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11S, el día que cambió a David

Miércoles, 09-12-2007, 2:23:17 am

No soy americana, no soy republicana, ni menos aún, soy terrorista. No simpatizo con la izquierda ni con la derecha, ni con el neoliberalismo, ni con el fundamentalismo. Muchos me dirán que es falto de carácter no definirse o que en el fondo, ser de centro no significa nada. Pero aunque suene vacío, romántico, y en cierto sentido apolítico, con los únicos con quienes en realidad simpatizo (aunque el término parece inadecuado, quiero significar simplemente que estoy de su lado), es con las víctimas. Las de la derecha, las de la izquierda, las del neoliberalismo y las del fundamentalismo. Y me es imposible dejar de pensar en ellas en un día como hoy, pues en cada una de ellas cobra verdadero sentido esa frase cajonera de que el 11s fue el día que cambió al mundo. No estoy muy segura si cambió el suyo o el mío, pero con certeza sí cambió el de por lo menos 2.974 familias, que es el número de muertos que se calcula dejaron los ataques terroristas de hace seis años contra el llamado corazón financiero de Estados Unidos. También cambió el de quienes resultaron heridos, de quienes resultaron ilesos gracias a que salieron de las torres gemelas en los primeros instantes, de quienes fueron testigos desde la calle o desde la tele, de quienes acudieron al rescate (first responders), de quienes cubrieron el evento para medios de comunicación de todo el mundo, de quienes participaron en la remoción de escombros dias después y de cada neoyorquino que todavía cuando pasa por ground zero siente un vacío tan enorme como el área cuadrada donde hoy se pretende construir la Torre de la libertad que alcanzará los 1.775 pies de altura. Es innegable la profunda herida que cambió el mundo de por lo menos un 81% de los norteamericanos que según un sondeo de la compañía Zogby Internacional, considera que el 9/11 fue el evento más significativo de toda su vida. También el de otro 61%, que más de un lustro después, dice pensar por lo menos una vez a la semana en los atentados.
La ceremonia de este año por primera vez trató de recordarlos a todos y por ello se leyeron los nombres de quienes sobrevivieron a la tragedia, pero murieron meses después como consecuencia de enfermedades pulmonares. Otras víctimas y first responders padecen ahora afecciones respiratorias e incluso cáncer, como causa de la humareda de polvo, tóxicos y asbestos que inhalaron en la zona durante largas jornadas de remoción de escombros. Un importante número que está en mora de ser atendido también padeció o padece algún grado de Desorden de Estrés Postraumático (PTSD en inglés) tras haber vivido la tragedia en el patio de su casa y por eso no es de extrañar que el miedo persista y la encuesta de Zogby también haya arrojado que un 91% de los estadounidenses está convencido de que habrá un nuevo ataque en su país.
Hace exactamente tres meses estuve en Ground Zero. Mis impresiones desprovistas de cualquier afecto patriótico, fueron devastadoras. El lugar huele a vacío, aunque sea un pleonasmo decirlo, y está envuelto de una solemnidad y tristeza indescriptibles. Mientras los obreros trabajan en las labores de reconstrucción observables desde los puentes que atraviesan las cuadras de Liberty Street o Church Street en la zona del bajo Manhattan, algunos familiares de víctimas dedican horas específicas del día a hacer una especie de "tour de resiliencia", a través del que comparten su historia con los curiosos y turistas, caminando entre polvo, bloques de cemento, vallas, y el sonido incesante de los bulldozers. El neoyorquino transeúnte evita mirar y en cambio cruza de manera tan acelerada por el lugar, al punto de parecer indiferente. No hay que olvidar que en la zona siguen trabajando los businessmen de este país, capaz de despertar tantos odios y pasiones. “You have to move on”, piden desesperadamente a quienes el impacto no se les borra. Inmediatamente al lado de la estación de bomberos, epicentro hace seis años de las sirenas de emergencia que acompañaban a los rescue workers mientras corrían hacia la boca del lobo, se alzó un museo de los atentados en el que voluntariamente se pagan 10 dólares para recorrer el dolor de aquellos que perecieron o testimoniaron la tragedia. Fotos de desaparecidos que aún son esperados en casa; cartas de niños de todo Norteamérica escritas para sus pares huérfanos; pendones con tremendos testimonios del