Fuera de lugar
Las semillas de Jerusalén*
Miércoles, 02-20-2008, 1:14:56 am
Entre la quinua y los libros
En uno de los sectores más deprimidos del sur de la capital del país, se gesta desde hace 20 años una iniciativa de educación popular que se ha mantenido incólume en medio de la violencia y la pobreza. Sus gestores ahora sueñan con proyectarla a una universidad que estaría enclavada en las lomas de Ciudad Bolívar. Ésta es la historia.
Ricardo Rojas es quizá el personaje más ‘saludable’ que camina por las calles polvorientas que conducen, loma arriba, al sector de Potosí en el barrio Jerusalén de Ciudad Bolívar en Bogotá. Lo es, no solamente porque a su dieta le haya añadido el consumo de quinua, una planta ancestral a la que se le atribuyen grandes poderes nutritivos (a tal punto que la NASA la usa en las raciones de sus astronautas), sino porque en cada esquina recibe un ‘hola Don Ricardo’, con una suerte de beneplácito y agradecimiento.
“Si quiere yo le regalo estas semillas de quinua, que es traída directamente de la provincia García Rovira (Santander) para que arranque con su cultivo”, le dice Ricardo a Don Aníbal, un campesino que muestra orgulloso sus plantes de maíz, habas, cubios y papa, los cuales por un momento intentan ser devorados por una manada de cabras que bajan de la montaña, justo en el lugar donde lo urbano se entremezcla con lo rural de una forma casi macondiana. “En seis meses puede recoger su cosecha y es tiempo de sembrarla porque estamos en cuarto menguante”, insiste el conocedor de la ‘madre de todos los granos’, del ‘grano de oro’, que es lo que significa esta planta para los muiscas. Don Aníbal le intercambia las semillas por un paquete de harina tostada que él mismo ha producido en su huerta, mientras intenta espantar a los caprinos lanzándoles piedras y ordenándole a su perro, en vano, que por lo menos les ladre.
“Desde hace seis meses estamos haciendo un proyecto de huertas comunitarias y caseras, que por un lado impulsa a las personas a sembrar en sus terrazas o en sus lotes semillas 100% limpias, sin colorantes, químicos ni preservativos. Y por el otro, nos ha permitido tener un vivero, donde tenemos además de lombricultivos, un banco de semillas de espinaca, remolacha, acelga, alverja, aromáticas, cilantro, ajo, papa, etc. para esa misma comunidad, y para surtir una finca donde estamos practicando la bioseguridad alimentaria y la agricultura urbana”, explica Ricardo, un sociólogo de contextura delgada pero de sonrisa bonachona, quien lleva más de 20 años en el sector y se precia de haber sido el iniciador de uno de los proyectos de educación popular más sostenibles, en uno de los sectores más deprimidos de Bogotá.
Un modelo ‘sui generis’
Enseñarle a sus vecinos a autoabastecerse de alimentos sanos y hasta a utilizar los desechos de la cocina como abono, es solo uno de los proyectos que Ricardo ha logrado ‘exportar’ a la comunidad.
La cuna donde los ha puesto inicialmente en marcha y a la que le ha dedicado cuatro lustros de su vida es el Instituto Cerros del Sur: una inmensa edificación de paredes azul claro que se divisa incólume desde los paraderos de buses que van entrando a Jerusalén. Es un colegio de puertas abiertas en todo el sentido de la palabra, pues allí no hay rejas ni celadores exigiendo carnet a la entrada, nadie usa uniforme y mucho menos es castigado por no atender al pie de la letra, manual de convivencia alguno.
“Nosotros aquí no buscamos uniformar a nadie ni de ropa, ni de pensamiento, Si quiere traer el cabello largo o aretes, esos no son criterios para recibirlos o descalificarlos. Queremos darles otra visión de la realidad, que los muchachos sepan ubicarse en su mundo políticamente, que sepan para donde van y que así mismo gestionen y presionen por las necesidades de su barrio”, sostiene Fernando Pinilla, uno de los fundadores junto a Ricardo, de un modelo ‘sui generis’ que se gestó en el año 83, época en la que hubo una gran oleada de desplazamiento en el sector y fue esa población adulta la primera beneficiada en una jornada nocturna.
