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Lóbregos Tiempos Medievales
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La última marcha del surDomingo, 06-24-2007, 5:28:48 pm ![]() Fue el único en no preguntar la fecha en la que volveríamos a la villa, a nuestras casas, a nuestras vidas. Fue el siervo más leal, el guerrero más altivo, el amigo más comprensivo, fue soldado, amigo, padre, vida y muerte… Lo siento, intenté hacer todo lo posible, lo siento. Intenté balbucearle esas palabras en nuestro último encuentro, pero cada sílaba se transformaba en una burbuja de saliva ensangrentada… Los primeros días de primavera parecían sufrir la resistencia de los últimos del invierno, que aún manifestaban sus férreos vientos del norte, rasgando la carne y rechinando dientes y huesos. - Nuestros hombres se alegran y a la vez se preocupan, al fin cayó la primavera y dudan si sus mujeres podrán llevar a cabo la cosecha por sí solas – Me dijo acercándose al árbol donde estaba sentado yo, limpiando los pegajosos fluidos negros adheridos a mis flechas. - Lo sé, Capitán… Lo sé. El sol podrá asomar entre las colinas, y los pájaros cantar, pero aún nieva dentro de cada uno de nosotros. Retomen sus puestos. Aún queda trabajo por hacer. - Si, señor – Reunió a todas nuestras fuerzas en un claro del bosque, donde nos preparamos para lo que sería nuestra última marcha antes de volver a nuestras haciendas. Pasaron los días y la situación se tensaba, ya los rumores de una rebelión comenzaban a manifestar algo concreto en sus caras, se notaba su disconformidad, su odio, su rencor y sus ansias de volver. El bosque nos dio buenos frutos, buenos abrigos y buenas historias… Hasta esa noche en que Ragnar, envió a sus hijos a la guerra… Uno de nuestros jinetes entró en nuestro campamento muy aletargado, jadeante, iluminado enteramente por la luz de la luna y balbuceando algo sobre un avance desde el norte. Tomamos las armas y salimos del bosque, hacia las colinas, al encuentro de nuestro destino. - ¡Hombres del norte! – Bramó él - ¡Avanzad! Eran los hijos de Odín y de Thor, los que ceñían grandes mazos y hachas, los que trenzaban sus barbas y cabelleras, los laboriosos hombrecillos de espaldas acorazadas… Los siervos del rey de la montaña plateada, aquellos cuyas botas apisonaron mil y un costas heladas, aquellos que surcaban las aguas a lomo de dragones de madera, esos que tantas veces escuchábamos en relatos… Ahora los teníamos encarnizando nuestro final. Lo miré, a mi lado, sosteniendo firmemente su escudo y su espada, cubriéndome, protegiéndome de la adversidad. En su mirada vi el miedo de quien pierde los sueños y la humildad de quien desprecia el regalo más soberbio de la creación. Me miró de soslayo y me dijo: - ¿Qué sucede, mi señor? ¡Apresúrese que avanzan! – Ordenó formar dos flancos para el ataque frontal. Cargué el arco y acercándome, le pregunté: - ¿Estás conmigo? - Siempre – Sólo recuerdo su mirada y un grito barbárico, un rugido de lobo casi, aullado desde lo alto de las colinas. Lo primero que logré distinguir fue fuego. Creí estar en lo profundo de los abismos, aunque no hallaba motivo para pagarle una visita de cortesía a los que descansan allí. - Al fin, mi señor – Dijo uno de los arqueros, cuyo rango distinguí por sus ropas – Ya he sufrido heridas así, de seguro han de doler por ahora, pero estos gusanos evitarán que se infecte. ¿Ya ve? Mucho mejor, sin el capitán cerca usted de seguro hubiese sido molido, los arqueros no vamos al frente, señor – Abrí la boca para intentar hablar, pero me era imposible. Logré reclinarme al cabo de unos intentos bruscos, revisé entre los harapos que hacían las veces de sábanas y contemplé mi pierna abierta, llena de gusanos