A los amigos de Ciudad Cool y a los que la visiten, les propongo reflexionar sobre la siguiente anécdota que proviene del siglo III, ella por sí sola es una lección para la vida, creo que no necesita de ninguna explicación.
Les invito a analizar la misma, a pensar en esa vivencia de este hombre que perdió su hacha, y más que eso, les invito a recordar y a buscar en pasajes de nuestra propia existencia alguna experiencia similar o cercana. Creo que ello puede aportar mucho a nuestro crecimiento y mejoramiento personal.
Con afectos;
Dr. Israel Manuel Fagundo.
"EL LADRÓN DE HACHAS"
Un hombre perdió su hacha y sospechaba del hijo de su vecino. Por eso se puso a observarlo.
Efectivamente; su forma de caminar era la típica de un ladrón de hachas. Su mirada, la de un ladrón de hachas. Las palabras que decía no podían ser más que las de un ladrón de hachas. Sus gestos y movimientos eran los propios de un ladrón de hachas.
Pero, inesperadamente, al ponerse un día a cavar en la tierra, aquel hombre encontró su hacha. Cuando al día siguiente volvió a ver al hijo de su vecino, ni su forma de caminar, ni su mirada, ni sus palabras, ni sus gestos y movimientos le parecieron los de un ladrón de hachas.
Hacía algunos días que no "entraba" a Ciudad Cool. Ahora lo hice con la intención de comprobar si mi blog había sido visitado por muchas personas y verificar si tenía algún que otro comentario sobre lo que había escrito. Y para decirle la verdad no encontré lo que esperaba: al revisar el gráfico de estadísticas que me ofrecen aprecié no muchas visitas y apenas un comentario sobre mi último artículo. ¿Para qué escribo aquí? Me pregunté.
Me di cuenta que no tenía claras mis pretensiones o propósitos al escribir para este sitio; y casi de inmediato me hice otra pregunta muy parecida, pero al mismo tiempo diferente: ¿Por qué escribo aquí?
Comencé a pensar y a reflexionar, algo que no había hecho antes. Y he aquí la breve historia: En uno de esos días que he tenido de pesar y desánimo por diferentes contingencias que la vida me ha deparado en los últimos meses, un entrañable amigo, Jaime Yoan, me dijo "Hazte un blog en Ciudad Cool, eso te va a motivar". Así, impulsado por el afecto y la razonable propuesta, creé mi blog, y me puse a escribir. Ya ha pasado más de un mes y pienso que era hora de hacerme la pregunta que da título a este comentario y encontrar, al menos, dos o tres respuestas convincentes.
No escribo aquí porque sea psiquiatra con algunos años de experiencia, con varios expedientes clínicos a mi cuenta, y con un número considerable de personas a las que, de alguna u otra forma, he ayudado a través del proceso de la psicoterapia. Tampoco escribo, al menos no en lo esencial, con la intención de transmitir mensajes aleccionadores, educativos o inspirativos para la vida de los otros.
Por otro lado no considero que el hecho de haber sido Jefe de la Cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la ciudad de Holguín, ni el haber impartido diversos cursos de post-grado en diferentes universidades e instituciones como profesor principal, determinaran que racionalmente decidiera escribir sobre temas de mi especialidad desde la perspectiva más humanista y socio-cultural que me fuera posible. Ni los diversos cursos, diplomados, entrenamientos y maestrías que he recibido, que forman parte de mi curriculum, hubieran servido de pretexto suficiente.
Mucho menos escribo porque piense que tenga soluciones a los problemas de los demás, o que tenga diseñados y sea capaz de exponer con certeza los caminos que pudieran conducirnos a la estabilidad, la felicidad y la paz interior. Y hablo de la paz interior, porque otro amigo que se llama Manuel García Verdecia, escribió hace algunos años algo que siempre recuerdo: "No puede haber paz entre los hombres si no la hay dentro de ellos".
En realidad creo que comencé a escribir para este sitio porque empecé a considerar, a partir de vivencias propias (no ya de los otros), que los seres humanos, siempre creadores por naturaleza, nos dan una luz en nuestra propia oscuridad. Que nadie es lo suficientemente fuerte como para no necesitar ayuda, ni lo extremadamente débil como para no brindarla. Que todos tenemos nuestras experiencias que aportar y nuestras ideas sobre el ser humano y su relación con el mundo y con la vida. Que todos tenemos una vida, una historia, y toda vida y toda historia es también una enseñanza.
Compartamos nuestras vivencias, meditemos, reflexionemos. Hablemos del disfrute o de la pena que podemos experimentar. Invitémosno a esos hermosos lugares que aún no conocemos, incitémonos a las experiencias gratificantes que aún no hemos vivido, llamémosno la atención de que no podemos permitir que el tiempo se nos vaya inútilmente y con él la vida y nuestros seres amados, sin haber compartido a plenitud el valor que realmente tienen.
