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POSdata ( Algo más que decir sobre el periodismo político)
 
 

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    " EL SINDROME DEL CUARTO PODER"

    Martes, 07-04-2006, 1:56:09 pm

    En la historia del oficio, mucho se ha escrito sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en las sociedades democráticas, y más aún, acerca de cuál debería ser el marco ético que guíe su accionar.
    Es cierto, como señala Restrepo, que los periodistas políticos están llamados, en términos ideales, a trasladar la política desde el ámbito excluyente de los gobernantes hacia el estado llano de los gobernados, cuya expresión necesita configurarse, de forma creciente, en la esfera de la opinión pública.
    Lo más común es la formulación de dos tipos contradictorios de periodistas: el periodista neutral y objetivo, distanciado pasivamente de los hechos que trata; y el opuesto, un periodista comprometido, participativo y socialmente obligado, que promueve causas. Ninguno de los dos, tienen porqué excluirse. Es sólo una cuestión de manejar las formas y privilegiar responsabilidades.
    El foco está, a mi criterio, en el famoso término "cuarto poder" con que se sigue denominando y ejercitando el periodismo. Edmund Burke, parlamentario conservador británico, fue el mentor de esa figura que quedó para siempre; y que, a la luz de los acontecimientos, debería rediscutirse.
    El periodismo político, muchas veces, adolece de lo que denomino “síndrome del cuarto poder”, entendiendo por ello, un ejercicio de la profesión dentro de un andamiaje institucional que, en términos de poder, es inexistente. El periodismo sirve a la sociedad y llega a convertirse en un órgano indispensable del cuerpo social; pero claro está que, en las sociedades democráticas, sólo existen tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, garantizados, normatizados y controlados constitucionalmente.
    A los fines de señalar los defectos principales del periodismo político, es dable señalar que tal síndrome, se manifiesta en tres síntomas:

     “El síntoma de Robespierre”: muchos periodistas políticos, ante informaciones, rumores o sospechas de hechos de corrupción, negligencia, mal desempeño, entre otras, ejecutan condenas anticipadas, “pidiendo la cabeza” del funcionario político involucrado, y arengando su renuncia inmediata al cargo. Esto plantea varios riesgos: por un lado, pasar por alto los mecanismos existentes de resolución de tales cuestiones, ya que si se apunta a la preservación de la independencia, es el Poder Judicial, el encargado de terminar de armar el sistema político, poniéndole los verdaderos límites. Los periodistas deben “parir”, es decir, “dar a luz”, aquello que el poder a quien tanto critican, pretende ocultar. Sin el conocimiento público de las decisiones tomadas por el ejecutivo, la legislatura, los tribunales, no puede haber ninguna formación ni información de voluntad democrática. El acceso a un lugar público de privilegio de difusión de la información, nos ubica también en el debate acerca de quién controla esta especie de poder autoasumido; que oscila entre la arrogancia de trasladar a la opinión pública, juicios y condenas sociales que una vez ancladas, son difíciles de remontar, y la apelación a la censura como recurso de conveniencia.

     “El síntoma de Vox Dei”: muchos periodistas políticos, han asumido, en el ejercicio de su profesión, ribetes mesiánicos en tanto “formadores de conciencia”, subestimando a un público que conciben impersonal, desprotegido y limitado en cuanto a sus capacidades objetivas. Desde el horizonte del derecho a la información no tiene sentido hablar de masas. El público será siempre la repetición de núcleos personales, libres y responsables, que son titulares de un derecho humano. Los profesionales actúan no sólo en virtud de su derecho a la libertad de expresión sino en virtud de la delegación tácita en ellos, del derecho a la información del público. El referente último de su actividad profesional es, por tanto, el titular de ese derecho: el público como conjunto de personas. De ello se sigue la exigencia normativa de tener que considerar al público como protagonista esencial del proceso comunicativo.
    La información, primero, fue del Poder; luego de la empresa informativa, más tarde de los periodistas, y ahora mismo del público. La idea de que la información es el objeto de un derecho humano, y la libertad el único modo de ejercitar con sentido ese derecho, llevan a una conclusión revolucionaria: la información pertenece al público, y éste debe juzgarla, sin mediadores iluminados de verdades cuando no claramente intencionadas, subjetivamente construídas.

     “El síntoma del business”: muchos periodistas políticos se han inclinado por el peso de los intereses del dueño, del director o del medio de comunicación en el que trabajan. Esto constituye una usurpación de un derecho que no es suyo. El régimen de propiedad de un medio de comunicación es diferente al que predomina en cualquiera otra empresa, por cuanto la materia prima de la empresa de comunicación es un bien social: la información pública. El manejo de esa materia prima le genera al dueño del medio de comunicación y a quienes lo operan, una serie de deberes para con la sociedad que es la verdadera propietaria de tal materia prima. Los propietarios de medios tienen, pues, el carácter de concesionarios a quienes el gobierno, en nombre de la sociedad, les otorga el privilegio de manejar la historia cotidiana que toda la sociedad construye.
    El cumplimiento de las normas correspondientes plantea dilemas éticos al periodista, obligándolo a mantener un equilibrio entre los distintos intereses que presionan sobre él: los propios, los de la empresa, los de sus superiores y los de los ciudadanos a quienes debe una información veraz y oportuna; que no admite concesiones a ninguna clase de otros intereses. Es común entonces, ver cómo algunos profesionales “crean” de modo artificioso noticias que venden más que informen; o cómo magnifican algunos elementos, en función de las ganancias que puedan reportarle. La multitud ávida de dinero que se dedica al periodismo, ha producido una forma de comunicar, que se ha convertido en una especie de extorsión, suavizada aquí y allá por la “libertad de expresión”; y que no es más respetable que cualquier otra forma de prostitución.

    Siguiendo con la metáfora de la patología, considero que todo mal tiene su cura, y toda enfermedad su remedio. Un periodismo político que se vale de tales recursos, es un periodismo que se sirve de la sociedad, no le aporta porque nada tiene para darle; y por lo tanto, es un periodismo prescindible.
    No es posible tampoco aceptar, como dice David Broder, que su erradicación provenga del simple hecho de decir: "si no les gusta que dejen de comprarlo." El diálogo entre informadores e informados no termina en el quiosco de diarios, en el dial o en el zapping; lo mismo que tampoco termina en las urnas, el diálogo entre representados y representantes. Porque creo que, existen también, muchos otros más periodistas políticos que, admitiendo que los espejos que usamos para reflejar la realidad están manchados por nuestros presupuestos y prejuicios; apuestan al derecho de los ciudadanos a corregir esa trama; y sobre todo, a la obligación propia de ejercer la profesión desde criterios dignos. .