gordos y blancos. - Agua – Alcancé a decir. No recuerdo qué sucedió de ahí en más. Pero ahora me desperté sentado en lo alto de una torre de troncos, donde me estaban vendando la pierna. Estaba ahora bien vestido y con un arco nuevo a mi lado, reposando sobre la baranda. - ¿Qué sucedió? – Ahora hablaba lúcidamente. - Mientras usted dormitaba, tomamos el control de puesto fronterizo, había muchos bárbaros dentro, pero el capitán se encargó de ellos. - ¿Cómo está él? – Dije sorprendido. No había tenido noticias de él desde lo sucedido en las colinas. - Oh, no os preocupéis señor. Está descansando en una de las casuchas, las que quedan – Señaló fuera de la torre, seguí con la mirada su dedo y contemplé las empalizadas quemadas y las casas destruidas. - ¿Qué sucedió aquí? ¿Cuánto tiempo estuve con Morfeo para perderme esto? - Acaba de suceder, mi señor. Hace sólo unas horas. Usted estuvo inconciente un día entero casi. Anoche lo golpearon con un hacha en la pierna y usted cayó. Al amanecer buscamos la base de los vikingos, y nos encontramos con que sólo unos pocos quedaban aquí. Bajé las escaleras y busqué al capitán. Lo hallé sentado en una casucha junto a muchos de sus hombres, bebiendo. - Capitán – Los hombres se pusieron en pie, les indiqué sentarse. Me alcanzaron una silla - ¿Qué son esas nuevas armas y atuendos que llevan? – Le enseñé el arco que encontré en la torre. - Mi señor, las tomamos de la herrería que estaba en el pueblo. Nuestras antiguas armas estaba oxidadas y – - Bien hecho. Pero si había tantas armas, entonces, ha de haber más hombres – Bebí un trago. - Hemos encontrado mucha comida también – Dijo uno de los hombres – hay mucha carne, incluso un corral con cerdos vivos. - Estábamos pensando quedarnos hasta el atardecer y llenar nuestros bolsillos, si usted lo permite, mi señor – Me dijo. - Háganlo rápido. Desde la torre pude ver el cauce de plata, si nos apresuramos, en dos días de marcha volveremos a casa – Todos se pusieron en pie de sobresalto – Ahora apresúrense, no quiero cruzarme con otra hacha en este día. La noche se nos venía encima, una enorme llamarada danzaba sobre el puesto fronterizo, mientras nosotros arribábamos al cauce. - El fuego los atraerá, mi lord – Dijo él. - Y los distraerá mientras avanzamos, mandé a mis jinetes esta tarde a merodear los alrededores, bien cargados, para que sus huellas sean profundas y parezcan frescas durante todo el día. Sonrió. El cauce nos llevaría desde lo alto de las colinas hasta el desfiladero donde se producía la cascada. De allí a una hora de marcha, estaba nuestra villa. - ¡Hermanos de armas! ¡He ahí el fin de la colina, he ahí el fin de nuestro viaje! – Gritó al capitán señalando con el brazo extendido y la punta de la espada amenazante, el desfiladero próximo. Avanzamos, pero no nos aguardaban de brazos abiertos… El humo se eleva sobre las colinas como maquiavélicas serpientes ponzoñosas, las cenizas volaban ahora donde ayer lo hacían los pétalos de rosas… - ¡El grano está ardiendo! – Gritó un soldado - ¡Nuestra villa! Avanzamos tan pronto como pudimos, pero allí nos estaban esperando. Entramos en nuestro hogar, en sus manos, en su juego y en su trampa. La cólera nos guió, pero eran demasiados. Muchos hombres habían caído, pero él seguía altivo como siempre, cortando con delicadeza y con movimientos casi de baile, tenaz y habilidoso como un gato, pero vigoroso como un lobo. Pronto tomamos el control de la situación, y el capitán había apuñalado al último hombre del norte. Todo alrededor era grano quemado, vigas de madera pisoteadas y deformes, cuerpos machacados, vísceras y humo. Teníamos la nariz y los labios negros. Busqué alrededor el abrigo de su mirada, encontrando no más que unas