Creo que convencido de esa necesidad comencé a escribir aquí, para compartir no sólo mi experiencia profesional, sino también la personal. La que va más allá de cualquier clase, cualquier expediente de un paciente, cualquier curso, conferencia, o libro. Comencé a escribir porque en un momento difícil me di cuenta que debía aprender a darme un poco a los demás, no desde la posición del especialista o profesor con cosas que explicar sobre la vida, sino desde la perspectiva del que teniendo una formación académica en el ámbito de la Psiquiatría y la Psicología ha vivido y ha podido, o no, explicarse y enfrentar momentos trascendentes de su existencia. Esa existencia que está siempre "entre muros y puertas".
Hacía algunos días que no "entraba" a Ciudad Cool. Ahora lo hice con la intención de comprobar si mi blog había sido visitado por muchas personas y verificar si tenía algún que otro comentario sobre lo que había escrito. Y para decirle la verdad no encontré lo que esperaba: al revisar el gráfico de estadísticas que me ofrecen aprecié no muchas visitas y apenas un comentario sobre mi último artículo. ¿Para qué escribo aquí? Me pregunté.
Me di cuenta que no tenía claras mis pretensiones o propósitos al escribir para este sitio; y casi de inmediato me hice otra pregunta muy parecida, pero al mismo tiempo diferente: ¿Por qué escribo aquí?
Comencé a pensar y a reflexionar, algo que no había hecho antes. Y he aquí la breve historia: En uno de esos días que he tenido de pesar y desánimo por diferentes contingencias que la vida me ha deparado en los últimos meses, un entrañable amigo, Jaime Yoan, me dijo "Hazte un blog en Ciudad Cool, eso te va a motivar". Así, impulsado por el afecto y la razonable propuesta, creé mi blog, y me puse a escribir. Ya ha pasado más de un mes y pienso que era hora de hacerme la pregunta que da título a este comentario y encontrar, al menos, dos o tres respuestas convincentes.
No escribo aquí porque sea psiquiatra con algunos años de experiencia, con varios expedientes clínicos a mi cuenta, y con un número considerable de personas a las que, de alguna u otra forma, he ayudado a través del proceso de la psicoterapia. Tampoco escribo, al menos no en lo esencial, con la intención de transmitir mensajes aleccionadores, educativos o inspirativos para la vida de los otros.
Por otro lado no considero que el hecho de haber sido Jefe de la Cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la ciudad de Holguín, ni el haber impartido diversos cursos de post-grado en diferentes universidades e instituciones como profesor principal, determinaran que racionalmente decidiera escribir sobre temas de mi especialidad desde la perspectiva más humanista y socio-cultural que me fuera posible. Ni los diversos cursos, diplomados, entrenamientos y maestrías que he recibido, que forman parte de mi curriculum, hubieran servido de pretexto suficiente.
Mucho menos escribo porque piense que tenga soluciones a los problemas de los demás, o que tenga diseñados y sea capaz de exponer con certeza los caminos que pudieran conducirnos a la estabilidad, la felicidad y la paz interior. Y hablo de la paz interior, porque otro amigo que se llama Manuel García Verdecia, escribió hace algunos años algo que siempre recuerdo: "No puede haber paz entre los hombres si no la hay dentro de ellos".
En realidad creo que comencé a escribir para este sitio porque empecé a considerar, a partir de vivencias propias (no ya de los otros), que los seres humanos, siempre creadores por naturaleza, nos dan una luz en nuestra propia oscuridad. Que nadie es lo suficientemente fuerte como para no necesitar ayuda, ni lo extremadamente débil como para no brindarla. Que todos tenemos nuestras experiencias que aportar y nuestras ideas sobre el ser humano y su relación con el mundo y con la vida. Que todos tenemos una vida, una historia, y toda vida y toda historia es también una enseñanza.
Compartamos nuestras vivencias, meditemos, reflexionemos. Hablemos del disfrute o de la pena que podemos experimentar. Invitémosno a esos hermosos lugares que aún no conocemos, incitémonos a las experiencias gratificantes que aún no hemos vivido, llamémosno la atención de que no podemos permitir que el tiempo se nos vaya inútilmente y con él la vida y nuestros seres amados, sin haber compartido a plenitud el valor que realmente tienen.
