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Lóbregos Tiempos Medievales
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El valle de las almas perdidas

Viernes, 03-23-2007, 3:31:00 pm

Otro relato... Aprendí a registrarlos, eh.

Este se lo dedico a una amiga que aunque me tenga olvidado, se la quiere igual. A Isela, alias "la gnoma".

Yacía en su cama… respiraba dificultosamente. Cambiábamos sus vendajes cada hora, sangre y pus, sudor y un líquido ambarino, eso era todo lo que podíamos extraer de él. ¿Qué era lo que mantenía vivo a ese pobre infeliz? ¡Lavábamos sus vendas y al cabo de unas horas ya estaban empapados totalmente!

Estaba destrozado, vomitaba un jugo espeso y blanco, elástico, que parecía caer al ser expulsado – Vomitaba hacia el suelo -, pero luego se estiraba y volvía a su boca para ser forzadamente tragado… Ya no podía siquiera tolerar el peso de su corona…

El tiempo no tiene piedad contra aquellos que osan desafiarlo, y el rey, fue uno de esos aquellos, intentó ser leyenda liberando un festín de muerte, batallas épicas y un rastro de destrucción por donde su caballo pisaba…

En su vida había conquistado mucho, pero le faltaba un último frente de batalla, un último bastión que lo separaba de ser leyenda: El valle de las almas perdidas. No podía siquiera moverse, apenas gesticulaba y hablaba, por lo que decidió dejar todo en manos de su único hijo varón y príncipe del reino... La gloria o la caída del reino dependerían de él y de sus actos.

Para un hombre que sólo conoce el hierro, no hay mejor magia que el acero… Pero todos los metales tarde o temprano sucumben ante el poder del fuego y es por eso y por su imposibilidad motriz, que el rey convocó un consejo de guerra en su alcoba.

 

Reunió a sus dos hombres de confianza y les puso al tanto de sus decisiones.

“Quiero que mi hijo marche al sur, guiado por uno de ustedes, mis dos hombres de confianza, mis dos amigos. Uno se sacrificará por mi y otro por mi hijo, quiero que uno quede aquí velando por mi hasta mi último aliento, protegiéndome; y que el otro, marche al lado de mi hijo y bajo juramento, lo proteja para traerlo de vuelta con vida a sus nuevos reinos; muchos moriremos en esta guerra, pero si morimos, lo haremos como hombres libres, y no como esclavos de Lelwani”

 

Sus dos acompañantes se excusaron y se reunieron fuera para discutir el destino de cada uno. Ambos capitanes eran hermanos, Hilassi y Nara, gemelos y muy unidos, siempre peleaban hombro con hombro protegiéndose mutuamente... Pero esta vez, Nara, el menor, debería partir a velar por la seguridad del príncipe y por la suya.

Le comunicaron la decisión al rey, y un contingente partió hacia los valles perdidos del sur, liderados por Nara. La ciudad ahora sólo contaba con cuatro guerreros, los protectores del señor, todos los demás, eran viejos, monjes, mujeres o niños.

 

El trayecto desde la ciudad hasta el valle les tomaría tres noches al menos. A la mañana siguiente del día de la partida, un jinete entró en la ciudad, y escoltado por un guardia ingresó a la recámara del rey, arrodillándose en la puerta hasta el momento en que Hilassi – sentado en una silla al costado de la cama - le ordenó ponerse en pie – dado que el rey apenas balbuceaba con ojos somnolientos-.

“Mi señor – Dijo en tono dubitativo – vengo a traer el reporte del frente de guerra en los valles sur”

“¿Dónde están los demás?” – Preguntó el rey titubeando.

“Todos han caído, su Alteza. Soy el único sobreviviente. Le recomiendo retire todas su tropas del frente, la muerte allí es segura”

“¿Cómo pudo ser posible?” – Preguntó el rey sin expresar más que un leve sobresalto, todo lo que le permitía su condición física.

“Están aliados con los nómades y otras tribus, olvidemos el caso, no contamos con hombres suficientes” – Agregó el mensajero.

“¡Mi hijo está en esa guerra! ¡Cuelguen a este hombre!” – Dijo sobresaltado a tal punto que se ahogó, tosiendo y lanzando nuevamente ese líquido espesamente elástico.

Los tres guerreros que quedaban en el pueblo (Sin contar con el lacónico e inmutable Hilassi) entraron en el cuarto y se llevaron al mensajero, soltándolo en medio del patio.

Le ordenaron se retire, que no sucedía nada. Que el rey sólo estaba alterado, pero que intente, si existía la posibilidad, alcanzar al contingente.

 

No pasaron siquiera unas horas desde la noticia, pero las puertas de la ciudad se sellaron desde el interior. Los ancianos y las mujeres fueron armados para defender la ciudad, mientras que los niños fueron equipados para la guerra, y enviados al sur para apoyar la campaña, encabezados por uno de los guerreros del rey.

 

“Hilassi, mi querido amigo Hilassi... Quiero ver a mi hijo, quiero morir como un hombre libre, no como un esclavo...”

“Tranquilo mi señor, Nara lo traerá de vuelta, lo protegerá incluso si Lelwani en persona intenta interponerse en su camino”

 

Mientras tanto, en el valle, las filas se apostaban dispuestas al ataque, simétricamente frente a las puertas de la fortaleza, guardando una distancia prudente, aguardando una oportunidad prudente. Las puertas se mantenían firmes, hasta que cesaron su rigidez para abrirle paso a un jinete que venía desde el interior, seguramente a mediar. No tardó en llegar, descendiendo de su caballo con las manos a la altura de la cabeza y abiertas, para demostrar que no traía arma alguna. El comandante de la expedición, el príncipe, imitó su gesto, aunque temeroso... su adversario era enorme, de gigantescas proporciones y traía algo en su espalda, que no parecía parte de su armadura.

