Andrés
Martes, 05-08-2007, 2:18:19 pm

Andrés tiene 7 años, es el 2º año que soy su maestra intentando que letras sueltas cobren algún sentido. No es de los niños “aptos para tallado”, esos que pasan por la escuela sin muestras de que la escuela haya pasado por ellos. Es bueno razonando cosas cotidianas y se lleva bastante bien con los números. Viene de una familia muy pobre, con muchos hermanos y una mamá que se preocupa por sus hijos a la manera que puede, a la manera que sabe, a la manera que conoce.
Andrés se preocupa por hacer los deberes, solo, sin que nadie lo ayude. Su mamá es analfabeta, sus hermanos mayores apenas pueden con lo suyo.
Es un niño que nada pide, nada reclama, porque no está acostumbrado a recibir nada. Por eso es que cada gesto, cada acto por simple que sea, es apreciado en sus interior. Se le nota en la carita, le brillan los ojitos ante el cuadernito forrado y decorado, ante la caja de colores, ante la goma con su nombre… ante los sylvapenes que en un gesto de “confianza” le permitimos que se lleve a su casa para traer al otro día.
Es que cuando la vida de pique te da tan poco, parece que lo mínimo toma más valor.
Championes 2 talles más grandes que su piecito, sin medias. Pantalones cortos, gastados, sucios. Carita ausente, a la que se le deben sacar las sonrisas a tirones, ya que no debe haber demasiados motivos para sonreír.
Uno de sus hermanos hace un par de días llegó a la escuela con los extremos de los dedos azules, lo llevaron al médico, dijeron que no era nada, solamente era frío…
No me gusta el asistencialismo, pero sí es bueno que sientan que hay alguien por allí que les puede dar una mano.
Como en una charla ocasional, hablando a solas del frío, pregunté si de noche pasaba mucho frío, si tenía abrigo en la cama.
Una pausa… un asentir con la cabeza…y la respuesta:
- Una frazada
Indagando me enteré que una frazada es la que los tapa a los 3. A él y sus 2 hermanos que comparten la cama, (el de los dedos azules y una hermana de 9 años).
Me sigue pegando en la mente “una frazada”.
En su casa de 2 ambientes y techo de chapa, su cama es compartida con “una frazada” y un par de hermanos.
Le conté que mi hijo mayor era más o menos de su tamaño, y que si él quería le podía traer algún bucito o algún par de medias.
Con cara desconfiada me dijo que sí.
Ahora ya tiene medias, mañana tendrá championes de su talle.
¿Es la cotidianeidad de la pobreza la que nos acostumbra a ver las cosas y a manejarlas de forma diferente?. No sin angustia, no sin dolor, pero sí de forma diferente.
Si nos sentamos un rato en sus sillitas, entendemos que a veces no es que no quieran saber cómo suena esa letra, es que le duele la mano para escribirla, o no tiene lápiz para hacerlo. No es que no les interesen los cambios que se producen con la llegada de las estaciones, sufren las consecuencias de esos cambios en su propia piel, en sus noches, en sus vidas.
En su fachada infantil se esconden cosas que nunca entenderemos, situaciones que no nos atrevemos a imaginar. Nos dan mil vueltas en experiencias de calle y han sufrido más en su corta edad que lo que nadie se merecería en toda su vida.
Escribe el Padre Ponce de León (el “Cura” Martín)
”Es tan inhumano el tipo de condiciones en las que deben llevar adelante sus vidas, como el hecho de dejar de conmovernos ante lo que ellos deben vivir.
Jamás deberíamos limitarnos a saber que están y mucho menos a pensar que no tenemos nada que hacer por ello…Un cantegril dice nada a muchos… Muchísimas cosas ya no dicen nada… nos hemos acostumbrado a que estén.”
Tal vez todos tengamos al menos un Andrés cerca al que podamos ayudar, alguien que está allí esperando que se le dé una mano, un desafío a vencer sin otra gratificación que una sonrisa en el alma, la que nos permite observar a nuestros hijos durmiendo calentitos en su cama limpia, y pensar que la vida es tremendamente injusta, pero estamos haciendo algo para mitigar diferencias y dar calor con ropas y con palabras para hacer un poquitito mejor la vida de algunos niños.