Creo que convencido de esa necesidad comencé a escribir aquí, para compartir no sólo mi experiencia profesional, sino también la personal. La que va más allá de cualquier clase, cualquier expediente de un paciente, cualquier curso, conferencia, o libro. Comencé a escribir porque en un momento difícil me di cuenta que debía aprender a darme un poco a los demás, no desde la posición del especialista o profesor con cosas que explicar sobre la vida, sino desde la perspectiva del que teniendo una formación académica en el ámbito de la Psiquiatría y la Psicología ha vivido y ha podido, o no, explicarse y enfrentar momentos trascendentes de su existencia. Esa existencia que está siempre "entre muros y puertas".
Si te sientes en el “límite”, no rechaces la ayuda.
Miércoles, 10-24-2007, 9:13:47 pm
Por el Dr. Israel M. Fagundo
En algunos momentos puede que hayas pensado en ir a un psicoterapeuta, un psicólogo o un psiquiatra, porque has sentido que estás en el “límite”, o que ya no puedes más ante una situación que ha terminado agobiándote, o porque es mucho el malestar. También puede que algún familiar o amigo cercano te lo haya recomendado porque se haya dado cuenta de que algo no anda bien en ti.
¿Y tú qué has pensado? ¿Has ido a un psicoterapeuta o has decidido resolver el problema “por tus propias manos”? ¿Haces rechazo a este tipo de asistencia, intervención o consulta? No sé cuál será tu respuesta, pero hay algo cierto: los seres humanos, en oportunidades, necesitan ayuda profesional en el ámbito de la esfera emocional.
Pero, ¿qué puedes esperar de una psicoterapia? Cuando una persona se somete a una psicoterapia de cualquier tipo, a veces lo hace con la esperanza de que el terapeuta le ayude a resolver problemas de relaciones personales, tales como que no le va bien con su pareja por distintas razones; que los hijos se comportan de manera inadecuada; que los demás le hacen perder el control; que no “aguanta” a sus compañeros de trabajo; que las formas de actuar de los otros le provoca frustración y depresión; o que no sabe qué hacer frente a una determinada situación o cómo salir de un problema complicado. No suele pensar esta persona que uno de los aspectos fundamentales de una terapia es ayudarle a modificar su propia conducta, ya que ese es el único ámbito en que con mayor eficacia podemos influir: la manera en que la propia persona se proyecta.
Todo cambio que desees introducir en la manera en que los demás se comportan debe ser a través del cambio de tu propia conducta. Mientras no cambies la forma en que te conduces, te seguirán acosando los mismos conflictos. A veces cuesta entender esto, porque a pocas personas les gusta cambiar, o para decirlo de una mejor y más realista manera: pocas personas sienten la necesidad de cambiar y pocas son las que tienen la flexibilidad y potencialidades necesarias para realizar cambios.
Cada uno de nosotros tiene un patrón de conducta que ha adquirido a lo largo de la vida por diversas razones. Si aparece la necesidad de cambiar, ya sea por decisión propia o por indicación profesional, la tarea implica el análisis de los motivos que llevaron a adoptar esos comportamientos, para ver si siguen siendo válidos, o no, en el presente.
El cambio de actitud o de conducta no es fácil porque, aunque errada, una actitud o conducta que se ha ejercitado durante mucho tiempo da una sensación de seguridad. Aquí interviene el miedo que todos tenemos a lo desconocido, a lo que no hemos probado antes, a lo que se aleja de nuestro habitual repertorio de respuestas ante los acontecimientos de la vida y dificultades interpersonales. Solamente una pequeña fracción de personas gusta de situaciones nuevas y de comportamientos innovadores; la mayoría prefieren lo conocido, lo ya establecido, porque así se sienten en “terreno seguro”. El problema es que, a veces, lo ya conocido y establecido es justamente lo que está jugando en tu contra.
Para poder cambiar tu situación debes de cambiar tu conducta, dejar esas viejas formas de comportarte que durante tanto tiempo te han servido torcidamente. Tienes que pensar con flexibilidad y sinceridad para poder cambiar tu rumbo, y esto suele ser difícil porque la sinceridad te lleva a reconocer esos miedos que tanto tiempo has estado ocultando. El miedo es una de las grandes fuerzas motoras del comportamiento, ya que a nadie le gusta tener miedo y por lo general se hace todo lo posible por evitarlo, hasta llegar al auto-engaño de manera inconsciente. Y es ahí parte importante de la terapia: llevar lo inconsciente a consciente, cambiar las ideas erróneas y los comportamientos ineficaces por ideas válidas y comportamientos eficaces.
Tomar y mantener la decisión de adoptar una nueva conducta, una nueva actitud, puede ser una de las tareas más difíciles para el individuo. Es un proceso trabajoso que deberás asumir con valor y perseverancia, sin descartar la posibilidad de que puedas caer, pero también levantarte, para así poder avanzar en el camino de la superación personal.
