Fuera de lugar
Una lucha por ser mujer
Martes, 04-15-2008, 8:00:20 am
Someterse a una cirugía de reasignación de sexo, más que un asunto suntuario es para muchos una necesidad. Hombres y mujeres atrapados en cuerpos que no les pertenecen, asumiendo roles totalmente diferentes al del que ven en el espejo, encuentran en esta intervención quirúrgica, el comienzo del fin de su largo calvario. Esta es la historia de una mujer, que aunque nació físicamente hombre, apenas hace ocho años viene reconociéndose como lo que realmente siempre fue.
El encuentro con Gina Paola* fue en el consultorio de su ‘mago de oz’, como bien ha sabido llamar a su cirujano, el Doctor Felipe Coiffman Zaicanschy. No hubo necesidad de buscarla entre la gente imaginando su aspecto andrógino o el uso de una vestimenta de colores extravagantes y demasiado sensual. Solo bastó con cruzar el primer ‘mucho gusto’ para sentir que mi interlocutora era en efecto una mujer, hecha y derecha. Sobre todo hecha, aunque para ella, el concepto femenino no se reduzca a tener una vagina.
Gina Paola es atractiva. Es alta, delgada, con rasgos finos. Viste fresca y luce una feminidad natural totalmente alejada de amaneramiento alguno. Pero lo que mejor lleva puesto es una inteligencia deslumbrante: No hay pregunta molesta que no sepa controvertir con un comentario ácido en el que nos recuerda que, pese a su pasado, todos somos iguales. No hay respuesta en la que titubee sobre las necesidades reales de los transexuales.
“Esta cirugía no se puede tomar como si fuera una decisión. No es algo voluntario. Es una necesidad para mitigar esa sensación de sufrimiento permanente por estar en el cuerpo equivocado. Aunque el nacimiento es normal, es un error de la naturaleza”, dice Gina de 28 años, con una relación estable hace cuatro y una pareja que aunque desconoce su pasado, prefiere no hacer preguntas insistentes sobre las razones por las cuales ella no menstrúa, ni menos aún puede ser mamá.
Hay que mirarla detenidamente, ojalá sin morbo, para detectar que los recuerdos de ese pasado doloroso, afloran con hastío. Sobre todo, cuando un periodista intenta escudriñar en esos momentos en que ella era él.
“Yo no tenía vida. Ni sexual, ni social, ni de ningún tipo. Era la burla de mis amigos, e incluso amigas, por sentirme mujer. Fui objeto de linchamientos y agresiones. Una vez me amarraron a un árbol y comenzaron a lanzarme unos tomates pichos que estaban en el piso”, recuerda levantando la mirada, estirando los labios y haciendo un no con su cabeza, en un gesto de decepción con el que dice tácitamente ‘perdónalos porque no saben lo que hacen’.
De hecho no sabían, como seguramente hoy muchos no lo saben, por qué es imposible “meter en una sola bolsa” a todos los términos que hacen de la identidad sexual (el género con el que se identifican) y de la orientación (el género por el que sienten atracción), un mundo de diversos matices (ver recuadro) que terminan siendo rotulados con tres sílabas odiosas: MA-RI-CA.
“Se han creado muchos estereotipos, por ejemplo en la televisión, siempre se visualiza al típico travesti que se prostituye, que le gusta el escándalo y es amanerado. El que sale con las tangas en los desfiles gay. A mí me han propuesto salir en documentales, participar en política por estas comunidades, y para mí esa visibilidad es complicada y solo contribuye a un espectáculo fatuo. No me imagino a la gente diciendo: vote por la tipa que fue hombre. Yo solo soy una mujer más. Piensa si fuera tu caso, ¿darías la cara?. La fama está prohibida para nosotras”.
La tolerancia social no alcanza para tanto y si hay alguien que lo sabe, es ella. Aunque sus padres le apoyaron, e incluso su madre hasta el día de su muerte sufrió muchas humillaciones por hacerlo, otros familiares como tíos y primos siempre la juzgaron. “Uno se tiene que quedar como nace”, le reprochaban. “¿Y entonces usted por qué se viste si nació desnudo, o por qué se pinta el pelo si la vida le dio un color natural?” respondía ella, desafiante. “Te vas a ir al infierno”, le advertían. “Prefiero pasar un infierno como mujer, que vivir en esta tierra como un tipo”, se defendía de nuevo.