antes, durante y después del impacto de los aviones; miles de fotos y archivos de audio que describen los momentos más álgidos de los protagonistas de esta tragedia; piezas que se encontraron entre los escombros, como celulares, zapatos, libretas, bolsos y hasta una ventanilla de uno de los aviones que impactó contra una de las torres. Un corto se exhibe ininterrumpidamente mostrando las imágenes que aunque no cambiaron el mundo de todos, sí quedaron en la retina del mundo: Creo que no hay nadie que no se acuerde qué estaba haciendo ese 11 de septiembre cuando se enteró que dos íconos de la cultura americana se derrumbaban por cuenta de unos atacantes suicidas al volante de un par de aviones comerciales. Sin importar si lo que corrió por la sangre de millones de personas en el planeta en ese momento fueron sentimientos de incredulidad, miedo, indiferencia o hasta satisfacción, cualquier adjetivo de esta historia vista a través de la pantalla es nimio frente a lo que se pudo sentir in situ.
David Handschuh es un fotógrafo del New York Daily News que cubrió la tragedia y hace exactamente tres meses me estaba haciendo su “tour de resiliencia” en Ground Zero. Debo confesar que por su iniciativa terminé caminando los rincones de este pedazo de mundo que es a la vez un pedazo de historia, cuyas piezas tiemblan cada vez que Bin Laden aparece en Al Jazeera o la palabra terrorismo se cuela en los informes de inteligencia del Departamento de Estado con o sin razón. También es David quien inspiró estas líneas, aunque hasta el momento no haya dicho casi una palabra de él.
Lo conocí en Los Angeles hace un año pues ambos somos becarios, aunque en diferentes ediciones, de la Ochberg Fellowship for Journalism & Trauma que entrega Dart Center de la Universidad de Washington (www.dartcenter.org) a periodistas y fotógrafos que cubran trauma o víctimas en su ejercicio periodístico, y manifiesten válidas razones para recibir entrenamiento en el tema. Con una copiosa experiencia en el cubrimiento de tragedias como el atentado de Lockerbie en el que un vuelo de la compañía aérea estadounidense Pan Am explotó en el aire en 1988 cayendo sus restos sobre la ciudad escosesa, los primeros atentados del WTC en 1993, y la masacre de Columbine en 1999, además de numerosas nominaciones al Premio Pulitzer y varios reconocimientos de asociaciones de fotógrafos en Nueva York, David fue uno de los primeros becarios en 1999 sin saber que toda esa teoría del PTSD se convertiría en su propia vivencia. El 9/11 manejaba por Manhattan camino a una de sus primeras clases como maestro de fotografía en la NYU (New York University) y a la altura de la 23rd street divisó una columna de humo. No habían trascurrido más de dos minutos del impacto del primer avión, y pronto las noticias radiales le confirmaron lo que estaba pasando. Llamó a su editor: “Estoy en downtown y voy camino al Bajo Manhattan”. Llamó a NYU: “Un avión chocó contra las torres, creo que tenemos que cancelar la primera clase”. Llamó a su casa y le dijo a su esposa a través de la máquina contestadora: “Hubo una tragedia y voy para el WTC”. Condujo su vehículo por la West Side Highway hasta el lugar en que el tráfico le permitió, tomó su cámara y corrió en dirección al bullicio. Iba tras un vehículo de bomberos en el que un equipo de rescate acomodaba las herramientas de trabajo, al tiempo que trataba de acercarse lo más posible y abrirse espacio entre el fuego. David los vio bajarse y los fotografió mientras uno de ellos le hizo una seña de adiós con una mano. Fue como una premonición. En cortos instantes todo el equipo de rescatistas quedó bajo los escombros de la primera torre.
Sus imágenes fotográficas son tan impactantes como sus impresiones del momento: “la gente salía con bolsos y vasos de café en la mano y se quedaba impávida en la calle mirando, queria alejarse pero no podía, desde afuera se sentía el sonido del fuego expandiéndose, cristales rompiéndose, cosas cayéndose… Yo todavía no sabía que se trataba de un ataque terrorista, sólo veía fuego, divisaba cerca de 24 pisos incendiados pero simplemente pensaba que estaba documentando una de las más grandes tragedias que enfrentaba el Departamento de Bomberos de Nueva York. Pensaba que el edificio se destruiría, pero que aún asi muchas vidas se salvarían.”