Para alcanzar el éxito en todas las áreas de nuestra vida es muy importante tener una adecuada autoestima. La autoestima es la apreciación que tenemos de nosotros mismos, ella influye en nuestra manera de proyectarnos y nos puede llevar al éxito o al fracaso. Como es de suponer no todos la desarrollamos igual. Los estudiosos del tema la clasifican en baja, media y alta, pero me atrevo a afirmar que no hay persona que carezca por completo de ella, y si su ausencia total se presenta en determinadas circunstancias de la vida, creo que no es lo más frecuente entre los seres humanos, aunque ciertamente son muchos los que presentan problemas de autoestima, bien por defecto… bien por exceso.
Veamos lo que algunos que se han dedicado al estudio de esta condición plantean sobre los grados o niveles de su expresión.
Autoestima Baja:
Se evidencia en las personas que piensan que no tienen valor, estas ideas las incorporan, por lo general, desde su niñez y los condiciona a esperar ser menospreciados por los demás, hundirse en la soledad, ser apáticos e indiferentes. Su complejo de inferioridad y los sentimientos derivados los llevan a los celos, a la envidia, a manifestar depresión, ansiedad o miedo, y todo esto les puede llevar al sufrimiento constante.
Autoestima Media:
Para los que se incluyen en este grupo, el concepto de sí mismo implica sentirse aptos o ineptos, generalmente haciéndolo depender de circunstancias y situaciones, pero no por un convencimiento de sus potencialidades como seres humanos. A veces actúan con sensatez y otras tantas con torpeza. Y así van por la vida demostrando inconsistencia.
Autoestima Alta:
Es sentirse confiadamente apto para la vida, vivir con integridad y disfrutar plenamente cada momento. Comportarse de acuerdo a sus valores en forma responsable y eficiente, basarse en la realidad para tomar sus propias decisiones, valorar y respetar a los demás, ser honesto, entablar relaciones enriquecedoras, trabajar con buena voluntad.
Los que tienen una alta autoestima desarrollan un apreciable bienestar físico, mental y social. Son creativos, alegres, se establecen metas y luchan por conseguirlas. Están concientes de sus defectos y virtudes, limitaciones y debilidades, comprenden que hay que ser flexibles consigo mismo para resistir las presiones que a veces hacen caer en la derrota. Sin embargo, se permiten fracasar porque tienen derecho a hacerlo y son concientes de que con la práctica podrán mejorar cualquier aspecto que deseen, con una visión optimista y realista ante todo lo que sucede.
Sobre la formación de la autoestima.
Ya con un acercamiento a su definición, pasemos a analizar cómo se forma la autoestima. En la infancia se “absorben” valores, hábitos y creencias de nuestra familia, y de los grupos que nos rodean, en esa etapa desconocemos lo que nos conviene o no hacer, es por esto que se dice que la autoestima puede ser una conducta aprendida.
Ya en la adultez, de alguna u otra forma, se premian o castigan también actitudes y comportamientos, es aquí en donde los adultos pueden nutrir o minar su confianza, es un proceso en el que se va formando su seguridad, respeto a sí mismo y van creando los hábitos mentales que desarrollan habilidades o por el contrario crean miedos y hábitos pesimistas.
Ahora, bien, ya en este momento es válido hacerse una pregunta: ¿Se puede mejorar la autoestima? La respuesta es alentadora: Sí. Esta respuesta nos lleva directamente a otra pregunta: ¿Cómo potenciarla?
Para desarrollarla se deben tener dos convicciones en nuestra mente de por vida:
“Soy digno de que me amen. Importo y tengo valor por el simple hecho de que existo”.
“Soy valioso. Porque puedo manejarme a mi mismo y manejar lo que me rodea, con eficiencia. Se que tengo algo que ofrecer a los demás”.
Si se logra integrar a nuestras creencias las dos convicciones anteriores, ya no dejaremos que nuestra vida sea manejada por los comentarios de los demás. Por ejemplo, un adulto está feliz, se siente feliz, pero un día, puede que de repente y sin mucho análisis, el marido o la esposa, el papá o la mamá, o algún otro, le haga un comentario “negativo” sobre su persona. Puede que a partir de ese simple comentario comiencen disquisiciones que le lleven al agobio, a la duda, a la inseguridad, a la insatisfacción.
Si hemos crecido y convivido con personas que nos han dicho constantemente: “¡Todo lo haces mal!”,“Tú no sabes”,“¡Eres un inepto!”,“¿No se quién te va a aguantar así?”; es muy probable que esos mensajes estén conservados en nuestro subconsciente, aún pasado el tiempo y aún cuando esas personas ya no existan en nuestras vidas. Es por eso que el cambio se debe de hacer desde dentro de uno mismo y no tratando de cambiar la opinión que los demás tengan de nosotros.