En su adolescencia vivió la imposibilidad de tener novio (por supuesto no quería una novia), y muchas veces fue considerada como un juguete carnal por parte de homosexuales, que la creían uno más de ellos. Ella insistía en mostrarse mujer y en vestirse con “pintas transgresoras para la época”, como las describe.
“En las relaciones que tuve siempre actúe como mujer pero para mí era un dolor horrible verme mi parte genital. Era como un apéndice del que me quería deshacer, me quitaba la ropa y me daba asco. Lo aborrecía día a día. Si hay mujeres que se suicidan porque se sienten gordas o porque creen que tienen una nariz fea o porque no se parecen a una barbie, imagínate qué es sentir unos genitales que no son tuyos”.
Gina habla con un aire de tranquilidad al autoafirmarse que esos hechos son parte del pasado. “Yo ya no lloro con esto. Tengo anestesiado el corazón”, asegura. Esa narcosis es la que le ha permitido enterrar los problemas que tenía antes para vestirse y disimular lo que consideraba un estorbo; el fastidio que le daba entrar a baños desaseados de hombres; el disgusto que le generaba su patanería, y hasta el hecho de que la convidaran todo el tiempo a jugar fútbol. “Lo paradójico es que de ese sexo que abominé, es hoy la persona que amo”.
La disputa médica
Gina sostiene que sobre la transexualidad hay mucha desinformación porque “nadie se imagina el drama que es padecer esta disforia genérica (nombre médico). Incluso la cirugía mitiga el dolor, pero no la cura”. Médica y psicológicamente, un transexuado se define como un paciente que nace con una anomalía congénita, que le hace tener la mentalidad de un sexo y el cuerpo de otro. La Organización Mundial de la Salud ha avalado la cirugía de reasignación de sexo como una alternativa de tratamiento en estos casos. En España y Holanda, sí son cubiertas por el sistema de salud.
Gina Paola reconoce que por sus costos en Colombia (alrededor de 5.000 dólares [los suyos propios los asumieron sus padres]), hay en lista de espera muchos transexuales cuyo Plan Obligatorio de Salud no contempla estos procedimientos, y por supuesto ellos no pueden pagarlo. Todo porque la disforia genérica o trastorno de identidad de género, en la legislación nacional no es entendida como una patología, y el argumento es que esta condición no afecta la vida de las personas, ni representa peligro alguno.
“Es posible ponerle una tutela a la Eps, pero eso implica hacer pública a la persona y por otro lado como generalmente son hombres y mujeres que no han podido conseguir trabajo, tampoco tienen las semanas cotizadas. (...) Nosotros podríamos hacer que llegara a la Corte Constitucional pero entonces es un arma de doble filo porque así como en las empresas comenzaron a exigir la prueba del SIDA, le comenzarían a preguntar a las personas si son reasignadas y eso sería una violación a su intimidad (...) Si a eso sumamos el hecho de que muy pocos especialistas se le miden a hacer la cirugía, el panorama se complica”, explica Gina Paola.
El pionero
Uno de los pioneros en el país en hacer cambios quirúrgicos de sexo hace 35 años, fue su ‘mago de oz’, el Doctor Felipe Coiffman Zaicanschy, quien además de ser profesor de cirugía Plástica de la Universidad Nacional, de donde es egresado, es autor del texto de estudio por excelencia en toda Latinoamérica, que en seis volúmenes habla sobre el tema de cirugía plástica, reconstructiva y estética. Por su consultorio de la Fundación Santa Fe han pasado más de 150 pacientes transexuados, algunos de ellos incluso buscando solución a cirugías mal hechas que por su economía, han provocado resultados desastrosos.
“Uno de cada 10 transexuales se suicidan o terminan quitándose los genitales porque no se pueden costear la cirugía. En países donde cobran por mucho mil dólares, se han presentado casos de necrosis en los testículos (...) Aquí en Colombia se hace de manera muy profesional en los hospitales grandes como el Materno Infantil, el San Rafael, y el San José, previo sometimiento a un comité interdisciplinario donde está el cirujano, un psicólogo, un urólogo y/o ginecólogo y un endocrinólogo que evalúan si la persona es apta para la operación, porque ésta es irreversible”.
