Fuera de lugar
“No hay un solo día en que no quiera regresar”
Domingo, 09-23-2007, 1:37:40 pm

Aún es difícil hablar de lo que pasó con su vida hace 18 años y es por eso que Héctor Barajas, un colombiano refugiado en Suecia desde ese remoto tiempo, asegura que no existe un solo día en que no quiera retornar a su tierra, a su Cordillera de los Yariguíes, a su Socorro comunero, y a la “inmensa garganta del Cañon del Chicamocha”. “No hay un solo día en que no quiera regresar a esa bodega de agroquímicos en Bucaramanga, a ese segundo antes de que el teléfono timbrara y recibiera la noticia de la muerte de mi padre”.
Los recuerdos, pero particularmente ese instante, perturban su mente con fidelidad. Es más, sostiene que sigue sintiendo nauseas por ese timbrazo, aunque no se acuerde del número exacto de tiros que perforaron el cuerpo de su progenitor, Miguel Ángel Barajas Collazos, agrónomo y líder campesino del corregimiento de la India.
Héctor, quien nació hace 36 años en la Quinta Fuminalla de Socorro (hoy club Socorro), conoció de la mano de su padre esta región que se extiende por las tierras de los municipios de Cimitarra, Landázuri, La Belleza, Sucre, El Peñón y Bolívar, codiciadas por sus reservas de gas y petróleo y bañadas por las márgenes de los ríos Horta, Carare y Minero. A orillas de este último, confiesa, se quería ir a trabajar de profesor en alguna escuela rural.
Su figura paternal la perdió el 26 de febrero de 1990 en el restaurante La Tata del casco urbano de Cimitarra, por la tarde. Ocho hombres fuertemente armados, miembros de una organización paramilitar, según consta en el expediente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de marzo de 1994, irrumpieron en el comedor y abrieron fuego contra Miguel Angel Barajas y sus compañeros Josué Vargas y Saúl Castañeda, dirigentes de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC) creada en 1987.
En esos hechos también fue asesinada la periodista Silvia Duzán, corresponsal de la BBC de Londres en Colombia, quien adelantaba entrevistas con los líderes de un proceso, que buscaba ante todo, declarar la neutralidad de 4.000 habitantes de la zona, frente al conflicto de guerrilla, autodefensas y Ejército, que desde los albores de los 80, quizá antes, se viene guerreando en los territorios del Magdalena Medio.
De hecho, todo ese esfuerzo civil de la ATCC en la India (asociación en la que conviven indios, negros y blancos integrantes de cuatro religiones), les valió el premio Nobel alternativo de la paz en Suecia, en diciembre de ese mismo año en que Héctor se quedó sin papá.
“Yo trabajababa en Bucaramanga como celador nocturno para poderme pagar los estudios de periodismo en la UNAB (Universidad Autónoma de Bucaramanga). Lo hacía de seis a seis en una bodega inmensa de agroquímicos y luego salía para la universidad, caminando durante una hora. Me compraba un café, una empanada y a clase (...) La llamada la recibí 15 minutos después de que la masacre fue cometida. Ahí nos prestaron una avioneta para poder ir a recuperar el cadáver de mi papá”.
Hoy, a 15 mil kilómetros de distancia, viviendo una vida de clase media europea junto a su esposa Katarina y cuatro hijos (de tres madres diferentes, el primero de ellos, Oscar, de madre colombiana), no olvida las denuncias que antecedieron ese crimen, ni menos la valentía que adquirió después para tratar de esclarecerlo.
Ultimátum
“A mi papá lo acribillaron por haber denunciado que los narcotraficantes estaban reclutando niños en los colegios de Cimitarra y Puerto Berrío y entrenándolos para sicarios. Eso por supuesto al MAS (Muerte a Secuestradores) no le gustó (...) A pesar de que hubo una veintena de testigos, nadie quiso decir nada, así que después del entierro me largué para Bogota y allá empece a encontrar gente que me informó sobre los culpables. Terminé escribiendo un texto sobre la masacre que le entregué al Fiscal General de la Nación y eso resultó en una decena de capturas”.
Un texto de 29 páginas que todavía conserva junto a unos recortes de prensa de la época, en su apartamento en Linköping, la ciudad sueca donde vive.