David entró a la torre dos y en medio de la humareda sólo podía divisar pedazos de cuerpos mientras fotografiaba cada instante. “De repente sentí como si un tornado me golpeara”. El edificio se estremeció y un enorme viento lo levantó del piso y lo lanzó de nuevo varias veces. Perdió sus gafas, su lapicera, una libreta. Lo que conservó fue su cámara, y por suerte su conciencia, para darse cuenta que un bloque de cemento le había atrapado su pierna derecha. Le faltaba la respiración pero no fuerzas para pedir ayuda. Gritó como nunca. Los rescatistas tardaron unos minutos que se le hicieron eternos pero le salvaron. A la salida  un colega suyo tomó la cámara y alcanzó a fotografiarle herido y cubierto de escombros. Luce irreconocible. Cuando me enseña esa prueba, él mismo se queda observándola por instantes, con incredulidad. El dolor físico de entonces le resulta indescriptible pues su recuperación fue larga y dolorosa: ocho meses en silla de ruedas. Pero sin duda el daño psicológico fue más profundo y por momentos siento que mi curiosidad le vulnera. Hay un quiebre en su voz que me asusta, pero él dice estar bien y prefiere seguir caminando alrededor de Ground Zero, mientras me señala los lugares exactos por donde corrió y se aproximó a ese fuego sinsentido. Yo no paro de tomar fotos, mientras sigo sus indicaciones con respeto. Debo decir que David es una excelente compañía y tiene un divertido humor sarcástico que por obviedad, desaparece en este lugar. Salvo una broma por un comentario tonto que hice, la jornada fue lúgubre. Cuando atravesamos la esquina de la estación de bomberos, coincidencialmente un carro sale a apagar un pequeño incendio que se generó al frente del hotel Marriot. Siento que David entra en un Dejavoo. Todo se hace silencio. Luego oigo un silbidito y el tarareo de una canción desconocida para mi.
-¿Estás bien?
- Sí. Siempre me hace bien volver.
Han pasado seis años durante los cuales David ha dado decenas de entrevistas, charlado con muchos colegas sobre el tema, dictado conferencias e incluso compartido la autoría de la “Guía nacional para el cubrimiento de Emergencias y desastres”. Seis años al cabo de los cuales todavía reflexiona sobre el riesgo que tomó entonces: “Yo debí haber estado conciente de que estaba en peligro, debí haber estado conciente de que las torres se podían derrumbar, pero esa es la actitud que uno tiene cuando está cubriendo una noticia, está pensando en el cubrimiento y nunca imaginé que iba a correr para salvar mi vida.”
Hoy sigue luchando por salvar al menos su salud mental y la de sus colegas. El Estado de Nueva York aprobó una ley que extiende hasta el 14 de agosto de 2008 el tiempo para que quienes trabajaron en labores de rescate y remoción de escombros, puedan demandar a sus compañías atención en salud por los daños sufridos mientras desempeñaban sus tareas en el WTC. Pero la iniciativa excluye a periodistas, reporteros, fotógrafos, productores correspondientes y otros trabajadores de medios quienes fruto del seguimiento a la tragedia durante meses, están sufriendo problemas de salud física o emocional.  
David se ha dado a la tarea de identificarlos en primera instancia y elevar una petición al Gobernador de Nueva York, Elliot Spitzer, para que los incluya en el articulo 8-A de la Workers compensation, permitiendo así que puedan gozar de una protección legal que asegure futuros tratamientos de traumas físicos o psicológicos. Para ello insta a las autoridades a que no se creen diferentes clases de sobrevivientes del 9/11.
”Mientras otros se fueron, cientos de periodistas corrieron hacia el peligro con el uniforme de first responders, manteniendo su posición durante el colapso y viviendo días, semanas y meses bajo la inhalación de gas tóxico para documentar la historia. Estuvimos motivados por el estoico deseo de reportar, nuestra responsabilidad de informar al público y la necesidad de minimizar el pánico dando información concisa a millones de televidentes y lectores de Nueva York y todo el mundo. Mientras la perdida de muchos héroes uniformados ha sido muy bien documentada, la pérdida de tres periodistas y ocho técnicos de cadenas televisivas, apenas se menciona”, explica David en su misiva. La pelea apenas comienza y con la esperanza de que la gane, le sigo escribiendo mails frecuentemente, recordándole la gran admiración que me produce su coraje y entereza y agradeciéndole que haya elegido volver conmigo a ese lugar que le cambio su mundo en un día. Ahora tendré que escribirle para decirle que lo postié en mi blog. Lástima que su español sea tan poco como la frecuencia con que escribo en este espacio.