Por esa época el colegio se convirtió en un centro de desarrollo comunitario porque no existían otras instituciones; no había servicios públicos ni vías de acceso, las casas eran de cartón y algunas prefabricadas y hasta los docentes tenían que llegar en burro o a pie. Algunos vivían en el colegio y se levantaban con las gallinas a las 5:30 de la mañana, a bañarse con agua helada en el patio. “Hacíamos vaca hasta para los bluyínes”, recuerda entre risas Pinilla, aunque tal situación no les minó las ganas de gestionar y gestionar recursos que les permitieron dotar de servicios al barrio, y hacer algunos mejoramientos de viviendas.
Aunque las que viven hoy no son épocas boyantes, han dado pasos agigantados para pasar de ese salón en el que se metían 400 alumnos a recibir todos los saberes sin distingo, a tener un espacio de cerca de 8.000 m2 que tiene un comedor comunal (que reparte 1750 desayunos, refrigerios y almuerzos diarios), sala de sistemas dotada con 42 computadores con internet, aulas para teatro, danza y artes plásticas, gimnasio, consultorio médico (donde atiende un cubano) y por supuesto las huertas en las que empezaron el ejercicio de bioseguridad, que se fue reproduciendo en las casas de vecinos como Don Aníbal.
De hecho son 1.100 los alumnos actualmente, 65 los docentes, 32 las promociones de bachillerato, y tres las jornadas que atienden de grado 0 a 11. También tienen un espacio para la educación especial en un colegio privado sin ánimo de lucro.
”Este modelo ha sido difícil de explicarle hasta a los papás porque ellos tienen el concepto de que los buenos profesores eran los que amarraban al niño o le quemaban la lengua. A veces se quedan observando las clases y como nosotros ante las faltas no los castigamos, sino les hablamos, no falta el papá que entra a pegarle a su hijo (...) Pero es que nuestro concepto de disciplina es otro y la relación es horizontal”, añade Pinilla.
Esa lucha también se ha extendido a organismos como la Secretaría de Educación, que lentamente ha ido avalando un proceso en el que el cuento de las competencias y los porcentajes mínimos de alumnos que deben pasar por clase, se ha borrado de tajo.
Una realidad violenta
“El proceso también ha sido duro porque nos han macartizado. Nos han dicho guerrilleros y hasta paras, hubo un tiempo en que los llamados ‘cobras’ nos allanaban el colegio e incluso a un compañero que trabajó en esto, Evaristo Bernate, lo asesinaron hace 10 años porque peleó de frente por los lotes que eran de la comunidad, desenmascaró las mafias que cobraban los servicios públicos e hizo un trabajo comunal muy juicioso”, acota por su parte Weimar Ramírez, otro de los docentes que rememora los tiempos en que cobraban una pensión de $200. Hoy cuesta $5.000.
No obstante, los escenarios de violencia actuales no distan mucho del pasado, pues la delincuencia común y los actores armados ilegales siguen pasando por la mayoría de los barrios de Ciudad Bolívar, dejando su estela de desapariciones y muertes, al punto que el año pasado fueron asesinados en el sector 250 estudiantes y líderes juveniles. “La guerra ya no es entre vecinos y desplazados”, apunta Ricardo, quien está convencido de que si bien ellos no tienen la panacea para acabar con la violencia, han sacado a muchos chicos de esos caminos a través de espacios culturales y deportivos.
El instituto busca además abrirles un camino de esperanza al terminar bachillerato, y por ello han hecho convenios para becar a los mejores estudiantes con Universidades como la Distrital, los Andes, la Pedagógica, la Autónoma y entidades como el SENA. El compromiso es que al terminar su formación, reviertan sus conocimientos en la comunidad.
“Hay docentes que se han cansado porque no aguantan este concepto de educación con libertad y los problemas con los alumnos, no faltan. Pero hay otros que han salido de aquí, han hecho su carrera y han vuelto a dictar cátedra voluntariamente. Hoy hay psicólogos que son coordinadores de cuadra”, argumenta Ramírez con el bullicio de los alumnos que toman su clase de baloncesto, como telón de fondo.
Campeones
Uno de los buenos hijos que regresó a casa fue Giovanni Castro, quien se dedicó a cultivar un semillero de atletas, de los que con orgullo hoy se destaca el nombre de Ingrid Hernández pegado en las paredes de los salones. Su proeza: Haber obtenido una marca nacional en los 10 kilómetros de marcha atlética, con un tiempo de 49’44’’ y luego haber sido campeona suramericana en esta disciplina.
