Fuera de lugar
“Los vemos morir, pero también los salvamos”
Ser un enfermero de combate
Al Sargento Henderson Herrera León, la vocación le llegó pronto. En medio de una pista de infantería del Colegio Militar Calatar de Barranquilla, dos de sus compañeros resultaron electrocutados por un cable de alta tensión. Uno murió. El otro quedó convaleciente, mientras él se sentía impotente porque no sabía cómo salvarle la vida.
Luego aprendió. Hoy es uno de los suboficiales que ostenta el invisible título de enfermero de combate. En zonas remotas, donde sólo huele a parajes boscosos y sus pares se camuflan entre el verde selva dispuestos al combate, él camina con sigilo en la tercera escuadra del pelotón, presto a atender cualquier herido de la guerra. Y son muchos.
“Es un trabajo desagradecido en el sentido de que nadie lo reconoce, pero la satisfacción que nos da ver a nuestros compañeros totalmente recuperados de las heridas causadas por la guerra, esos agradecimientos son las mejores recompensas”, dice el Sargento Herrera, sentado en una de las oficinas de
En una de ellas perdió a un amigo. Un joven Teniente que en las selvas del Putumayo recibió tres tiros cuando la guerrilla apareció de la nada, por una carretera que los mismos subversivos habían construido.
“El se adelantó a la tropa y le dispararon. Tenía una herida en al abdomen, otra en el tórax y otra en la cabeza. Sólo sentía sus quejidos, pero ya no podía hacer nada. Estuvimos en muchas misiones juntos y ese momento me pedía cabeza fría para atender a otros soldados que habían sido impactados”, asevera con un asomo de tristeza, este soldado de 30 años.
De hierro
No obstante, su temple es de hierro. Herrera, al igual que los demás enfermeros de combate, debe superar el dolor en instantes. Es quien maneja el equilibrio cuando la sangre de los suyos corre. Finalmente, son ellos los que le ponen el pecho a la guerra que no da tregua en este país.
Han sido preparados en la toma de signos vitales, en la valoración y clasificación de heridos, en la estabilización de pacientes politraumatizados y el tratamiento e inmovilización temporal de fracturas, entre otras cosas que incluyen aplicar una inyección y recetar una pastilla para el dolor.
“Es muy doloroso ver caer compañeros nuestros y hay que saber manejar esa parte psicológica. (...) Hay que ser objetivos cuando se trata de decidir a quién salvar, si hay alguien por quien no se puede hacer nada, no hay que gastar energías en él”.
Lo dice recordando un episodio que vivió en Villavicencio cuando una casa bomba explotó y se llevó por delante a una decena de soldados. El Sargento Herrera tuvo que empezar a moverse entre los cuerpos quejosos y evaluar a quién debía atender.
Para ello, los enfermeros usan unos códigos de colores, que bien podrían llamarse del ‘dolor’, y que atribuyen el negro para heridas irrecuperables, el rojo para críticas recuperables, el amarillo para heridas graves y el verde, para las leves.
“Ese es nuestro Triase. De esa manera cuando los heridos se han podido evacuar por helicóptero llegan al Hospital Militar y allí el médico evalúa, según el color, quién precisa intervención pronta” anota Herrera.
Hay condiciones en que el apoyo aéreo no puede llegar a los coordenadas indicadas, y estos personajes hacen lo posible por mantener a su ‘lanza’ vivo.
Lo hacen con herramientas tan básicas como un botiquín de primeros auxilios que contiene gasas, esparadrapo, inyecciones, líquidos, inmovilizadores, apósitos, canalizadores y hasta morfina y calmantes para el dolor. Pero, cuando de salvar la vida se trata, cualquier herramienta es válida.
Militares, antes que enfermeros
“Cuando los heridos llegan a los médicos, ellos se sorprenden porque hemos sacado sangre de un pulmón con un lapicero o se lo hemos atravesado en la garganta para facilitarle la respiración a un paciente”, asegura con tono anecdótico el Cabo Gustavo Castañeda, quien trabaja en el Hospital Militar con sede en el Batallón Caldas.
