Hace ocho años que Frank Giovanni Jiménez Medina, un joven bogotano de 27 años, no pisaba suelo colombiano. Pero en el último diciembre lo hizo durante 15 días, recorriendo de nuevo las calles del barrio que lo vio crecer, compartiendo con sus amigos de infancia y hasta sirviendo de guía turística por unos días a su actual esposa, una peruana con quien vive en San Diego, California, Estados Unidos.
Jiménez recordó las navidades de tamal y chocolate y las amanecidas que en medio de copas, alcanzaban las 6:00 a.m. compartiendo anécdotas con los suyos.
Lo hizo esta vez como el centro de atención, porque en su nuevo rol, sí que tiene cosas para contar: Frank es desde mediados de 2003 un marine de la armada estadounidense, uno de los 3.000 colombianos que se estima hay en esta fuerza y una de las 329 personas (el 30% de ellas, mujeres) que a bordo del USS Benfold Destroyer, ha viajado a por lo menos dos decenas de puertos escoltando al consentido de la ‘US Navy’: el portaaviones Ronald Reagan.
"Me costó mucho trabajo entrar, me presenté cuatro veces hasta que lo logré y obviamente mi vida dio un giro total”, asegura Frank desde su casa en Villa Mayor, un barrio al sur de Bogotá del que salió con una visa de turista, gracias a que su padre, Gonzalo Jiménez Otalora, se preocupó por conseguirle a sus siete hijos de tres madres diferentes, tan preciado papel.
“Yo tuve épocas muy boyantes de comerciante y tuvimos mucho dinero, pero lamentablemente las mujeres se han dedicado a explotarme (...) Por fortuna antes de las peores calamidades económicas que pasé logré que mis hijos salieran”, asegura su padre Gonzalo, un hombre de 1.50 de estatura, quien duró desde los 5 hasta los 18 años en una clínica recibiendo terapias para poder caminar.
Hoy luce henchido de orgullo, porque ese joven que en 1997 se graduó de bachillerato y que decidió irse del país a buscar suerte exactamente el 22 de noviembre de 1998, época por la que a su familia le habían robado el taxi que era su medio de sustento y hasta los iban a embargar, se graduó en 2004 de marine.
“Yo llegué a Miami a trabajar a un restaurante mexicano que era de una tía, pero donde por supuesto me tocó empezar lavando platos. Fui parrillero y cocinero (...) Me ganaba U$250 semanales pero pagaba US$700 de renta, así que no era nada fácil”.
La suerte le cambió ligeramente en el año 2000 tras casarse por lo civil con una ciudadana americana, una diseñadora gráfica de 35 años con quien las cosas no funcionaron muy bien, pero por lo menos el vínculo le permitió obtener una residencia temporal. Una definitiva, le implicaba dos años más de unión marital.
“Lo bueno fue que obtuve mi permiso de trabajo y un seguro social porque una urgencia en Estados Unidos te puede salir por US$12.000, claro que yo me valía de mis mañas para que me atendieran por los servicios comunitarios donde van quienes tienen bajos recursos”, relata.
“De todas formas ya casado, para mantenernos me tocó doblar mis turnos laborales. Entonces trabajaba en un restaurante de 6:00 a.m. a 4:00 p.m. y en otro de 4:30 p.m. a 1:00 a.m. en otro. Durante casi dos años me tocó a ese ritmo, no dormía nada y estaba acabado”.
Las torres gemelas
Un suceso que se convirtió en una de las peores tragedias para Estados Unidos, fue paradójicamente la puerta de ingreso para Frank a las fuerzas armadas del país norteamericano.
Tras la caída de las torres gemelas por el impacto de dos aviones secuestrados por terroristas el 11 de septiembre de 2001, los reclutadores del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina, redoblaron su artillería para ir a la caza de nuevos jóvenes que quisieran enlistarse para defender al país de esta amenaza.
Las prebendas no se hicieron esperar y una de ellas, la más atractiva, era precisamente la visa de residente. Frank por supuesto se apuntó.
“Me enteré por un amigo colombiano precisamente y comencé el proceso para entrar a la marina en San Diego, California. Uno debía presentar un examen durísimo de alrededor de 500 preguntas de matemáticas, comprensión de lectura, mecánica, electrónica, razonamiento abstracto y otros. Según el puntaje que sacara, lo ubicaban a uno en las diferentes labores del barco”.
“Las primeras tres veces uno puede presentar el examen cada mes, pero ya a la cuarta le toca esperar seis meses, así que hasta el año de eso pude entrar. Ahí empezaron una serie de exámenes físicos y médicos y luego de varias semanas de entrenamiento, nos graduamos como marines”.
Hoy Frank hace parte del Área de Operaciones del US Ship Bendfold Destroyer DG65, un buque de guerra de 8.300 toneladas de acero, que tiene el sistema de combate controlado por ordenador más avanzado del mundo, una tecnología revolucionaria de radar y una reserva de misiles tomahawk capaces de eliminar blancos en tierra mar y aire, hasta a 500 millas de distancia, con una efectividad del 99%.
El emblemático barco enfrentó en 1997 algunas de las misiones más críticas.
“Los primeros días fueron puro papeleo y luego nos enseñaron cosas básicas como marchar, cargar banderas lustrar botas, doblar los uniformes para las inspecciones, (en total son cinco: overoles de trabajo, de diario, de invierno, de verano y el de gala) pegar parches etc.