La persecución por supuesto no se hizo esperar. Bastó un mes para que una mañana de marzo en un centro comercial de la carrera séptima de Bogotá, unos sujetos lo amenazaran de muerte, hecho ante el cual prefirió quedarse callado para preservar su vida. ”Pero luego cuatro meses después, en julio, no aguanté más cuando los mismos paramilitares entre la carretera de la India y Cimitarra mataron a un esmeraldero y a una niña de tres años. Yo me sentí sucio por no haberlos denunciado antes, así que retomé contacto con la oficina de investigaciones especiales de la Procuraduría para denunciar y con los jesuítas del CINEP para poder irme del país. Ellos finalmente me hicieron los contactos con las embajadas de Francia, Canadá y Suecia”.
Fue esta última la que permitió que Héctor, en tan solo una semana, estuviera lejos del país con el ánimo de reconstruirse como ser humano. En el marco de un convenio de este país europeo con la ONU, cada año salían diez colombianos exiliados a Suecia, y ese 10 de agosto de 1990, Héctor fue uno de ellos. Su madre y dos hermanos, quedaron devastados por los hechos. “Gracias a Dios, a los masetos no les dio por vengarse con mi familia”.
En un país extraño
Tras su llegada a Estocolmo (capital sueca), fue llevado a un campamento de refugiados políticos en la ciudad de Hallstahammar. Allí fue recibido por una mujer sueca y una intérprete, quienes le dieron dos cajas: una de ellas con comida y otra con utensilios de cocina y aseo personal. El siguiente paso fue conocer el apartamento que compartiría en adelante con dos colombianos más y un salvadoreño. Allí sufrió su primera humillación: “La sueca me llevó al baño y me hizo demostrarle que yo sí sabia cómo defecar en un inodoro y soltar el agua y limpiarme higiénicamente. Me sentí humillado y perdido. Pero es parte del proceso de asimilación”.
Héctor, quien se declara orgulloso liberal, aprendió que los suecos “te reciben para que te encargues de sus viejitos, para que les limpies los pisos, para que hagas los trabajos pesados, pero no para que seas un ciudadano libre. Aunque los inmigrantes teníamos los mismos derechos: techo, comida y educación, no teníamos autoestima. En los ojos de la gran mayoría blanca europea solo somos espantapájaros sin futuro, parásitos del tercer mundo, ’cabezas negras’ que carecen de inteligencia. Así nos gritaban en las calles cuando nos ultrajaban o nos escupían”.
Con ese mote, ‘cabezas negras’ (Svartskallar en sueco) señalan a quienes tienen el color de cabello oscuro y carecen de las facciones arias, con las que los nativos se visten de superioridad. A esos extranjeros que no hablan sueco y que se vuelven dóciles a causa de la deuda de gratitud que tienen con un país que los recibió, después de haber salido huyendo del suyo.
Hay inmigrantes que incluso han tomado ese nombre para organizarse, como es el caso de los Svartskallebrigaderna, o ‘Brigadas de cabezas negras’, un grupo juvenil pacifico de protesta social, que realiza acciones simbólicas, como la de llenar varios buses de inmigrantes de los barrios periféricos de Estocolmo o de Gotemburgo, que son conducidos a los barrios blancos llenos de villas y de familias felizmente monoculturales.
Racismo cultural
“Yo duré dos años aprendiendo el sueco suficiente para poderme defender y tres para poder entrar a estudiar en la escuela de periodismo de Bona Folkhögskola, donde seguí lo que no me dejaron terminar en la UNAB. Gracias a la jefe de redacción del periódico Östgöta Correspondenten (el segundo diario regional más grande de Suecia, con base en Linköping, capital del departamento de Östergötland, que cubre siete ciudades del sur del país, con un tiraje de 60.000 números y un alcance de 180.000 lectores), pude trabajar”.
“Ella tenía un hijo adoptivo de Africa y eso la hizo abrir los ojos al racismo así que desde 1995 me dio la oportunidad de escribir. Yo fui uno de los primeros ‘cabezas negras’ trabajando en un periódico sueco y al principio las personas no querían ser entrevistadas por mí, pues según ellos yo no tenía derecho a preguntar, a cuestionar o definir la realidad”.
La intolerancia no le ganó la batalla y con el tiempo Héctor no solo logró destacarse en el cubrimiento de diversas fuentes, sino que hoy día ejerce como editor ocasional de fin de semana. Ha recibido premios como el de ‘mejor columnista joven de Suecia’, otorgado por la organización de prensa socialdemócrata Avisa Centralredaktion (1996), el premio ‘Jefe editorial del futuro’ de la asociación nacional de publicistas en Suecia. ‘Tidningsutgivarna’ (1999); el premio ‘Esfero de Oro’ del club de publicistas de Suecia ‘Publicistklubben’ (2001) y el ‘Premio al Valor Civil’ otorgado por el club Rotary de la región sur de Suecia (2005) por los artículos que Barajas ha escrito sobre la forma como la extrema derecha sueca, estaba tratando de conquistar los corazones y las mentes de los jovencitos en las escuelas de la provincia de Östergötland.
