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Hacer o mantener la paz: Las intervenciones en el “tercer mundo”

Sábado, 11-17-2007, 2:56:30 pm

El mundo del siglo XXI hubiera querido que Immanuel Kant fuese un visionario en el lejano 1795 al hablar desde el idealismo de una paz perpetua como la causa más noble de la guerra.[1] Un objetivo solo alcanzado por aquellos Estados que establecieran una constitución republicana, con libertad e igualdad para los ciudadanos, respeto al Derecho cosmopolita y de Gentes[2] y hospitalidad universal. El filósofo defendió entonces la necesidad de una federación de Estados libres donde primara el principio de no intervención, sin imaginar quizá que vendrían dos guerras mundiales, y una constante amenaza de una tercera que parece no haber acabado con el fin de la guerra fría gracias a  la perpetuidad de la disuasión nuclear[3].
            El anhelo por la paz atraviesa toda una historia de intentos fallidos y exitosos: armisticios y rendiciones durante la Segunda Guerra mundial, la caída del muro de Berlín, los acuerdos de paz en Centroamérica e incluso el acercamiento reciente de las dos Coreas. Buenas voluntades y logros que tienen su contrapeso en la aparición de nuevos conflictos con armas no convencionales, nuevos enemigos, nuevas coaliciones y relaciones de fuerzas, total irrespeto por las leyes del Derecho Internacional Humanitario y cada vez más civiles afectados por los 21 conflictos que según la ONU, existen en el mundo.
Precisamente la Carta de las Naciones Unidas de 1945 con el propósito que reza su artículo 1.1 de “mantener la paz y la seguridad internacionales” para que las generaciones venideras no sufrieran el flagelo de la guerra (algo que por supuesto la evidencia demuestra que no ha ocurrido y a juzgar por los intereses de los actores en los conflictos, no ocurrirá[4]), dio forma a las operaciones de mantenimiento de la paz, ante la ausencia de un real sistema de seguridad colectiva. Fue el mismo Consejo de Seguridad, enfrentado a situaciones sin salida por el tema del veto en crisis como la del Canal de Suez en 1956, el que autorizó por primera vez desplegar una misión de este tipo en el antiguo Congo belga en 1960.  
Estas operaciones fueron avaladas por La Corte Internacional de Justicia dos años después, condicionándolas a un “carácter pacífico, no coercitivo y al necesario consentimientodel Estado en cuyo territorio se despliegan”.[5]
No obstante el hecho de que no estuviesen explícitamente definidas en la Carta, hizo que su práctica se acomodara a la naturaleza de los múltiples conflictos que ha enfrentado, logrando una tenue diferenciación entre misiones preventivas o protectoras (Capítulo VI) y misiones coercitivas (Capítulo VII). Las guerras de hoy día ya no se circunscriben al ámbito interestatal sino también al intraestatal, producto de luchas religiosas, étnicas o políticas, y todas estas particularidades han obligado a que las funciones clásicas de mediación entre fuerzas militares enemigas se extiendan a otras como la protección de derechos fundamentales (casos Namibia, Somalia, Sahara Occidental, Bosnia y Herzegovina, Iraq, Camboya, Afganistán, Mozambique o Ruanda), el restablecimiento de estructuras institucionales (casos Camboya, Angola, Mozambique, El Salvador, Somalia, Kosovo, Bosnia y Herzegovina), el apoyo a la desmovilización de combatientes y destrucción de armas (El Salvador, Angola, Iraq y Mozambique,), y la asistencia a desarme de fuerzas paramilitares o subversivas (casos Somalia y Bosnia y Herzegovina). La coerción se ha llegado a usar en las denominadas operaciones de “segunda y tercera generación” aplicadas en los casos de los estados fallidos como sierra Leona, Liberia, Eritrea y Somalia. [6]
Todos los ejemplos mencionados dan cuenta de una escalada evidente de las operaciones de paz. En el periodo de 1948 -1987, la ONU tenía 13 operaciones en el mundo mientras que en 1988 el número alcanzó las 29 entre otras cosas por la Guerra fría y la acciones conjuntas de organismos regionales como la OEA y la OTAN. A octubre de 2007 se contabilizaban soldados de las fuerzas de paz en 17 operaciones en todo el mundo.
La vasta experiencia ha traído consecuentes éxitos y fracasos que han obligado a la ONU a replantear en dos ocasiones sus tareas en estas operaciones[7]. Importante y destacable el laboratorio de ayuda humanitaria en que se ha convertido África pero absolutamente desdeñable las actuaciones de las peace forces, en Bosnia y Herzegovina y Somalia, donde la fuerza armada intervino sin el consentimiento de las partes.  Esto sin mencionar las ocasiones en que los cascos azules han permanecido impávidos ante masacres como la sucedida en los Países Bajos durante la caída de Srebrenica o incapaces en la prevención del genocidio en Ruanda.
A todos estos lugares del llamado Tercer Mundo han llegado los delegados de la ONU para hacer la paz o mantener la paz, Peace Making vs. Peace Keeping: dos conceptos enclavados en el seno de esta necesidad mundial, que sin embargo difieren en sus prácticas por cuanto el primero puede ser pacífico y el segundo no. Un peace maker busca la paz a través de marchas y en un extremo la desobediencia civil, mientras un peace keeper puede portar armas e incluso estar involucrado con las fuerzas militares.[8] Los segundos juegan su rol en las sociedades postconflicto y buscan mantener el orden y la estabilidad alcanzadas a toda costa aún cuando ese orden sea injusto. Es aquí donde algunos autores critican el modelo de las Naciones Unidas.
“Hace falta incluir el concepto de State Building, sin el cual la democratización posguerra es una falacia. En Haití, Bosnia y Liberia se demostró la debilidad de las intervenciones liberales en la creencia de que la democracia echaría raíces sólo con las misiones de paz. Las Naciones Unidas han venido reflexionando tímidamente sobre la necesidad de fortalecer además de la seguridad, las instituciones públicas, de lo contrario los regímenes instalados en el poder en una era postconflicto, pueden continuar favoreciendo la corrupción y los intereses de las élites[9].
La globalización y la aparición en la escena internacional de múltiples polos de poder, ya no solo militares, sino delictivos y amenazantes, como el narcotráfico, el terrorismo y las mafias, plantea interrogantes claves sobre la eficacia única de las normas internacionales vs. el empleo de la fuerza para detener las guerras; y la viabilidad de las misiones de paz y las intervenciones humanitarias con recetas occidentales, vs. la necesidad de integrar los derechos humanos y soberanos de los pueblos a cualquier solución pacífica de controversias. Para fortalecer la reconciliación social de las sociedades, más que un peace maker o un peace keeper, se necesitaría sin duda y en consonancia con la tesis del profesor Call, un state builder, que con el concurso de organismos multilaterales, emergiera de las propias sociedades. Al fin y al cabo son los propios pueblos, quienes saben lo que necesitan.    
 