“El proceso que hizo Giovanni con nuestros atletas fue increíble porque no había espacios de recreación. Él comenzó a entrenarlos por los lados del palo del ahorcado (un lugar enclavado en la montaña), salían a las 4:30 a.m. a trotar, a hacer fondos, semifondos, con tenis por supuesto nada aptos. Los muchachos que hacían marcha tenían que soportar el sabotaje de los que le decían afeminados; en fin, se fue subiendo de nivel y ya en los intercolegiados de 1997 nos fue muy bien y despegamos”, asegura el docente Héctor Gutiérrez quien acompañó a Giovanni en esta tarea.
Lentamente fueron saliendo de esas lomas escarpadas y los mejores lograron tener cupo en los Centros de Perfeccionamiento Deportivo (CPD), donde reciben atención medica y refrigerios y tienen a su disposición reales pistas atléticas. En la actualidad cerca de 80 deportistas entrenan en el Parque El Tunal, y por lo menos diez ya hacen parte de estos CPD.
“En el 2003 obtuvimos el subcampeonato suramericano en México con Gina Meneses, ocupamos un tercer puesto en el maratón de Bogotá con Efraín Martínez, a pesar de que era asmático, y el fin de semana pasado en Pasto hicimos presencia con cuatro deportistas que esperamos vayan al suramericano de Bolivia (...) Aunque conseguir los viáticos a veces es una lucha, siempre los ayudamos como sea”, puntualiza Gutiérrez.
Con ese mismo tesón con el que han construido este difícil camino, ahora todos los docentes sueñan con completar el ciclo: quieren organizar una Universidad Popular en este rincón de Potosí, del que lo poco que se registra son noticias desalentadoras. No sería raro que pudieran hacerla realidad.
Las madres comunitarias
Los más pequeños no podían quedarse por fuera de este gran colegio y por eso existen tres jardines infantiles para 143 niños de dos años en adelante atendidos por 11 madres comunitarias agrupadas en ASODENFA (Asociación de Defensa de los Niños y la Familia). Una de las pioneras en este trabajo, Luz Dary Ayala que tiene a cargo el jardín que lleva el nombre de la asociación, sostiene que ella y otras tres mujeres, gestaron el primer proceso de este tipo en el Barrio Jerusalén.
“Cuando yo comencé en el 83 no había atención para niños en edad escolar, recibíamos $200 por niño y nos tocaba mudarnos cada rato, pedir comidas en las plazas de mercado, pagar servicios caros... Hasta que con ayudas de varias organizaciones y hasta rifas nos ubicamos en este lugar, aunque de manera muy hacinada”, sostiene al referirse a un espacio que hoy cuenta con tres salones, una cocina, un baño y una modesta zona verde en la que hay juegos recreativos para los infantes.
Cuatro años después de ese inicio llegaron al sector los hogares del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el apoyo se extendió a cuatro rubros: alimentación, material didáctico, dotación para el lugar y un auxilio para las madres comunitarias que en la actualidad es de $170.000. “No obstante no tenemos seguridad social, y no es posible pensionarnos de esto”, añade Luz Dary aunque aclara que eso no extenúa su compromiso. “Yo no vengo a dar clase e irme. Uno vive muchas cosas con esta comunidad y estos niños”.
Es así como ha conocido varios casos de maltrato y violencia sexual, pero antes que hacer juicios prefiere invitar una y otra vez a los padres a los tres talleres que sobre el tema se hacen en el año. “Aquí las ayudas son solo educativas, no económicas porque no hay recursos. Queremos que los papitos entiendan su situación y la del país y que los niños que salgan de aquí sean más despiertos y críticos, y que no vayan a escuelas donde les limiten su forma de pensar”.
Por ahora, mientras se enfrentan a ese mundo, ella los acompaña diariamente de 8:00 a.m. a 4:00 p.m., lapso en el que los niños reciben dos refrigerios y un almuerzo, donde los principales alimentos son la colada y la bienestarina. Están esperando la primera cosecha de la tan mentada quinua, que intenta florecer en la huerta que hace parte de este Jardín, para por fin cambiarles la dieta.
“Después de que fuimos capacitadas en bioseguridad, las madres montamos una cooperativa llamada ‘Delicias del Sur’ en la que estamos produciendo galletas, pan, mantecadas y otros alimentos hechos a partir de quinua. La idea es poder prepararlos para eventos”, puntualiza Luz Dary.
* Este artículo fue originalmente publicado en Noticias Aliadas el 31 de mayo de 2006. Sin embargo una reciente visita al sector me permitió rescatarlo y actualizarlo.




