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Así se le escaparon al Eln

Lunes, 02-11-2008, 1:05:30 pm

Crónica de la fuga de un guerrillero y un secuestrado.
Después de 16 meses de secuestro y sólo 24 horas antes de la cita que su familia tenía con la guerrilla para pagar su millonario rescate, un joven de 25 años logró fugársele a sus captores del Eln, con una ayuda inesperada: la de un subversivo. Ésta es su historia.
 
        Dos hombres llegaron agitados a una estación de Policía en el Departamento de Arauca. Después de siete horas de camino, su estado era imaginable: sus harapos sucios y llagas en las piernas. Pero sus rostros estaban llenos de esperanza.
        Acababan de dejar las entrañas del frente Domingo Laín del Eln, en el que uno de ellos, Darío*, había pasado los últimos 16 meses en calidad de secuestrado, mientras el otro, Iván*, ya sumaba seis años portando el AK47 que le daba el sello de guerrillero, peleando una guerra en la que no creía.
        Ambos se vieron apenas dos veces en el monte, en lugares a los que mental y topográficamente, les sería imposible regresar. Pero bastaron esas ocasiones, para transmitirse tácitamente su deseo de volver a la civilidad.
        “Yo estaba peleando con mi mujer y estaba muy envenenado. Me quería alejar de ella y me metí a la guerrilla. En ese entonces decían que era buena, que me iban a ayudar con el estudio y la familia. Nunca fue así”, sostiene Iván, de 22 años, quien sufrió la mayor decepción de esa falsa idea, precisamente 25 días antes de fugarse, al enterarse que esos mismos hombres con quienes dormía y comía, habían asesinado a su padre y dos hermanos. 
        “Todos en mi familia vivíamos de jornalear en fincas de Arauca, pero yo un día me les perdí en la vereda las Malvinas, de Tame y me enrolé”.
        Desde entonces comenzaron las noches de dormida en carpas de caucho y los turnos para ranchar (cocinar) dos veces por semana.
        También las súbitas salidas de los campamentos a altas horas de la madrugada, cuando una amenaza de la presencia del Ejército, hacía que la seguridad desapareciera y las caras se perdieran de trasegar en trasegar: los mandos y los compañeros eran distintos con frecuencia.
        “Yo los amigos que tuve los perdí en combate. Yo peleé cinco veces contra las Autodefensas y el Ejército y ahí cayeron. Uno se acuerda de eso y le duele, porque hubiera querido salvarlos. Pero le tocaba seguir corriendo para vivir (...) A mí nunca me hirieron pero ver a los demás era doloroso”.
        Tras cuatro años de lucha, Iván tuvo la oportunidad de moverse a unos kilómetros de su campamento y verse con la mujer que lo había hecho abocarse a ese mundo.
        Las asperezas se limaron a tal punto que de ese encuentro, ella quedó embarazada.
        “Apenas hace tres meses supe que era papá. Estaba muy sorprendido. Mi hija ya tiene dos años y yo no tuve la oportunidad de darle el apellido, eso me hizo arrepentirme mucho”.
        También le hizo despertar una gran sensibilidad sobre un tema que marcó la primera conversación que tuvo con Darío: la familia y las ansias de volver a verla.
 
