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“Quiero sacar a mi hijo del monte”

Domingo, 02-17-2008, 7:24:34 pm

‘Verónica’ y ‘Juliet’, dos guerrilleras que se entregaron en el Sur de Bolívar a tropas del Ejército con el ánimo de reinsertarse, cuentan en este reportaje cómo es la vida de la mujer en las filas de las Farc. Una de ellas tuvo un hijo, que le fue arrebatado por el comandante. Hoy no sabe nada de él.
 
Cuando ya entraba al cuarto mes de gestación, Juliet dijo: no más. Se rehusó a seguir tomando las dosis diarias de las pastillas Cytotec que sus comandantes le obligaban a ingerir para provocarse un aborto. Ya llevaba 28 píldoras.
“En la guerrilla si usted queda embarazada tiene que abortar y si usted elige tener el bebé, termina recibiendo sanciones muy drásticas”, cuenta la mujer que hace 16 meses fue madre, pese a las múltiples amenazas y advertencias de sus superiores.
Después de estar tomando el medicamento sin los efectos esperados, decidió suspenderlo por temor a causarle malformaciones al bebé.
“Ya las pastas no me hacían efecto. Primero pensaron que seguro no estaba embarazada y me trajeron la prueba. Eso lo confirmó. Entonces me dejaron tenerlo pero no por eso me quitaron todas las obligaciones que tenía en la compañía”, relata.
Juliet, quien responde así a su nombre de batalla, es una morena nacida en el departamento de Sucre, que pasó sus últimos siete años en las Farc. De su tierra natal costeña la trasladaron a hacer parte de Bloque Magdalena Medio y finalmente a conformar la compañía ‘Gerardo Guevara’ que opera en el Sur de Bolívar y de la que se fugó recientemente.
Entró como muchos, convencida de una mejor vida, de un salario suficiente y un trabajo fijo. Dejó atrás las tardes de trabajos domésticos en casas de familia que venían ocupando su tiempo desde que culminó la primaria a los 11 años. 
La teoría de la guerrilla para reclutarla le decía que podría visitar a su familia cuando quisiera y que además “haría muchos amigos”. 
Obviamente la vida y la realidad le enseñaron que “una cosa es lo que uno piensa y otra cosa es lo que es allá en el monte. Uno se estrella porque le oprimen la libertad”, dice Juliet, de 26 años, dando los primeros pasos para su reinserción a la vida civil.
 
Días embarazosos
Los días más difíciles de los casi 3.000 que pasó en las filas de esa organización subversiva, fueron definitivamente los de su embarazo.
Con su prominente barriga seguía repartiendo azadón y escondiéndose entre el monte sin que sus más inmediatos compañeros, los de lucha, tuvieran condescendencia con su estado. Cargaba gruesos palos de madera y cavaba trincheras de hasta siete metros. Seguía prestando guardia y sus tareas de higiene diarias, debía realizarlas en una pileta común, en la que hombres y mujeres compartían su desnudez.
“Muchas tareas eran difíciles por la barriga, pero nadie me hacía caso. Yo les hablaba a los comandantes cuando me sentía muy cansada, pero así eran las reglas. A veces había que cocinar para todos y a uno le daba miedo que en esas tareas se le saliera el pelado”.
En el monte, por obvias razones, no hay controles médicos, no hay ecografías ni cursos profilácticos. Menos aún una dieta sana.
El estado de gravidez es un pecado, casi mortal, que los guerrilleros de las Farc intentan controlar con inyecciones de mesigina e implantes subdérmicos conocidos popularmente como Norplant.
Estas pequeñas cápsulas, delgadas y flexibles, que se insertan justo por debajo de la piel en la parte superior del brazo de la mujer, eran las más pedidas y las más escasas, no sólo por su precio, sino por su durabilidad (hasta cinco años de anticoncepción). Cuando Juliet las solicitó, ya no había. Es más, ya un feto se estaba formando en su interior.
“A algunas mujeres no les funcionaban esos métodos (...) Allí había una guerrillera que ya iba por su cuarto embarazo y la habían hecho abortar tres veces. De manera que esta vez se lo dejaron tener porque era un peligro que le pasara algo si tomaba más pastillas”.
Al cumplir siete meses y medio, a Juliet la sacaron del campamento y la llevaron a una casa civil, en donde la dueña ofició como su partera. Esta vez las contracciones eran un dolor diferente al que tenía en su espalda, cansada de cargar leña. Fue niño.     
“Como a los 15 días mi bebé se enfermó de los ojos. Salí al pueblo a buscar gotas y traté de ubicar a alguien con quien pudiera dejarlo, pero nadie quiso recibírmelo. No me podía volar porque estaba vigilada y uno no sabe quien lo sapee (...) Me dejaron pasar los tres meses de dieta y me hicieron regresar”.
Juliet tuvo que volver a la compañía, esta vez con su bebé en brazos. Esa larga caminata culminó con un adiós a su hijo. “Me tocó entregarlo, me dijeron que no había plata para tenerlo ahí y me humillaron mucho por no haberme cuidado”.
Sólo hasta diciembre del año pasado, lo volvió a ver en un campamento de Puerto López, cerca de Santa Rosa. Lo encontró desnutrido y ojeroso.
Guardaba la esperanza de que lo hubiesen entregado a alguna familia que le pudiera dar lo que ella no tuvo y enseñarle que “el dinero fácil no existe y que uno tiene que pensar con la cabeza antes de irse a aventurar”.
Pero se encontró con que aún lo tenían creciendo en medio del fragor de la guerra. Esa fue la última vez que lo vio.
“Yo ya expuse el tema aquí y confío en que las fuerzas militares y la Cruz Roja me ayuden a sacarlo. En la selva no hay vida”, dice convencida.
 