“¿Qué venís a buscar en nuestras tierras?” – Dijo. El heredero al trono guardó silencio.

“¿Qué nos ofrecen para marcharnos?” – Refutó entonces.

“Un espantoso ejemplo – Contestó extrayendo de su espalda un escudo con su mano izquierda – pequeño montaraz del norte, arreglemos esto sin derramar demasiada sangre en nuestro valle sagrado” – Afirmó su brazo escudado contra su pecho y abrazó su escudo con el brazo desnudo (El derecho).

El príncipe sin decir palabra quedó atónito, pero no vaciló en desenvainar su espada., incluso conociendo el final capcioso, las proporciones del mediador eran atroces, y aún con su brazo desnudo, tomó al soberano por el cuello y lo arrojó de cara al suelo. Retrocedió dándole la espalda y lo escupió. Al levantarse, su Alteza recibió un golpe en la cara asestado por el escudo, lo que le causó otra caída. Este proceso se repitió dos o tres veces, hasta que, viendo como se rompía su promesa, Nara decidió entrar en acción.

“¡Soltadlo!” – Vociferó acercándose con su espada en mano – “¡Soltadlo te he dicho!” – El gigante arrojó a Nara el cuerpo del soberano.

“¡Ahí lo tienes!” – Dijo burlonamente, mientras se reía de todos – “Retírense de estas tierras, hay muchos más como yo ahí dentro de esa fortaleza”

Se disponía a marcharse, pero tan pronto hubiese volteado, en la base de la columna, por la espalda, Nara lo había atravesado con la espada. El gigante cayó de bruces, las puertas no tardaron en abrirse liberando hordas espantosas al campo de batalla. Los gritos resonaron entre los desfiladeros y las huestes se lanzaron al final de la guerra.

El capitán Nara, cumpliendo su promesa, abrazó a su protegido, que estaba inconciente por los golpes, y se marchó muy rápidamente del campo de batalla prometiendo a sus hombres volver.

Corría incansable para huir entre todo el tumulto, con el cuerpo en brazos y malherido, tratando de cubrirlo con su espalda.

Corrió durante horas, hasta encontrarse en las eternas arenas del desierto, solo, sediento, cansado y perdido, pero echó una mirada a su señor, lo había protegido hasta el final. Cayó de rodillas ya sin fuerzas, pero un último aliento le permitió soltar suavemente el cuerpo inconciente y luego, echarse encima para cubrirlo hasta que todo haya terminado y protegerlo del sol, hasta después de su último aliento. Clavó su espada en la tierra, y sus ojos, no vieron más.

 

(Como hombre libre... como hombre... libre... como hombre... jamás como esclavo)

 

“¡Nara!” – Gritó Hilassi exaltado en la alcoba del rey, a media noche. Los otros dos guerreros, que dormían al igual que él, alrededor del rey, despertaron alarmados. Sus lágrimas comenzaron a brotar con la sutil soberbia con la que brota una rosa negra.

 

“Fue un mal sueño, Hilassi, vuelve a dormir” – Le dijo uno.

Hilassi se levantó de su silla, desenvainó y tañendo su espada, se acercó al rey y lo traspasó.

Sus dos acompañantes desenvainaron absortos, mirándolo fijo.

“¿Qué has hecho?” – Exclamó uno. Hilassi dejó caer su espada en el suelo y se acercó a la puerta.

“Déjalo, está en lo correcto” – Dijo el otro. El primero se alejó estrepitosamente de él. Le echó una mirada de soslayo. Luego miraba absorto a ambos, girando su cabeza de lado a lado.

“... No entiende aún” – Dijo Hilassi llorando.

“¿Entender que sois unos traidores?” – Refutó apuntándoles con la espada.

“No. Hilassi cumplió con su deber hacia el maestro. Lo hizo morir como un hombre libre, no como los esclavos que seremos si nos quedamos un segundo más aquí. El ejército... ha caído”


Angellore - Este relato formará parte de mi segundo libro.

Comentarios

Isela dice ...
GRACIAS!!!PLAC PLAC Emocionada hasta las lágrimas porque me dedicó un cuento!! Anda bien? Cómo es eso que se lo tiene olvidado? Nada que ver, ud. sabe que estamos ahí, a veces más, otras menos, pero en la vuelta si nos precisa siempre. Un beso, suerte con su 2º libro. Aún quiero mi copia del 1º!!!!
nos vemos o leemos...

HOMERO dice ...
Excelente... como hombres libres, muy bueno. Me fascina que vuelvas a tus cuentos,verdaderamente se extrañaban. Son muy buenos. Y eso del 2do. libro tambien es una excelente idea. Mis respetos.

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sobre mí


  • Nombre: Angellore
  • País: Argentina
  • Sexo: Masculino
  • Datos personales: Escritor. Músico.
  • Intereses: Trascender a Dios. Frenología, Psicología, Filosofía, Música.
  • películas: Fando y Lis; Braveheart; Pink Floyd: The Wall; The Song Remains the Same; The Roaring Twenties
  • Música: Epic, Gothic, Glam, Doom.
  • Libros: Dark Horse Revenge (Sedgwick); Eureka (Poe); Cartas de un viejo indecente (Bukowsky); Triste, solitario y final (Soriano). Y muchos más...
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