Profunda selva
        A Darío se lo llevaron dopado, en una camioneta de la que no conoció más que el ruido del motor y con sus ojos vendados.
        Tras incontables horas de camino, cuando le dejaron ver la luz de nuevo, una indescriptible sed lo atacaba, y solo atinó a pedirle agua a sus nuevos guardianes: cuatro hombres vestidos de civil, que usaban pasamontañas y cargaban un fusil Galil.
        “Somos del Eln”, le dijeron. Sin preámbulos ni rodeos, también le contaron que el suyo era un secuestro económico.
        Las dos noticias inmediatas las recibió en un sitio donde mirando hacia los cuatro puntos cardinales, no había más que la selva profunda de Santander.
        En ese lugar le construyeron su artesanal cama hecha a partir de cuatro palos cruzados, una colchoneta y un toldillo. También allí comenzó a recibir su exclusivo y repetitivo menú: Arroz, huevo y menudencias, que a veces alternaban con una especie de fritas llamadas ‘cancherinas’.
        “A mi me despojaron de las cosas que traía, celular, beeper y dinero, pero pronto me trajeron ropa y útiles de aseo nuevos (...) Con esta gente duré tres meses, hasta que me vendieron a otro frente”.
        Se lo llevaron para Arauca. Duro 25 días de camino. En el nuevo campamento el desfile de guerrilleros ya no pretendía el escondite: todos lucían el brazalete del Eln, su camuflado verde oliva con el respectivo chaleco donde portaban las municiones, y, por supuesto, armas de todo tipo, M-60, AK-47, fusiles galil y fal.
        Según fuentes del Ejército, en esa zona roja operan los frentes 10 y 45 de las Farc, el Domingo Laín Saenz y la Comisión Ernesto Ché Guevara del Eln, así como el Bloque vencedores de Arauca de las Autodefensas.  
        “Es un sector estratégico porque es un corredor de movilidad entre Arauca, Casanare, Boyacá y Santander. Sabemos que se presentan muchas extorsiones porque es un frente débil económicamente, pero no hay muchas denuncias. (...) A algunos secuestrados se los llevan para Venezuela”, explica una fuente castrense.
        Por fortuna, Darío no corrió con esa suerte pero el lugar donde estaba plagiado, sí se encontraba bastante alejado del casco urbano.
        Así lo concluía tras observar que los guerrilleros tardaban hasta tres días en volver, cuando iban por las remesas y alimentos.
        En épocas de escasez, Darío tuvo que comer ratón, fara, armadillo, pajuil y hasta carne cruda con azúcar.
        “Allí había mucho menor de edad, y uno detectaba en ellos esa mentalidad de guerrero, eran los que más se creían el discurso de que luchan porque el Estado se roba el petróleo para vendérselo a las multinacionales”, recuerda el joven, a quien no lo obligaban a participar en las charlas políticas, pero a veces le compartían sus conceptos.
        “A los ocho días me presentaron al mando de la zona y él me cogió entre ojos porque decía que yo le gustaba a la mujer de él. Me gané muy malos tratos por eso (...) Me ponían a dormir en el piso después de que los mandos medios me habían dado mi propio cambuche. Había rivalidad entre ellos por su trato hacia mí”.
        Darío se fue acostumbrando a las reglas que tuvo que soportar durante su secuestro. Sabía con quién las podía romper y con quién no. Pero lo que no le quitaba el miedo permanente era la inminencia de algún combate.
        El día que más vulnerable se sintió fue precisamente cuando un helicóptero del Ejército estaba bombardeando la zona, mientras él ingenuamente pensaba que la aeronave estaba fallando. Comenzó a hacer señas pidiendo que pararan porque allí había un civil.
        “Rápido me atrincheraron porque a mí sí me cuidaban de la muerte. Decían: “si le pasa algo se nos pierde la platica”.
 
La familia
        Durante su cautiverio, hubo algo que lo mantuvo vivo y por lo menos nunca le prohibieron: escuchar los mensajes de sus familiares cada sábado a través del programa ‘Voces del Secuestro’.
        Pese a que sus captores le daban ocasionales noticias sobre los fracasos de la negociación, argumentando que su familia se había olvidado de él y no quería pagar el multimillonario rescate, prender uno de los tres radios que tenía le devolvía la tranquilidad. Incluso algunos guerrilleros se sentaban a escucharlo con él.
        “Yo me gané la confianza de muchos de ellos, y a los tres meses ya no me mantenían amarrado. Hablábamos mucho en las noches. A veces les ayudaba a cargar cosas porque a ellos los trataban mal los mandos altos, y uno también tiene corazón. Ahí se da cuenta que para ellos también es duro, por eso es que hay tantas deserciones (...)”, asevera.
        En una de esas conversaciones, que no pocas veces estaban acompañadas de guarapo y hasta de una extraña droga que llamaban ‘chinú’, una mezcla de melaza, ají, ceniza de leña y coca, conoció la historia de un guerrillero que le había robado una pentonita a las Farc y se refugió en el Eln para cuidar su vida.
        Él contaba los días para cumplir los cinco años que esta guerrilla impone de servicio a sus combatientes, pues según conoció Darío, ellos no reclutan y cumplido ese lustro, los subversivos que lo deseen pueden abandonar la guerra. Éste ansiaba irse.
        “Yo sí le comenté que yo no aguantaba más de diciembre. Que yo me iba a volar, que si se animaba”.
        No hubo respuesta. Y aunque ese comentario se pasó por alto, Darío cometió un error más adelante. El desespero de no saber de su familia durante seis meses, lo llevó a ofrecerle dinero a sus inmediatos vigilantes para que lo ayudaran a escapar.
        Ellos lo delataron sin contemplaciones y entonces volvieron las cadenas por tres meses más.
        “Luego en uno de esos cambios de campamento conocí a Iván y tuvimos una conversación similar sobre las familias. Yo le dije que tenía una niña que había dejado de ocho meses y quería volver a verla. Él también quería ver a la suya”.            
 
