Fuera de lugar
Una vida en refugio
Jueves, 10-25-2007, 12:14:15 am

En uno de los países más convulsionados por la violencia social y política, que día a día moja prensa con las noticias más lamentables y que a lo largo de 40 años ha intentado una y otra vez apostarle a la paz en procesos que han tenido apenas medianos logros, 194 refugiados encontraron la tranquilidad y la libertad que les fue negada en su propia tierra.
De nacionalidades tan distintas como la húngara y la iraquí, y viajando desde países tan lejanos como Usbekistán, pisaron tierra colombiana en busca de un asilo que los salvaguardara de la crisis social de sus patrias, esas que los obligaron a huir en otros tiempos remotos.
Aunque para algunos de ellos la escogencia del destino fue fortuita, hoy todos coinciden en que Colombia y el programa de Acnur que acoge a los refugiados en más de 120 países, han hecho que lentamente vayan quedando en el baúl del pasado, los motivos que los expulsaron de sus hogares.
En eso coinciden el húngaro Luis Dirak, el cubano Mario Montes* y el nicaragüense Víctor Manuel Lira, quienes no se conocen pero comparten un pasado para olvidar y un presente de oportunidades.
El primero con medio siglo de refugio, el segundo con apenas cinco años y el último con un poco más de dos décadas, suficientes para haber hecho un pequeño periplo por la geografía colombiana, se acogieron a la figura de refugiado que estableció la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1950
“Estaba harto del comunismo”
Después del levantamiento ocurrido en Budapest, Hungría, contra el régimen comunista de Erno Gerö, que tuvo su punto álgido en octubre de 1956, miles de los que participaron en la revolución posteriormente aplastada por la Unión Soviética, se vieron obligados a emigrar por razones políticas.
Allí estaba Luis Dirak, quien a sus 32 años no pudo escapar de este sistema represivo y violento que a la postre provocó que a mediados de 1958, tan solo EU hubiese recibido a alrededor de 38.000 refugiados procedentes de esta tierra.
“Yo abandono Hungría en noviembre de 1956, después de una semana cuando terminó la revolución y a Colombia llegamos a fin del año 57, después de muchas vueltas”, cuenta Luis, revolcando en su memoria intacta a pesar de que ya han transcurrido desde entonces 47 años.
155.000 manifestantes marcharon entonces en contra del régimen Stalinista que se había extendido por toda Europa Oriental, se tomaron una fábrica de armas y pronto fueron apoyados por la policía y los soldados. Sin embargo, las fuerzas rusas entraron a Budapest para ayudar al gobierno amenazado y aunque fueron reprimidos en un inicio por la huelga, volvieron a fines de noviembre con 6.000 tanques y cayeron sobre el pueblo húngaro. Todas las ciudades principales fueron machacadas con fuego de artillería.
“En esta época algunos ganaderos nos quejamos por la justicia comunista. La tendencia era salvar el pellejo. Tuvimos que abandonar el país. Yo dejé todas mis cosas allá y en media hora cruzamos la cortina de hierro que existía en esa época, cruzamos distintos lugares hasta que pude llegar a Italia”, asevera Luis.
Luego de un periplo que incluyó el paso por varios pueblos húngaros y austríacos para llegar a la capital, Luis, junto a un grupo de coterráneos, quedó bajo la protección del Papa.
“Quedamos allí abandonados en Italia unos años en un campamento. Entonces fue cuando llegó un comité colombiano de seis personas, compuesto por dos civiles, algunos curas colombianos que vivieron en el vaticano y un cura intérprete quien ya había vivido en Hungría antes de la revolución. Él me dijo: “Venga Luis para Colombia que éste es un país honrado”.
Llegó en plena Junta Militar del año 57 y recuerda con nitidez la elección de Carlos Lleras Restrepo, casi 10 años después. A pesar de todos los cambios políticos del país en esa década y en las posteriores Luis, ya con familia puramente colombiana, cree que venir aquí fue la mejor elección.