Los consejos de guerra
Con esa consigna, hace dos meses Juliet y otros cuatro guerrilleros que responden a los alias de Diego, Gilberto, Camilo y Verónica, comenzaron a planear la fuga.
Entre ellos la confianza surgió a pesar del miedo que generan los castigos por deslealtad, por traición a la lucha subversiva, por consumo de drogas y por cobardía, que es lo mismo que negarse a ir al frente de batalla.
Ninguno de ellos quería verse inmerso en un consejo de guerra y menos votar por el fusilamiento de un compañero. Pero ya era hora de irse y por eso Verónica, la otra mujer que con Juliet completaba las doce guerrilleras que ponían la cuota femenina en la compañía, hizo parte del plan.
“Nosotras nos conocimos hace 10 meses en un campamento en la zona de Guaneco, en límites de Bolívar y Antioquia. Los novios de ambas (con quienes se fugaron) eran también muy amigos y ya habíamos dicho que en cualquier oportunidad lo haríamos, a la de Dios”, cuenta Verónica, dueña de 23 años, quien entró a las Farc a comienzos de 2003.
“En ese entonces me hablaban de plata, y cuando cumplí el mes, fui dizque a cobrar mi sueldo y me dijeron que no se pagaba nada. Pedí la alta y no me la dieron, nunca más vi a mi familia”.
A Verónica se la llevaron de la vereda Canelos también del municipio Santa Rosa. Allí se la pasaba raspando coca y de vez en cuando veía a unos hombres de camuflado golpeando en las puertas de las casas y hablando de la buena vida. Así reclutaban.
“Cuando ve llegar las nuevas reclutas, uno quisiera decirles cómo son realmente las cosas, pero no se puede advertir nada, es mejor quedarse callado porque hay mucho sapo y los castigos son muy drásticos”, reitera Juliet.
La mujer en la guerrilla es un hombre más. No hay un trato diferente ni especial, pero tampoco es cierto, según ellas, que haya obligaciones de cumplirle favores sexuales a los comandantes.
“El comandante sí era muy perro y sí nos coqueteaba pero la que le quisiera hacer caso era por voluntad y si no, a nadie obligaban. Por lo menos así era en este campamento, yo nunca supe de eso”, acota Verónica e insiste que el miedo para hombres y mujeres por igual, eran los consabidos consejos de guerra. 
“Es que allí le leen la hoja de vida por los errores que ha cometido y de acuerdo con ellos lo sancionan. Lo peor es la muerte pero la mayoría votamos para que no maten al compañero”, añade Verónica. 
Los castigos van desde hacer guardia cuatro horas, cargar agua, hacer trincheras y ‘boliar rula’ (cargar leña), hasta otros más ‘académicos’ que implican dar charlas de hasta 30 minutos a todo el colectivo de guerrilleros sobre las lecturas que les imponen.
“Así nos evalúan los conocimientos que tenemos sobre Marx, Lennin, el programa agrario de las Farc y el Partido Comunista Clandestino”, precisa Verónica, quien prefería hacer caso a todos los mandatos “porque no vale la pena perder la vida por una orden”.
Para ella ya había sido suficiente el padecer de leshmaniasis y ver a sus compañeros en la misma situación, peleándose por las restringidas dosis de Glucatina, la ampolla que cura esa enfermedad. “Había unos gravísimos, incluso uno perdió una oreja”, recuerda.
Hoy solo le quedan unas cicatrices en sus brazos que dan cuenta de que terminó paliando ese mal a punta de yerbas, mientras otros guerrilleros morían de paludismo ante sus ojos. 
       