Allí atiende a un par de soldados que ya están en proceso de recuperación luego de haber recibido un impacto de bala uno, y haber pisado una mina el otro. Esas armas prohibidas por el Derecho Internacional Humanitario (DIH), que se han convertido en uno de los dolores de cabeza más grandes para el Ejército, e incluso para la misma población civil.
“Claro que he tenido que ver a mis compañeros pisar minas. Lo primero que se debe hacer es arrastrarlo y controlar la hemorragia. Si ya perdió la pierna, se usa un torniquete o un apósito. Se le aplican líquidos endovenosos y analgésicos hasta que llega un helicóptero por él. Pero lo más importante es el apoyo moral, porque es muy duro para cualquiera de nosotros perder una extremidad”, dice el Cabo Castañeda.
Él, como sus demás compañeros, escogió entre las armas de sanidad, combate y logística, la primera. Y a eso ha dedicado su vida.
Durante año y medio hizo un curso de enfermería en el Hospital Militar y luego, un curso de paramédicos con personal de Estados Unidos en la base Tolemaida.
Uno de los días que no olvida, fue aquel cuando le pusieron un collar bomba a la señora Elvia Cortés en Chiquinquira. Tras la explosión un sargento y dos soldados resultaron heridos, mientras un policía murió.
“Nosotros llegamos en un helicóptero MI a evacuar los heridos y ellos estaban muy conmocionados. Los estabilizamos, pero uno de ellos perdió los dedos de su mano y recibió esquirlas en la cara. El otro perdió una mano y la cabeza del pene. Eso lo afectó demasiado y con él tuvo que hacerse un trabajo psicológico. También con la familia que a veces se afecta más que uno”, sostiene Castañeda.
Y es que a pesar de que el trabajo de estos hombres se da en medio del fragor de las balas, también son ellos quienes en los días de misión, curan los dolores de cabeza, la fiebre, y el estrés postraumático que ocasionan los combates.
“Nosotros debemos tener a nuestros soldados en condiciones óptimas para pelear. Tratamos desde una fiebre hasta un paludismo, pasando por dolores de estómago, diarrea, dolores de hueso y hongos en los pies. Una simple tos puede dañar una operación. Es que nosotros antes que enfermeros, somos militares”, justifica el Sargento Herrera
En el monte también enfrentan la temida leshmaniasis, que carcome la piel sin reversa ni contemplaciones y que sólo se puede tratar con Glucantine, una medicina que es estrictamente repartida de manera gratuita por el Ministerio de Protección Social. Es más, para su control, hay que devolver los envases de las ampollas.
“En el pasado aplicábamos las ampolla en plena selva, pero por no hacerlo con la debida asepsia hubo muchas infecciones y eso provocó complicaciones. Sólo hasta que lleguen al Hospital se inicia el tratamiento que es muy doloroso. Aplicar 10cc en un glúteo es bien doloroso”, arguye el Cabo Castañeda.
Por este tipo de situaciones es que la tropa y el Ejército en general, le ha venido dando cada vez más valor a la instrucción en esta labor.
“Antes por una mala atención de una herida pequeña, la persona se moría. Ahora sabemos cómo hacerlo. (...) Es cierto que los vemos morir, pero lo importante es que también los salvamos. Diría que en un 88% de los casos, los salvamos”, subraya el Sargento Herrera.
Distintivo oculto
Aunque a veces llevan el brazalete de la cruz roja, que universalmente distingue la misión médica, en una irregular guerra como la colombiana, eso no es garantía de respeto como lo contempla el DIH.
En una ocasión en el municipio del Tigre, Putumayo, el Ejército le inmovilizó a las Farc una ambulancia en la que transportaban explosivos y estopines.
Al otro día, los subversivos hicieron lo propio: montaron un reten e incendiaron una ambulancia en la que los soldados transportaban a sus heridos. También iban algunos ciudadanos afectados por una explosión.
El mal tiempo y los parajes inhóspitos, obliga a la tropa a evacuar heridos por vía terrestre y a hacer uso de ambulancias de los hospitales regionales, que han sido detenidas para bajar los militares convalecientes.