“Por esto en el verano y el otoño del 2000 los neonacistas me hicieron la vida imposible. Un día llegaron al edificio del periódico y escribieron en la pared: BARAJAS DÖ! que significa ¡Barajas Muera!, lo cual fue un escándalo en el país ya que era la primera vez que se le amenazaba a un periodista de esa manera. También colocaron mi nombre en una lista en Internet y la distribuyeron entre los miembros de la sucursal del Ku Klux Klan en Escandinavia con el propósito de que nos dieran cacería.
“Al final, la policía hizo un buen trabajo y encontraron al culpable de la lista quien resultó ser Robin Gothard, el hijo nazista de un empresario rico que me tuvo que pagar una multa de 90 mil coronas por daños y perjuicios”.
De toda esta compleja cultura sueca, que tiene muchas huellas del cristianismo, Barajas destaca la honestidad de sus políticos y el destino justo del 32% de sus ingresos que paga en impuestos. “Yo pago con gusto porque la plata no se la roban. La seguridad social es maravillosa, la educación de mis hijos es de lo mejor que puedan recibir. Por ejemplo una licencia de maternidad es de 390 días pagados y tu recibes el 90 por ciento del salario para estar en casa con tu bebé. Acá no hay sirvientas ni esclavos, lo único que tiene jodido a Suecia es el racismo estructural”.
Un racismo que se perpetúa en los cerca de 3.000 niños colombianos adoptados, que a pesar de crecer en hogares suecos no escapan del choque cultural. Barajas recuerda que hace un par de años uno de estos jóvenes se suicidó tirándose de cabeza en la chimenea de la planta productora de electricidad y calefacción en Linköping. “Yo lo conocí y eso fue muy brutal y lo peor es que no es el único que se ha suicidado (...) Aquí los colombianos sobreviven a su manera, muy pocos son felices, pero cada quien trata de salir adelante a pesar de la imagen de traficantes de coca que cargamos por el mundo”.
Regreso a Colombia
No obstante el país que lo parió, le hace una inmensa falta. En estos 16 años de exilio ha venido dos veces, sin dejar de sorprenderse por volver a ver las montañas. La primera vez que lo hizo fue en octubre de 1994 y sólo durante dos semanas. “Me estaba volviendo loco sin ver ni tocar, ni sentir a mi hijo Oscar... Luego tuve que esperar seis años antes de regresar”.
La llegada del nuevo milenio lo trajo de nuevo al país, aunque esta vez Héctor se encontró con una amarga sorpresa: se dio cuenta cómo la gente se había acostumbrado a la guerra y los muertos se contaban por decenas sin que nadie se perturbara. “Colombia está llena de contrastes, tiene una capacidad enorme de rumbear y de salir adelante. Una guerra como la que nos ha tocado habría acabado con cualquier nación, pero no con Colombia. Es que estamos locos!. Podemos comernos felices un mute mientras en el noticiero unos desplazados se cosen la boca en señal de protesta”.
Así sigue siendo Héctor más de tres lustros después: crítico con su realidad, sonriente a pesar del invierno y nostálgico a pesar de los años. No olvida la ciudad que se alzaba a los alrededores de su universidad “cuando los narcotraficantes del cartel de Medellin estaban construyendo una cantidad de edificios”, tampoco los hippies y menos aún datos puntuales, como que en esos tiempos “se vendían dos kilos de cocaína en un fin de semana, entre unos 1.200 estudiantes”.
“Tampoco me olvido que viví en el hogar de un español exiliado de la época de Franco, quien me hacía unos huevos españoles riquísimos al desayuno. Yo veía como él añoraba regresar a España y la verdad jamás imagine que yo llegaría a compartir su destino”.
Héctor espera volver pronto para que sus hijos suecos Simón (13) y Miguel (12) (ambos fruto de su primer hogar), alucinen una vez más con los raspados callejeros, y para que la pequeña Saga Amaranta Ffion, su hija de nueve meses conozca la tierra sobre la que su abuelo (q.e.p.d) le vaticinó a su padre que habría futuro: “Colombia tiene futuro, futuro somos todos y todos somos muchos más que los diez mil psicópatas que a nombre de la izquierda o de la derecha, se recrean matando a los que nos quedamos en el centro”.