“Nosotros no sabíamos mucho de este país pero confiábamos en que podíamos vivir con libertad. Allí (en Hungría) estábamos bien vigilados, no se podían decir ciertas cosas. Yo ya estaba harto del comunismo, no pensaba en nada más que en sobrevivir. Mi vida quedó destrozada y al final ni la revolución me gustó porque perdimos.”
Luis vive en Cali desde hace cuatro años, después de repartir su estancia entre Bogotá y en una finca en inmediaciones de Fusagasuga. En la capital trabajó en sus primeros tiempos como tapicero hasta que se accidentó una mano con una sierra.
“Nunca he tenido problemas con la ley y siempre me he movido con mi cédula de extranjería. No creo que me vaya a nacionalizar porque hoy estoy muy viejo pero sí tengo que agradecerle mucho a este país”, puntualiza.
Profeta en Colombia
Esa gratitud la comparte Víctor Manuel Lira, un nicaragüense que ya va a cumplir en el país 22 años y que sin asomo de dudas manifiesta: “es un hecho certero que nadie es profeta en su tierra y sé que en mi país no hubiera podido lograr todo lo que he conseguido acá.”
Llegó el 3 de enero de 1983 expulsado por el conflicto que se generó en su país entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y los ‘contras’ alentados en su época por el Gobierno de Estados Unidos, con el argumento de liberar al país del gobierno de Daniel Ortega.
Víctor Manuel prefiere olvidar algunos de esos episodios y simplemente relata que “la misma situación política de Nicaragua hizo que muchos tuviéramos que buscar nuevos horizontes y salir de algo que no era para nosotros (...) Tantos desacuerdos políticos de una u otra forma empobrecen a un país, no hay seguridad, solo atraso, analfabetismo y falta de trabajo. Había cosas que sucedían respecto al Gobierno que así uno se mantuviera al margen, tenía que salir si no quería verse involucrado en uno u otro bando”.
Su oportunidad de hacerlo vio la luz el día en que la empresa australiana para la cual trabajaba en su país en la fabricación de barcos, fue contratada para hacer un dragado en Barranquilla. Aprovechó para embarcarse y buscar refugio.
“La cónsul colombiana era amiga mía. Me sugirió que me fuera y que ella me ayudaba a conseguir la residencia. Llegué primero a San Andrés con visa de turista y luego me vinculé a un taller de ornamentación y trabajé en un mantenimiento para un barco en la Isla.”
Pero como si el conflicto lo persiguiera, tuvo que abandonar también este lugar, pues prefirió no generar suspicacias por su nacionalidad, visto que estaba en boga el litigio limítrofe entre Nicaragua y Colombia por algunos terrenos marítimos, el que precisamente por estos días tiene a los dos países frente a la Corte Internacional de Justicia.
Acnur lo acogió en el plan de refugiados y pronto consiguió trabajo en una fábrica de tapas para bebidas en Bogotá, en la que permaneció durante 14 años. Actualmente tiene una microempresa de artesanías.
“Me casé en San Andrés y tengo una hija de 20 años. En el tiempo que llevo acá solo me han pedido los documentos tres veces. A pesar de que Colombia tiene sus altibajos, debo decir que hay países peores. Aquí se vive muy bien”, asegura.
Víctor Manuel, quien aún tiene dos hermanos en Nicaragua, dice extrañar épocas bonitas de su país, pero lamenta que la violencia haya borrado esos recuerdos.
“Ojalá aquí no suceda jamás eso. Las armas en el poder solo crean rencillas. En mi país pensaron que tumbando a un señor que estaba en el poder se solucionaba todo, y lo que se generaron fue represalias y eso se convirtió en una bola de nieve que dejó muchos muertos.”
Colombia le dio la oportunidad de terminar su bachillerato (él llegó con un tercer grado que es el plan básico en el país centroamericano), hacer una carrera intermedia que le dio el título de técnico en Ingeniería Industrial y adelantar cuanto curso ha conocido a través de la Acnur.