Boleta de libertad
        “La primera vez que lo ví entramos en confianza. Yo sabía que en ese grupo venía un secuestrado y hablamos como media hora. (...) Yo le comenté que me quería ir. Desde el primer momento que supe que ellos habían matado a mi papá, en dos oportunidades me intenté volar pero me agarraron en el camino y me sancionaron con 15 días de rula, (machete) 15 días de charla (instrucción política) y 15 días de rancho (cocina)”, sostiene Iván.
        Darío le dio el número de teléfono para que contactara a su familia, pero Iván le pidió paciencia.
        A las tres semanas regresó al campamento a verlo y desde las 9:00 a.m. comenzaron a ingerir licor todos juntos, incluidos los guardias del secuestrado. A ellos el alcohol sí les hizo mella y quedaron profundamente dormidos.
        “Yo estaba sano. Eran las 6:00 p.m. y en cuestión de cinco minutos yo le dije: vámonos porque a usted lo van a matar. Un amigo del mando me contó que así la familia pagara se lo bajaban y luego iban por un hermano de él. Yo tengo un corazón muy blando y a mí me dio lástima esa situación (...) Yo no quería plata, sólo quería sacarlo a la libertad”, acota Iván.
        Darío le hizo caso y a la 1:00 a.m. después de arrastrarse por parajes oscuros, montes y ríos, después de haber sufrido un par de calambres, pero siempre bajo la guía del guerrillero que sabía en qué veredas había tropa y en cuáles no, recuperaron la libertad.
        El gesto del hombre que hoy adelanta el proceso para incorporarse al programa de reinserción del Gobierno Nacional, fue recompensado por Darío con una suma simbólica, que no obstante promete convertirse en una ayuda laboral y una amistad perdurable. Eso, mientras la distancia lo permita, porque esta vivencia hoy no le deja otra opción a Darío, que irse del país. 
 
* Nombres cambiados por petición de las fuentes
 
‘Frentes débiles’
       “Su deseo por crecer estructuralmente los hizo crear frentes débiles, de solo nombre, que a veces no superan los siete hombres. (...) Hay estructuras como el caso del Frente Urbano Resistencia Yariguíes ‘Fury’, de las que no queda nada”., asegura una fuente de inteligencia militar del Ejército.
       A pesar de su marcada reducción en el protagonismo armado, en la región de Santander todavía actúan los frentes Efraín Pabón Pabón, Guillermo Antonio Vázquez Bernal, Claudia Isabel Escobar Jerez, Capitán Parmenio y los Frentes Urbanos Resistencia Yariguíes, Manuel Gustavo Chacón y Diego Cristóbal Uribe Escobar, así como las compañías Cuatro de Septiembre, y Comunera.
       “Sus miembros en armas tienen un grupo aproximado de 95 guerrilleros y considerando la extensión territorial del departamento, son grupos pequeños y diezmados en su capacidad armada, dedicados más a la ejecución de actividades relacionadas con la extorsión y el secuestro”, observa la fuente.
 
Extorsión y secuestro
       Según diversas fuentes, la extorsión a los contratistas de los 780 kilómetros del oleoducto, le proporcionó al Eln en su época de bonanza, alrededor de 50 millones de dólares. Hoy, ese ‘negocio’ ha sido monopolizado por las Farc.
        En la actualidad, su fuente de financiación sigue siendo el secuestro, pese a que las cifras se han reducido de manera importante: Dice la Vicepresidencia que de un pico en el año 2001 de 929 secuestros anuales, pasaron a 796 en 2002, 347 en 2003, 134 en 2004, y a 35 a junio de 2005. En la actualidad se estima en su poder 550 secuestrados. Esta disminución le habría provocado a la organización, un déficit en sus finanzas de más de US$300 millones.
        Lo paradójico, es que Santander figura como el departamento más perjudicado por este flagelo con autoría de ese grupo, aunque las autoridades locales insisten en que actualmente no hay secuestrados.
        “Una cosa es que la gente no denuncie, porque prefiera empezar a negociar sin que la autoridad se lo impida o por el mismo temor a un rescate, y otra es que no haya plagiados. Santander no es totalmente seguro en ese aspecto”, asegura Gustavo Muñoz, presidente de la Fundación Nueva Esperanza para Secuestrados, organización que tiene un registro de 62 cautivos actualmente en la región, 29 de ellos en poder del Eln.
        “Yo nunca estuve en mi campamento con un secuestrado, porque no me tocó. Pero sé por compañeros que ahora las negociaciones son más rápidas, no los tienen tanto tiempo porque el Ejército los persigue y se pierde esa platica. Los transan por menos plata que antes, pero se corren menos riesgos”, anota un reinsertado.
 

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