“Luego nos hacían competencias entre las divisiones, cargando rifles, haciendo simulacros de guerra y primeros auxilios y finalmente fue la graduación de marines. Nos fueron ubicando en varias secciones según aptitudes”.
Con el inglés, Frank tuvo que hacer un curso intensivo de seis semanas, pues en Miami, como una buena parte de los latinos, jamás lo utilizó.
Actualmente en el área de operaciones, este colombiano cumple labores como limpiar el óxido de los botes, mantener el barco al día en gasolina y otros suministros para su correcto funcionamiento, operar lanchas pequeñas cuando no hay muelles para atracar y soldar el barco para blindarlo de torpedos, pero principalmente escoltar al portaaviones Ronald Reagan que viaja hasta con 6.000 personas.
“Somos dos Destroyers, que viajamos a lado y lado del Ronald, tenemos un radar para detectar atentados, estamos capacitados para nutrirlo de armamento si necesita misiles, e incluso para salvarlo de botes suicidas”.
Hace un año su tripulación Benfold fue comisionada para viajar a Iraq. Aunque estuvo siempre lejos de tierra atento a atender una cualquier confrontación en el mar, fueron las tripulaciones ‘anfibios’, compuestas por cerca de 2.000 hombres, las que cumplieron el papel de infantes de guerra.
Los beneficios
Frank hoy día ya disfruta los beneficios de su cargo: 1800 dólares mensuales más el pago de la renta de su vivienda en California por ser un hombre casado (los solteros generalmente viven en el Benfold), seguro de vida, beneficios médicos para toda su familia, 30 días de vacaciones al año, una pensión tras 20 años de trabajo que equivale a la mitad del salario, y por supuesto, muchos viajes.
Ya ha estado en México, Chile, Perú, Hanoi, Hong Kong, Singapur, Indonesia, Hawai Australia, Tailandia, Bahrein, Tierra de Oro y la Isla Guan.
En un país donde la cifra de reclutas hispanos se acerca a los 23000 al año, los mecanismos para atraerlos a las distintas fuerzas incluyen además la financiación de estudios y el trabajo en áreas competitivas y bien remuneradas.
“Los reclutadores tienen todavía más beneficios, aunque les exigen por ejemplo llevar mínimo dos jóvenes al mes o si no los devuelven al área comercial. Como en la marina hay nueve rangos del E1 al E9 y yo ya voy a alcanzar el E-5 (el más alto es el ‘Commander’), ya estoy esperando que me promuevan para llegar a ser reclutador. Es posible porque manejo dos idiomas, inglés y español y tengo buena conducta”, dice.
Estar por un largo periodo en tierra le hace falta, más cuando tres meses o más en altamar generan todo tipo de tensiones que incluso han provocado que dos compañeros de su barco hayan intentado suicidarse: uno con una soga y otro tomándose unas pastillas.
El tsunami
“Cuando volvimos de Indonesia, el nivel de estrés en el barco y el asombro por las cosas que vimos fueron tenaces”, dice Frank, recordando el episodio del tsunami que el 26 de diciembre de 2004 golpeó las costas de Asia meridional, dejando a su paso miles de muertos.
Hasta allí llegó la tripulación del U.S. Benfold a prestar ayuda humanitaria, exactamente a Banda Aceh, luego de que el itinerario trazado San Diego – Hawai - Hong Kong - Corea del Sur – Hawai, fuera interrumpido por tamaña catástrofe.
“Acabábamos de pasar la Navidad en Hong Kong, llevábamos tres meses de itinerario y nos dieron la orden de desviar la ruta para prestar la ayuda humanitaria en Indonesia. Eso fue el 28 de diciembre (...) Cuando llegamos, navegábamos sobre casas y muebles, mi barco alcanzó a reportar hasta 300 muertos flotando en las aguas, para que las guardias costeras los sacaran. Siempre estuvimos como a 50 millas de la playa, pero el desastre era descomunal”, asegura Frank.
Durante cuatro meses no tocaron tierra “y eso era como para volverse loco”, pero aún así siempre estuvieron prestos a surtir medicinas y comida desde la base de Hawaii para los damnificados que llegaban a los campos de refugiados.
“Por este trabajo nos dieron una medalla de ayuda humanitaria, pero hubo mucha gente que aunque dio todo en el trabajo, no se sintió a gusto meses y meses flotando en el agua”.
El SIDA
Si hay una recomendación que no sobra en la Marina es la protección que deben asumir los soldados sobre su sexualidad.
“A nosotros nos han dado varias charlas sobre el tema porque cada vez que llegamos a un puerto, éste se llena de prostitutas. Hay quienes no se han protegido y han contraído enfermedades venéreas”.
En el Mercy que es un barco hospital que navega con los destroyers, cientos de hombres deben someterse a un examen de VIH cada vez que abandonan un puerto, y quienes resultan positivos, son discretamente retirados de las embarcaciones.
“De la mía ya se han quedado dos”, relata Frank, quien prefiere en los puertos dedicar su tiempo libre a jugar “cartas, bingo o monopolio”.
“Cuando puedo llamo a casa, porque hay temporadas de viaje que nos dan solo 15 minutos para hablar con la familia. Ese es uno de los precios altos que hay que pagar por estar en la marina”, puntualiza.