Gracias a su visa de residente, ha podido conocer varios lugares del país y asegura que va a seguir siendo profeta aquí, hasta que la vida se lo permita.
“En Cuba no se podía vivir”
Mario Montes*, un cubano que apenas lleva cinco años en el país, aún no sabe si ese será su destino. Por ahora se dedica a hacer la misión por la que pisó suelo colombiano.
“Yo trabajaba con el Ministerio de Salud de Cuba en el Centro Nacional de Prevención de Enfermedades de Transmisión Sexual, en un programa para la Prevención del VIH Sida. Una ONG me invitó en el 2001 para continuar con mi trabajo aquí durante un año, por lo que llegué con mi pasaporte oficial. Al término de ese tiempo todavía era funcionario cubano, pero comencé a hacer los trámites para quedarme.”
¿La razón? Mario quería liberarse de los vetos que en su país se imponían a la libertad de expresión, de cultos y a la orientación sexual. Y a pesar de que Colombia le producía miedo, pues la única referencia que tenía era que en cualquier esquina ponían un carro bomba, le apostó a su tranquilidad y ganó.
“Como yo trabajaba para el Gobierno tuve situaciones difíciles porque tenía ideas que no estaban a favor de ellos (...) Yo fui militante de la Unión de jóvenes comunistas desde los 14 años, pero luego empecé a notar que en Cuba no se podía vivir con los prejuicios existentes. Eran demasiado rígidos. Hasta la religión era prohibida y era mal visto que una persona que profesara la fe católica o protestante.”
Mario ya había tenido ciertos inconvenientes en 1979, cuando algunos de sus familiares trataron de abandonar la isla, tras la apertura de las costas americanas que permitió que los barcos gringos llegaran al Puerto Mariana en La Habana.
“Ellos se presentaron para irse del país pero no pudieron y entonces les abrieron un expediente. Ellos tenían que argumentar que eran trabajadores sexuales u homosexuales pero jamás que tenían problemas sociales con el gobierno. Obviamente no mintieron.”
Esto obligó a los Montes a buscar nuevas viviendas y lugares de estudio, pues hasta de la escuela fueron expulsados. No obstante, el maltrato verbal continuaba y a las ventanas de su hogar llegaba la ira en forma de pedradas.
La pertenencia de Mario a uno de los Comités de Defensa de la Revolución, conformados por civiles en cada cuadra, le reconoció de nuevo la gratuidad en la educación a la que tienen derecho los cubanos con ciertas restricciones.
“Luego en la Universidad tuve enfrentamientos por pertenecer al Movimiento Alternativo María Helena Cruz Varela alrededor del año 1990, que generó problemas de seguridad con el Estado. A las reuniones llegaban muchos golpeados aunque algunos nos salvamos. (...) Después de eso trabajé para el Ministerio de Turismo y luego en el Ministerio de Salud vi la oportunidad de salirme de Cuba”.
Cuando se le venció el permiso en Colombia, mandó cartas a la Cancillería y acudió a la Acnur en donde lo apoyaron en todos los trámites necesarios para el asilo. Desde entonces trabaja como voluntario en un programa de Prevención del VIH, principalmente con grupos de homosexuales, que como él, hacen parte de la nefasta baraja de la discriminación.
Mario ahora espera viajar en los próximos meses a Cuba por su familia: “Mis hermanas y mis tías obtuvieron asilo en Miami, pero mi mamá, otra hermana y unos sobrinos permanecen en Cuba. Sólo puedo ir a verlos después de cinco años de haber obtenido el refugio, es decir a partir del 2007. El trámite legal es complicado porque nos consideran desertores del proceso revolucionario.”
La labor de Acnur
Aunque en Colombia el número de solicitantes es constante pero no elevado, (como sí lo es por ejemplo en Ecuador donde hay cerca de 27.000 solicitudes anuales), la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR), ha hecho en el país una labor tan loable, como en el resto del mundo.
Establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1950 y abierta formalmente en 1998 en Colombia, ha prestado desde entonces atención a 194 refugiados de 17 nacionalidades distintas.
Según ACNUR, de esa población que actualmente hay en Colombia, el 39% son nicaragüenses , el 14% húngaros y el 11% cubanos.
Siguen en la lista refugiados de Angola, Chile, Irán, Iraq, Liberia, Perú, Rumania, Sierra Leona, Ucrania, Usbekistán, Venezuela y la ex Yugoslavia.
Ellos están amparados por el decreto 2450 del año 2002 que reconoce a Colombia como estado parte del estatuto de refugiados de 1951 del que hacen parte 20 países, con excepción de Cuba en la región.
“Nuestro papel comienza desde el momento en que la persona llega al país y manifiesta que no quiere volver al suyo. Le explicamos cómo funciona el procedimiento y la asesoramos legalmente (...) Finalmente es el Gobierno de Colombia el que estudia cada caso y considera si lo puede cobijar la figura del refugio. No es por cualquier tipo de persecución”, explicaron una fuente de ACNUR en Colombia.
Según la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o no quiera regresar a él”.
Con base en estos principios los Estados buscan que los refugiados se puedan naturalizar en el país receptor o que vuelvan al de origen, si las condiciones cambian.
“En algunos casos es difícil que las causas que dieron lugar a la huida cambien rapidamente, pero cuando manifiestan el deseo de volver les ayudamos. Actualmente hay personas de Irán, Pakistán y Afganistán que debido a las nuevas circunstancias de sus países, han manifestado ese deseo (...) En algunos casos si una persona lleva cinco o diez años en Colombia, ya está arraigada, ya han nacido sus hijos, ya tienen empleo, ya no quieren regresar”, agrega la fuente.
El ACNUR trabaja de la mano con la Cancillería para que estas personas obtengan la ciudadanía, la visa de trabajo o los documentos de identidad necesarios para su regularización.
En algunos casos esta oficina brinda asistencia económica básica, durante un tiempo determinado, mientras las personas se reintegran a la sociedad, ayuda que es canalizada a través de la Pastoral Social.
“No es tan fácil llegar a un país donde no se tiene una red social a empezar de nuevo. (...) Además es importante tomar en cuenta que los patrones de migración entre nacionales son muy complejos. Muchas personas salen de sus países de origen en búsqueda de protección internacional, y casualmente querían seguir para otro lado, subieron a un barco como polizones y terminaron aquí. O simplemente gente de países vecinos como Cuba o Venezuela, traen gente de América latina. El idioma y la cultura parecida siempre van a hacer de Colombia un país donde el proceso de adaptación no sea tan largo para latinos o gente de la región”, anota el vocero de ACNUR.
Sólo en el 2004 ha habido 30 solicitudes de asilo y se han reconocido 14. A pesar de que Colombia no tiene mucha demanda, como Acnur asigna anualmente un monto para cada país, los donantes privados y los Gobiernos han puesto los ojos en esta nación.
“Hay que decir que hay un interés primordial en apoyar el programa en Colombia, que se sostiene exclusivamente de recursos de las Naciones Unidas. Eso es muy importante porque la ausencia de donaciones afecta la capacidad del Acnur de atender a la población. Con crisis como la de Liberia o Afganistán, nuestra capacidad de respuesta se reduce”.
Cabe anotar que la ACNUR tuvo en sus inicios un mandato limitado de tres años, cuando se encomendó el reasentamiento de los 1.2 millones de europeos que quedaron sin hogar al término de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, la paz de la postguerra se terminó con rapidez debido a una serie de guerras regionales las cuales, desde Argelia y Hungría en los años cincuenta, hasta los conflictos más recientes en Africa, los Balcanes y Afganistán, continúan afectando la vida de millones de personas.
En la actualidad cerca de 5.000 funcionarios asisten a 22.3 millones de personas en más de 120 países.