tres, de los últimos sobrevivientes. Lo hallé a mis espaldas, llorando, nos miramos, cansados, abandonados, destruidos, emanando vapor como aliento y transpirando gotas negras de carbón. - Todo termina aquí – Dije dándole la espalda. Me arrodillé a admirar la tierra ardiente. - Quizás, no fue en vano, señor – Posó su mano sobre mi hombro. Sorpresivamente, desde el grano ardiente, salió caminando con paso pacífico y galante, un verdugo del norte, con un enorme mazo dorado y una larga barba, blanca como su cabellera trenzada. Sostenía un yelmo enorme en su otra mano, completamente forjado en plata y lleno de ornamentos. - Ragnar… – Balbuceó el capitán – Creí que era sólo un viejo rey que esperaba su muerte, pero… Lo contemplamos atónitamente barrer los cuerpos de mis tres hombres con un solo golpe, el sonido del metal chocando y los gritos ahogados de dolor acompañaron por pocos segundos el sonido de la madera chisporroteando. En su espalda colgó el mazo y con sus manos envueltas en hierro, avanzó. - Me privó de mi gente… me privó de mi hogar… me privó de mi victoria. No se acerque, capitán. Esta es mi batalla – Me levanté y avancé hacia él con mi arco. No tuve el tiempo para tañer una flecha, el golpe fue muy duro y me destruyó los labios. En el suelo volteé la cabeza de costado cubriéndola con mis manos, comencé a escupir sangre, me estaba ahogando. Enderecé la vista y abrí los ojos, el rey de la montaña me miraba con sadismo. - Eres un rival digno de una muerte rápida… - Me pisó con fuerza el pecho, escupí más sangre aún. De su espalda extrajo el mazo y dijo, mirándome con esa eterna mirada de viejo, de árbol, de ente: - Voy a concederte esa muerte rápida. Cierra tus ojos. Alzó su mazo, cerré los ojos esperando el impacto, pero sólo recibí su sonido. Esperé unos segundos y abrí los ojos. Él, se había interpuesto en mi derecho a morir, él, había recibido el impacto por mí… Estaba en pie, con las piernas flexionadas y el escudo partido en alto, la espada reposando su filo en el suelo y tomada débilmente por el mango… Ya no mordería a nadie más. - Le dije… - Balbuceaba – Le dije… mi señor… estoy… con… usted… siempre – Cayó de rodillas, aún con el escudo en alto – Apresúrese… ahora… es tiempo… El rey miraba a su víctima y yo a mi héroe, que confluían en una misma persona. Pensé en sus palabras y sin dudarlo tomé el arco; la cuerda azotó la flecha y los dos cuerpos azotaron el suelo unidos por ella. Intenté pedirle perdón, pero cada sílaba que quería pronunciar se encapsulaba en una burbuja de saliva y sangre… El rey se arrodilló y quebró la flecha, le había dado en el vientre. Alzó su mazo, sin ponerse en pie, y yo esperé mi final. No valía la pena tomar el pesado arco, no bastaría para penetrar su plaquín. Dejé caer mi cabeza hacia un costado y observé las colinas por las cuales se deslizaba el humo. Escuché el ruido de la madera ardiendo y el de un cuerno sonando a lo lejos. Alcé apenas la vista y sobre las colinas, creí ver varias lanzas avanzando hacia nosotros con un grito unísono… Eran mongoles, quizás hunos, sólo sé que sus cantos de guerra y sus tambores resonaban más fuerte con cada latido de mi corazón. Miré al rey, había soltado su mazo. Se arrodillaba ante mí y refugiaba mi cabeza entre sus brazos. - Eres un gran rival – Dijo – Quisiera que me concedas el honor de esperar la hora de la condena en tu compañía, señor de los caballos – Le sonreí mirando su barba ensangrentada. Me devolvió la sonrisa… Me hubiese gustado decirle algo, pero a esta altura, nuestras palabras caían… como las cenizas sobre el grano. Autor: Yo... Angellore. ¿Quién va a ser, pibe? REGISTRADO. ComentariosEscribe un comentario |
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