Jesús dijo a quienes querían seguirlo: “Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14: 25-26).
Jesús no quería decir con esto que para amarlo a Él hay que dejar de amar a los demás. No. Lo que quiere decirnos es que lo más importante para nuestras vidas debe ser Él. Lo demás, las demás cosas y personas, son importantes en un segundo, tercer o cuarto puesto, pero Dios siempre va en el primero.
Por eso se habla de que los que poseen mucha riqueza no entrarán fácilmente al cielo. Estas personas tienen en primer lugar a sus pertenecías, en segundo lugar a ellos mismos, en tercero a las demás personas, y por allá, bien a lo último, está Dios.
“De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14: 33).
La gran condición para ser discípulo del Señor es tenerlo a Él en el primer lugar de nuestras vidas. Y que no sea esto sólo de palabra, sino de hechos que demuestren nuestro amor hacia Él.
“-Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?
-“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente –le respondió Jesús-. Éste es el primero y el más importante de los mandamientos” (Mateo 22: 36-38).