 


[1] Kant Immanuel, Sobre la paz perpetua / Presentación de Antonio Truyol y Serra ; traducción de Joaquín Abellán. Madrid : Alianza Editorial, [2002] 107 p.
[2] Hugo Grocio ya había usado este término en 1625 en su libro De Iure Belli ac pacis, el primer tratado sobre Derecho Internacional.
[3] Algunos de los bautizados por Estados Unidos como los países del “eje del mal”: Irán, Corea del Norte, Libia, Siria, sin duda desarrollan tecnología nuclear, aunque pregonan los fines pacíficos de tales acciones. Lo cierto es que mientras tanto otros países poderosos como Francia e Inglaterra conservan arsenales nucleares que hacen temer por una escalada del conflicto, agravada por el deseo de Estados Unidos de poner un escudo antimisiles en Polonia. Véase Botana Natalio, El multilateralismo Nuclear. Disponible en linea: http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=948642
[4] Para una interesante tesis sobre la tenue diferencia que aún queda entre estado de guerra y estado de paz, véase HOBSBAWM, Eric J. Entrevista sobre el siglo XXI. Barcelona, Crítica, 2000.
[5] Artículo 17.2 de la Carta (1962). El carácter “no coercitivo” se levanta si el Consejo de Seguridad lo considera necesario.
[6] HELMAN, Gerald B. y RATNER, Steven R. “Saving Failed States”. Foreign Policy, No. 89 (Verano 1992-1993), pp. 3-20
[7] En 1992 la ONU editó “An Agenda for Peace, Preventive diplomacy, peacemaking and peacekeeping” y en 1995 se publicó el Suplemento de ‘Un Programa de Paz.
[8] FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, P. A., Operaciones de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz. La presencia de la ONU en los conflictos internacionales e internacionalizados. Universidad de Huelva Publicaciones/Ministerio de Educación y Cultura, 1998.
[9] CALL, Charles T. The Fallacy of the “Failed State”. En: Conferencia ISA (Marzo de 2006, San Diego, California). La traducción es mía. Además de profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Americana, el académico fue funcionario de las Naciones Unidas en 2004 y consultor de “post conflict peacebuilding” para Centroamérica y Latinoamérica.
Nota: Este artículo es fruto de un análisis académico para mi Maestría de Relaciones Internacionales.

Comentarios

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