La fuga
“Por fortuna no participé en muchos combates y sólo andaba con una pistola porque la ‘Gerardo Guevara’ era ante todo una compañía de orden público en proyecto de ser frente, que manejaba la parte financiera y permanecía hasta dos meses en un sitio. Era poco combate y sin embargo, vi muchos muertos”, comenta Verónica.
Juliet, ya más curtida, sí participó en una emboscada y en unos “asaltos que nos hizo el Ejército, en los que habían bajas de lado y lado”.
Ambas radioperadoras recibían los partes de guerra por ese medio y en no pocas ocasiones conocían también los asaltos del Eln. “Por lo regular coordinábamos los trabajos con esa guerrilla”, anota Verónica.
Fue precisamente ese aparato su boleto de salvación, pues a escondidas sintonizaban la emisora del Ejército, a través de la cual los mensajes de ‘vuélese’ comenzaron a surtir efecto.
“Los comandantes nos metían miedo porque decían que si nosotros desertábamos, el Ejército nos sacaba información hasta que quisiera y luego nos mataban (...) Pero nos daba más miedo encontrarnos en el camino con alguno de la guerrilla o un para, esos sí nos mataban”, subraya Juliet.
Y llegó la oportunidad. Una misión para reforzar el frente cuarto de las Farc, les dio la suerte de salir con los dos comandantes de escuadra, Gilberto y Camilo, a quienes por su jerarquía los mandos superiores les tenían mucha confianza, sin saber que ya habían planeado una fuga.
Los enviaron sin armas con la promesa de que en el nuevo campamento los dotarían y con dos kilos de coca de regalo para el nuevo comandante. Esta mercancía se convirtió en dinero, luego hecho ropa y víveres.
Caminaron durante dos días y medio, al término de los cuales encontraron una casa inhóspita en Minafortuna, también en jurisdicción de Santa Rosa. Luego se movieron a Minawalter y de allí, ya vestidos de civil, llegaron a Puerto Cañaveral en Canelos, donde un sobrino de Juliet que había prestado servicio, los llevó al batallón. 
“El Capitán nos recibió muy agradecido y ahora esperamos poder estudiar o trabajar. Por ejemplo en mi caso me gustaría en un supermercado o algo que me dé para subsistir. (...) Ojalá los compañeros que quedaron allá también se arriesguen y se vuelen, porque la vida está acá”, apunta Verónica.
Juliet piensa igual, sólo que ella tiene una petición más especial. “Quiero encontrar a mi hijo, quiero que me ayuden a sacarlo del monte”.

Comentarios

Ixia dice ...
Wao. Qué brutal historia. Terrible y a la vez humana. Ojalá estas mujeres encuentren una salida a su situación y puedan criar a sus hijos en un ambiente pacífico. Nadie debería pasar por esto.

Veronica dice ...
Tu escribe muy bien. La historia es muy triste, las familias deben permanecer juntas. Una mujer cuando tiene hijos los quiere mucho y tambiem quierem que su familia permaneza unida. Tu me hiciste pensar en estas mujeres que son amantes de hombres casados y destroyen las familias y siguem viviendo como se nada se passara. Pero yo tengo la certeza que Dios cuida de todas las personas buenas y seguro que cuidará del hijo de Juliet y el castigo para los malfeitores de ella vira, assim como las amantes que destroyen las familias reciben su castigo.

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