“Por eso a veces es contraproducente llevar al distintivo, porque cuando ven al enfermero es al primero que le dan para afectar la tropa, y si vamos en un carro señalizado es igual (...) Los conductores ya tienen pericia para evadir retenes, y en ocasiones son ellos los que deciden que no se debe poner la sirena para no alertar al enemigo”, sostiene el soldado Hugo Arturo Melgarejo, quien por su participación en
Melgarejo tuvo que atender a un compañero a quien una mina camuflada en un cuñete de pintura, lo dejó en un segundo sin una pierna, una mano y un ojo, y la metralla provocó que la piel se le pulverizara, dejando el hueso a la intemperie.
También estuvo en una emboscada en el Catatumbo, en donde un carro bomba le quitó a tres compañeros y tuvo que sacar agallas para la evacuación de sus cuerpos.
“Lo más paradójico es que a pesar de que el apoyo helicoportado ahora es inmediato, a veces la tropa no puede llegar a donde estamos, mientras la guerrilla tiene entre la selva hospitales sofisticados con los últimos equipos, plantas de electricidad, y médicos especialistas entre sus filas que se han preparado en universidades”, apunta Melgarejo.
Ellos aseguran, que no obstante, han atendido a enemigos suyos que resultan heridos, como sucedió hace unos años durante un combate en la vía al Llano, en donde a la altura del peaje Pipiyal, soldados de
“Son sentimientos encontrados los que se generan allí. En un combate en las Delicias, nosotros pensamos que el camino estaba despejado y el soldado puntero se asomó y recibió un disparo. Empezó el combate y tuvimos esa baja y unos heridos. Uno de los guerrilleros se quedó de la huida y cuando llegó el avión ambulancia a recogernos, se lo llevaron y se salvó. Nosotros nos sentíamos muy mal de ver cómo se llevaban a uno de los nuestros muerto y al subversivo se le salvaba la vida, pero se le respetó. Luego el guerrillero nos demandó por intento de homicidio”, acota con tono incrédulo el Sargento Herrera.
Su instinto de médicos es el que los lleva a salvar la vida del que sea, pues como asegura el Cabo Castañeda “el enfermo es uno solo, no tiene raza”.
“En la toma de Mitú (noviembre de 1998), cuando el avión Hércules llegó a llevarse la cantidad de cadáveres que iban metidos en las bolsas plásticas, algunos de los guerrilleros se movían, pero era algo natural porque el cuerpo ya muerto se reacomoda. Uno obedecía al instinto de abrir la bolsa para sacarlo, porque aún estábamos en shock por la dimensión de la tragedia. (...) La consigna de ellos es en cambio, ‘chulo que cojan, chulo que hay que rematar’”.
‘Un verdadero desafío’
En un pelotón de 40 hombres debe haber como mínimo dos enfermeros de combate. En
El oficial asegura que de ellos, 30% son suboficiales (cuyo entrenamiento dura un año) y 70% son soldados profesionales, quienes reciben un entrenamiento primario de máximo cuatro semanas, y un reentrenamiento de doce días por parte de
“Ellos cumplen un verdadero desafío y a veces en nuestros hospitales no dan abasto. Tenemos limitaciones a nivel regional porque es muy corto el tiempo que se preparan, pero ahorita tengo 60 hombres en
Sólo la instrucción le cuesta a
“Ellos tienen que estarse comunicando por radio con un médico que a veces los orienta, reciben instrucciones para que su trabajo sea preciso hasta que puedan evacuar al herido hasta el puesto de mando atrasado que casi siempre está a distantes kilómetros. Si no maneja la situación es perjudicial para la tropa”.
En este momento las Fuerzas Militares cuentan con una patrulla aeromédica de
Para el transporte terrestre existen las ambulancias Hombi, que son una especie de camionetas que llevan el símbolo de la cruz roja, las cuales usan exclusivamente si hay tropas en la vía que garanticen la seguridad.
“El año pasado se presentaron en la región 243 soldados heridos en combate y en lo que va corrido del año, 47. (...) La idea es que próximamente puedan ir médicos al área”, puntualiza el Coronel Puentes.




