y Alicia y yo íbamos pegados el uno al otro como la lapa a la roca. El calor era sofocante. Por el canalillo de su pecho se deslizaban algunas gotas de sudor que irían a desembocar al centro de su vientre, es decir, al ombligo, que lo imaginé oblicuo y profundo. Imaginé también su pubis, con un bello perfectamente recortado, lo imaginé abundante y lo imaginé rapado; mientras la observaba masticar chicle con una sensualidad y un movimiento de mandíbulas muy sugestivo. Nadie mastica chicle de sea manera si no es con el fin de provocar. Me estaba provocando. Y yo sucumbí a su provocación imaginando que besaba su boca, que mordía sus labios, que comía su lengua, que lamía su cuello, que chupaba el lóbulo de su oreja, al tiempo que mi mano izquierda caminaba espalda arriba hasta llegar al broche del sujetador, que se me antojó negro y con encajes. Pero esos pensamientos obscenos se desmoronaron cuando ella introdujo su rodilla entre mis piernas. Mi corazón se detuvo por un instante, y luego empezó a latir a toda pastilla, como tratando de recuperar el tiempo perdido. Alicia clavó sus pupilas en las mías de una manera penetrante, mientras hacía un globo con el chicle. Jamás me había mirado de esa manera. Luego empezó a mover la rodilla de un lado a otro, estimulando aún más mis genitales, que ya estaban a punto de explotar. Deseaba que aquella situación terminara cuanto antes. De repente el autobús paró, y Alicia se bajo de él sin decir ni adiós.
Marisa seguía acosándome, a pesar de que yo me mostraba cada día más indiferente con ella. Me llamaba por teléfono continuamente para proponerme dar un paseo o tomar unas cañas, y algunas veces me esperaba a la salida del gimnasio para invitarme al cine. Yo empezaba a tener dificultad para encontrar unpretexto que eludiera sus invitaciones, y si no fuera porque me pasaba los apuntes y me resolvía muchos problemas, la hubiera mandado a la mierda.
Entre Marisa y yo no había nada y era poco probable que lo hubiera en el futuro. Intenté buscar debajo del envoltorio físico, algún aspecto positivo, alguna virtud que me atrajera, pero no encontré nada porque Marisa era igual que una botella sin nada dentro.
Después del ardiente episodio del autobús, las esperanzas de que Alicia estuviera algún día entre mis brazos, se habían reforzado enormemente. Sin embargo, ella se mostraba fría y distante conmigo. Cuando me miraba, dos cuchillos recién afilados se clavaban en mis ojos. Más tarde se volvió exigente e intolerante, pero la llegada de las vacaciones puso fin a ese comportamiento hostil.
La busqué por playas, parques, cines, bares; y por todas las paradas del autobús urbano. Alicia había desaparecido. Pensé que tal vez estuviera en Mon de Marsan, un pueblo del sur de Francia, donde solía pasar algunas temporadas con una tía suya. Y, después de rechazar la idea de tomar el tren, rumbo a Francia, decidí esperar su regreso, imaginándola frente a mí, masticando chicle con ese movimiento de mandíbula tan provocativo que tanto me excitaba.
Llovía a mares el día que iniciamos las clases, y el descenso de la temperatura hacía presagiar un invierno prematuro. Alicia todavía lucía en su rostro un ligero bronceado que realzaba aún más su hermosura. «¡Te quiero!... No sabes tú cómo te quiero», pensé decirle de manera espontánea, evitando preámbulos que me quebraran la voz. No tuve valor. Y los días pasaban indiferentes, viéndome practicar en voz baja la misma frase en diferentes tonos, mientras Madariaga, el nuevo profesor de educación física, un tío enclenque con cara de memo, baboseaba por los pasillos detrás de ella.
El clima entre nosotros se hizo cada día más tenso. Alicia se había vuelto muy arisca conmigo. Su conducta era anormal. Me preguntaba qué había hecho yo para que se comportara de esa manera. El motivo de su actitud podría radicar en lo sucedido en el autobús. Tal vez estuviera arrepentida y esa era su forma de manifestarlo. Pero yo no era culpable de ello; no fui yo el que provocó aquel episodio. Si ni siquiera me había atrevido a decirle lo guapa que era, lo buena que estaba y lo mucho que la quería, algo que todavía me sigo reprochando. De qué me podía culpar a mí.
Una tarde, Madariaga se cruzó con ella en la escalera y la llamó “Ali”. Alicia respondió con una sonrisa íntima que me hizo comprender todo lo que estaba ocurriendo. El baboso de Madariaga, que parecía haber salido de un cuadro antiguo, había llegado hasta el corazón de Alicia. Fue el día más amargo de mi vida.
Esta noche me han interrumpido el sueño bruscamente, y desde entonces sufro taquicardia. Soñaba en alto llamando a Alicia: «Alicia, mon amour·». No es la primera vez que me pasa, me ocurre con mucha frecuencia. Y Marisa me ha vuelto a someter a interrogatorio: Que quién es esa mujer, que si tengo algún rollo por ahí, que si ya no la quiero... Yo le he dicho que ese nombre no significa nada para mí, que es producto de un sueño y que los sueños son algo tan complicado que ni Freud lo tenía claro. Y, como si yo pudiera controlar la voluntad de este fenómeno, ha concluido diciendo, a modo de amenaza: «Pues como sigas así, me voy a ir a dormir a otra habitación». ¡Ojalá!