Gina tuvo que someterse a pruebas psicométricas que determinaran su feminidad, asumir por lo menos durante seis meses el rol de mujer (aunque lo había hecho toda la vida) y comenzar un tratamiento hormonal, con dosis similares a las que se toman las mujeres menopáusicas que dejan de producir estrógenos. Esta medicación atrofia la salida de barba, adelgaza la voz y mejora la calidad del cabello y la piel.
“Ya en el quirófano se les amputa el pene, los testículos y se fabrica una neovagina con la piel del escroto. Un pedazo del glande se deja conectado a los nervios, venas y arterias y se coloca en la introducción de la vagina, haciendo las veces de clítoris. Finalmente se hacen los implantes de senos, si es necesario se opera la manzana de adán o se hacen retoques en el rostro para afinar los rasgos. La intervención dura alrededor de cuatro horas”.
Gina dice que sí, que ha sentido orgasmos desde su concepción de placer y que aunque es una de las recuperaciones más lentas (alrededor de dos años) los transexuales no pueden dejar de soñar “Lo que nos negó la naturaleza, la ciencia lo puede solucionar”.
Nueva identidad
Para que Pablo llegara a ser Gina Paola todavía faltaba el sello de la Registraduría. Aunque parecería un trámite de forma, aún requería de dos aprobaciones más de Medicina Legal: una física y otra psicológica que medían qué tan mujer era. “Para mí era absurdo y humillante que alguien quisiera determinar si mi psiquis era femenina, haciéndome preguntas como que si orinaba sentada. No paraban las humillaciones”.
En Colombia el cambio de nombre está autorizado por el articulo 6º de la ley 999 de 1988, por una sola vez, mediante la cancelación del registro civil y la cédula antigua. No obstante para que la letra F o M sea cambiada, sí hay que someterse a la operación.
“Tengo un amigo que se cambió el nombre pero como no se ha podido cambiar el sexo, no ha conseguido trabajo. Mejor dicho, por un pene no ha podido ejercer la profesión”
Hoy día con su nueva identidad, Gina sonríe cuando la piropean en la calle y calla con rabia ante los comentarios desobligantes que le hacen conocidos, sobre las minorías sexuales. Aunque difiere de las posturas políticas de gays y lesbianas y discrepa del protagonismo, sí hace parte de un grupo llamado ‘mujeres al borde’ en donde se reúne los sábados con una variopinta gama de homosexuales femeninas, bisexuales, transgeneristas, “donde aceptamos la diferencia. Porque ser mujer es mas que ser heterosexual o tener una vagina”.
A pesar de que ya han pasado ocho años después de la operación, tiene proyectos de establecerse con su marido en otro país para iniciar una nueva vida. Lo que más sueña en esa tierra lejana, es poder adoptar una niña.
Identidad y orientación
Heterosexual: Persona atraída sexualmente por personas del sexo opuesto.
Homosexual: (lesbiana o gay) Persona atraída por las de su mismo sexo, sin que esto signifique que tenga que asumir los roles del sexo contrario.
Bisexual: Persona que se siente atraída por hombres y mujeres.
Travesti: Es la persona que le gusta usar prendas del sexo opuesto, sin necesidad de dejar de ser heterosexual. A diferencia de los transexuales, no les interesa hacerse una cirugía de reasignación de sexo.
Transexual: Es la persona que se identifica psicológicamente con el sexo opuesto y por ello ha modificado su apariencia física y sus genitales mediante un procedimiento quirúrgico y hormonal.
De mujer a hombre
Aunque según el doctor Coiffman solo una de cada cuatro cirugías corresponden a un cambio de mujer a hombre, en estos casos se siguen procedimientos similares al de Gina. A través del uso de testosterona, se busca en la mujer tumbar el pelo, producir barba, lograr facciones más varoniles e incluso agrandar el clítoris creando un micropene.
La cirugía incluye el cierre de vagina y la extracción de ovarios, trompas y matriz; el implante de una nueva uretra para orinar de pie, la creación de un ‘neopene’ con un colgajo de abdomen o antebrazo que por supuesto nunca logrará una erección y que para darle solidez “requiere de un implante de cartílago tomado de las costillas”, explica Coiffman. Los testículos se fabrican con bolas de silicona y los senos se amputan.