Comentarios

Antonio @ Tangarifismos dice ...
Wow. Excelente artículo. Lo más que me impactó fueron las fotos.

Ixia dice ...
Tu artículo me ha dejado sin palabras. Excelente. ¿Dónde podrían verse las fotos que David tomó ese día?

Nöa&Jazz @ Una puerta hacia España dice ...
Lágrimas, se deslizan sin yo quererlo.
Palabras, desaparecen al leerlo.
Rabia, se siente por no evitarlo.
Corazón, se estremece al creerlo.
Esperanza...jamás desaparece, pues estamos seguros de que volveremos a verlos.

Me encantó el artículo. Pregunto lo mismo que Ixia. Gracias

Luna dice ...
Excelente. Me enganchaste aunque estoy muerta después de un duro dia. De lo mejor que he leido sobre la tragedia.

Gracias! Echaba de menos leer algo interesante.

Jenny Manrique. Periodista free lance colombiana. 27 años. @ Fuera de lugar dice ...
Chicos, mil gracias a todos por su comentario y me alegro que haya podido hacerles llegar esta historia que tiene un gran significado para mi. Lamentablemente no hay un sitio al que se pueda acceder gratuitamente a las fotos pero encontré este link, donde hay tres momentos interesantes de este relato. La primera es una de las fotos que tomó, las otras fueron tomadas a él.
Un abrazo
http://www.poynter.org/dg.lts/id.13244/content.content_view.htm

EVA MARIA dice ...
Excelente¡¡¡¡¡
Que orgullo leer un artículo tan bueno y tener otra visión de lo sucedido.....
Que orgullo tener una amiga así....

Matías M. dice ...
Después del visceral artículo de la periodista italiana Oriana Fallaci, lo mejor que he leído sobre el 11-S.
Felicitaciones.

Matías M. dice ...
Después del visceral artículo de la periodista italiana Oriana Fallaci, lo mejor que he leído sobre el 11-S.
Felicitaciones.

Matías M. dice ...
Después del visceral artículo de la periodista italiana Oriana Fallaci, lo mejor que he leído sobre el 11-S.
Felicitaciones.

Isela @ Guyunusa: Mi rincón en el cibermundo dice ...
Excelente artículo!!!

francia elena torres dice ...
quiero saber los nombres de los colombianos que perdieron la vida en las torres gemelas

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